LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Esta década que ahora termina, cambios que no terminan nunca

15/12/2019 - 

VALÈNCIA. Con esto de que vamos a cambiar de década, se me ocurrió que estaría bien repasar mi propia década para que no tengan que explicarme los demás, a lo largo de una avalancha informativa,  lo que he vivido y lo que no. Empiezo a escribir acompañado por  ‘I Can Change’, de LCD Soundsystem, una elección de lo más idónea para lo que quiero contar. Yo creo que los cambios y el saber adaptarse a ellos es la clave para cualquier tipo de supervivencia. Y os aseguro que durante estos últimos diez años he vivido bastantes y muy variados. Según mis redes sociales, empecé a ser usuario de varias de ellas hace más o menos diez años. Entre 2010 y 2019 he ido aprendiendo a comunicarme con gente a la que apenas veo y, sobre todo, gente a la que no he visto jamás y ni siquiera sé quiénes son. Las redes también me han servido para contactar con personas que han terminado siendo muy buenos amigos míos. Uso las redes sociales casi exclusivamente para difundir mi trabajo, que a su vez suele contener mis opiniones sobre casi todo. Por eso, cada día que pasa necesito regresar a un estado de privacidad –mía y de los demás- que sé que jamás volverá. Nunca me gustaron las grandes reuniones en las que todo el mundo opinaba de todo a todas horas. Tampoco me atrajo nunca la obligación de opinar de algo porque toca hacerlo. Salvo que implique no posicionarse necesariamente a favor o en contra de un tema ineludible, prefiero el silencio. Tal como dijeron Einstürzende Neubauten, el silencio es sexy.

Los últimos diez años comprimen una serie de acontecimientos personales tan diversos y tan antagónicos entre sí que hacen de esta década una de las más extrañas que haya vivido nunca. Creo que el hecho que más me ha marcado es uno muy personal que a la vez a la vez comparto con millones de personas de todo el mundo: la crisis económica. Nunca imaginé que tendría que enfrentarme a algo así y sin embargo, aquí estoy. Ahora sé que antes de morirme puedo llegar a ver cualquier cosa, por descabellada que sea. Somos capaces de darle al botón de inicio del apocalipsis, aplaudir a líderes deslumbrantes que en realidad no son más que fascistas ignorantes y mentirosos, y acostumbrarnos a lo peor como si en realidad no pasara nada. En mi absurda inocencia, pensé que el progreso y la evolución eran el único camino que podíamos seguir (aquí, inevitablemente, suena ‘This Used To Be The Future’ de Pet Shop Boys con Phil Oakey como vocalista invitado). Entonces me topé de morros con esta década y como lo hice ya metido en la cincuentena, me di cuenta de que era un ser vulnerable con la fecha de caducidad cada vez más próxima. Nadie te advierte de estas cosas.

La crisis arrasó con todo, de hecho no creo que sus consecuencias hayan terminado, ni siquiera sé si terminarán nunca. Parece que lo peor ya ha pasado, pero el escenario global ha cambiado radicalmente. En lo referente a mi trabajo, pensaba que no se podía empeorar después de los acontecimientos acaecidos durante la década anterior, la implantación de internet –que facilitó al proliferación de especialistas en música pop que sólo tenían que visitar un par de webs para saber lo mismo que un profesional que llevaba 20 años escribiendo sobre el tema- y la llegada de la prensa gratuita y las descargas de contenidos culturales por la jeta. Pero sí, se podía empeorar, porque entonces llegaron los despidos de compañeros de las redacciones y el dinero o la ausencia del mismo es lo que toma el mando.

En la década que ahora concluye, concretamente en 2013, cumplí 50 años. Mi relación con el tiempo está sobre todo determinada por eso. La noción de que éste se agota, sumada a las adversidades, me han ayudado a ver la vida de otra manera. Bueno, y también el espejito de las redes sociales, que a veces es muy útil para elegir lo que no quiero que sea mi vida. El tener una cierta edad y un determinado currículo dio un saldo positivo: el respeto. Resulta que también existía y yo la daba por extraviado para siempre. El respeto y el reconocimiento llegaron cuando yo ni siquiera los esperaba. El hecho de que desde hace casi cinco años exista esta sección, que tanto me ha dado, que tanto me ha permitido explorar, y para cuya realización he gozado de absoluta libertad en todo momento, es el mejor ejemplo que se me ocurre al respecto, aunque no el único, lo cual refuerza esta sensación de la que hablo. Como ya he dicho en alguna otra ocasión, escribir estos artículos me ayudó, al fin, a encontrar mi voz literaria. Poder publicar mi primera novela, hacerlo en un sello de prestigio y además recibir un premio es una de las mejores cosas que me han sucedido en la vida.

La década que ahora se acaba es también la década que sonó como una sirena cuando se aproximan los bombarderos. Primero cayó Lou Reed. Luego David Bowie. Después Prince y Leonard Cohen. Fueron pérdidas enormes compartidas con miles de personas. Otras, también muy importantes fueron las de Alan Vega, Billy Name o Paloma Chamorro. Se han ido muchas personas sin las cuales mi mundo no sería el que hoy es.  Esa sensación de pérdida ha marcado en gran medida estos últimos seis años, porque las emociones generadas por acontecimientos así de fatales, pueden ser un detonante interno que activa los sentidos, las emociones, la imaginación. La década de los años diez ha sido, a nivel personal, una década de muchos cambios, algunos de ellos muy profundos. He aprendido mucho acerca de mí y, sobre todo, he aprendido a comprender a los demás, amigos o enemigos. Ahora que el odio y su propagación son monedas en curso, y la vanidad y la egolatría son una especie de epidemia propagada a través de teléfonos y redes sociales, me preocupa sobre todo no perder la capacidad para sentir empatía. No quiero vivir preocupado por asuntos que, en realidad, me dan iguales. No quiero vivir agobiado por cosas que quizá ocurran o quizá no. Esta década ha sido la primera vivida con El Saler como domicilio. Nunca imaginé que un urbanita como yo podría ser tan feliz entre garzas, pinos y nubes, aprendiendo sobre los ciclos naturales. Han sido diez años llenos de momentos impagables, de cambios, de personas maravillosas sin las cuales todo habría sido más difícil de sobrellevar. Una década que parece una montaña rusa, con descensos enloquecidos y subidas emocionantes. Su banda sonora se nutre de ese poder emocional.