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sillón orejero

Experiencias agridulces de la emigración española

Dicen que el verdadero sueño americano es lo que te encuentras en un vagón de metro neoyorquino en hora punta cuando todo el mundo vuelve a casa con el cuello doblado hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta. Salir del trabajo extenuado y sin poder mantenerte despierto. Las inclinaciones de la cultura española suelen ser de mostrar las experiencias de los que salen fuera solo si son de éxito o de triunfadores, pero hay algunos casos en los que se indaga en la adversidad que supone un fenómeno como emigrar.

11/05/2020 - 

VALÈNCIA. Las previsiones económicas ya mostraban un futuro incierto antes de la pandemia, se venía una recesión, pronosticaban los organismos especializados, y durante la interrupción de la inmensa mayoría de la actividad y la pérdida del turismo, el escenario que viene es catastrófico. Esto tendrá muchos efectos, pero para determinadas generaciones, uno inequívoco: emigración o paro.

Este fenómeno es un género, tanto en el cine como en la literatura como en el cómic. A veces es solo una trama secundaria, como en la joya Cómo traté de ser buena persona, de Uli Lust, publicado por La Cúpula el año pasado, o el eje central, como en la obra de gran recuerdo en esta casa por su originalidad, Allí donde van nuestros padres, de Shaun Tan, publicado en 2007 por la editorial Dargaud. Era un tebeo sin palabras con unas ilustraciones soberbias. El autor solo reflejaba los contextos de huida de un país a la explotación industrial en otro. Mezclaba entornos oníricos y huía del realismo, aunque las historias que mostraba estaban contadas por sus padres, inmigrantes malayos en Occidente en los años 60.

En España, mucho tiempo ha pasado desde que Ángel María de Lera escribiera Hemos perdido el sol. La historia de un matrimonio forzado a emigrar que tiene que separarse, uno a Munich y otro a Hamburgo. La figura de este escritor, extrañamente, ha sido poco reivindicada. Fue comandante del Ejército Popular Republicano durante la Guerra Civil. Era anarcosindicalista. Estuvo encarcelado después ocho años, pero luego logró hacer una carrera como escritor cuando recobró la libertad. Incluso fue un superventas, quizá por eso no le ha sobrevivido el reconocimiento de sus colegas.

Su estilo era naturalista. No pudo entrar ente los grandes de la novela, los escritores profundos con recursos vanguardistas y sorprendentes, pero reflejó el habla y los problemas de su tiempo, que no está mal, que no es poco. En su condición de disidente digerible o tolerado por el régimen, también publicó varias novelas sobre la Guerra Civil que fueron premiadas en la dictadura. A él se le debió la Asociación Colegial de Escritores para que en este gremio la tan habitual vejez en la ruina y el abandono no fuese tan habitual.

No son muy habituales los trabajos sobre la emigración española. Los actuales suelen estar centrados en el pasado. Como barespagnol, de Pablo Casino sobre la emigración en Bélgica con fotografías sobre sus locales de reunión, las tiendas de productos de la tierra, los bares y, sobre todo, el fenómeno de la rumba que se grabó allí, con concesiones al francés, y que tuvo sus sellos.

Recientemente, un libro de la editorial Canalla, Fast, trataba el fenómeno desde la óptica actual. La obra, del autor Hugo Clemente, no es ficción, sino unas memorias basadas en el concepto de la nomigrancia, esto es, "la condición de los que, desde que se marcharon, ya no pertenecen a ningún lugar, de los que no tienen a dónde regresar, de los que se quedan sin silla cuando la música para".

Lo interesante de esta recopilación de diarios está en las impresiones que tiene el autor de los aspectos más nimios de la vida en Norteamérica. Es en Estados Unidos y Canadá por donde se mueve. Llama la atención que se sienta extraño por la calle cuando ve que todo el mundo camina con sus auriculares y con un vaso en la mano, que ya no sabe si lo toman porque van con prisa o cogen los vasos para que parezca que van a alguna parte. El caso es que no se habla en la calle. Solo hay silencio y miradas que se dirigen al punto de fuga del paisaje.

No menos sorprendente para él es la ingesta de azúcar. Apunta Clemente que entre 1977 y 2000 se dobló el consumo de azúcar en Estados Unidos. Le cuesta adaptarse a una dieta que se basa en comer aunque estés saciado.

"La glucosa solo se procesa en el hígado y cuando este no puede más, entra en juego el páncreas generando insulina, que convierte el azúcar en grasa para almacenar y que, además, bloquea el cerebro impidiéndole recibir la señal de que el organismo está saciado. El cerebro infiere hambre, así que reaccionas lento, te sientes indispuesto, te sientas, y no quieres hacer nada porque tienes esa hambre que afloja las piernas"

La adicción al azúcar es ocho veces superior a la de la cocaína, sostiene. Sin embargo, más allá de toda la problemática de los visados que sufre, te deja más de piedra descubrir que en Canadá el gobierno fleta autobuses de las partes cálidas a las más frías para que las personas sin hogar que duermen en la calle vayan todas a Vancouver, el único sitio donde en invierno corren menos riesgo de morir por congelación. Es la parte de Canadá que, aunque pueda nevar, no hiela como el resto. A las personas sin hogar las mueven como lo harían los pájaros que atraviesan la península con las estaciones.

En cuanto al trabajo, destaca el testimonio de Estefanía. Una mujer de la que habla que carece de cobertura médica pese a que trabaja dando clases de español en tres universidades. Para poder trabajar, para ser apta, sí que está obligada a tener un seguro. Pagas tanto como cobertura necesites. El mínimo, solo recoge el derecho a la repatriación del cadáver. Es la situación de los non-resident alien, los que están por encima del mero turista, pero por debajo de los que ya poseen la green card, que permite trabajar con derechos fundamentales.

A los españoles, continúa, se les considera sobre todo hispanos. Es un grupo, según cuenta, que incluye a todos los latinoamericanos, aunque a veces se hacen distingos con los mexicanos, cubanos y puertorriqueños. Los más integrados ya en la sociedad estadounidense. Él también lo logra. Al final dice que te acostumbras a la velocidad con la que el dinero cambia de manos y a la soledad. La vida social imprescindible en la península y en el sur de Europa al final es prescindible cuando te consigues establecer en ese modo de vida.

Porque escuchando cantar el himno americano, cuando llega al final, a the land of the free, el tono es tan agudo, que alcanzarlo es lo menos parecido a cantar con libertad. Porque te ríes cada vez que lo escuchas. 

 Un buen ejemplo, estas páginas, del que algunos llaman el verdadero sueño americano, que es el que te encuentras en un vagón de metro cuando todos vuelven a casa con el cuello doblado, los ojos cerrados y la boca abierta. Una visión más necesaria que los habituales relatos de éxito y triunfadores a los que estamos más habituados.


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