TODO DA LO MISMO

Lou Reed y Todos los Santos

1/11/2020 - 

VALÈNCIA. Cambio de hora. Todo empieza y se acaba una hora antes excepto la realidad, que oscila como un péndulo, pero no cambia. Las tardes prácticamente no existen con el horario de invierno. El día da paso directamente a la noche. A consecuencia de mi obsesión con el tiempo tengo relojes por todas partes. Necesito saber cuánto tiempo tengo mientras me cepillo los dientes, mientras hago una tortilla, cuando me despierto de la siesta, cuando estoy subido a la elíptica, mientras veo una película, después de un orgasmo. Así pues, cambio la hora del despertador, del reloj de la cocina y del que tengo en el baño, cambio también la que da el del coche, y la del ordenador que no sé por qué no se cambia sola.

Leo otra vez Casa tomada, uno de los relatos más célebres de Cortázar. La situación actual hace que me acuerde de los dos hermanos que se ven sitiados en su propia casa, perseguidos por una presencia amenazadora que carece de nombre pero que condiciona sus vidas. Si hay que vivir bajo un temor constante, que la situación tenga al menos un eco cortazariano. Después continúo con Jaime Gil de Biedma, la biografía escrita por Miguel Dalmau. Empecé en septiembre y voy alternando su lectura con la de otros libros para demorar su final. Quiero seguir inmerso en ese mundo de escritores y artistas, no dejar de recorrer las Ramblas, L’Eixample y el Barrio Chino, aspirar aquella la esencia de la Barcelona irrepetible del siglo pasado, y subir de nuevo hasta la parte de la calle Muntaner donde estaba aquel sótano que el poeta usó como primer refugio. Quiero seguir escuchando la voz de un poeta del que me he enamorado. Hace 27 años que falleció, pero para mí es como si de alguna manera estuviera enfrentándose a la muerte ahora mismo, cada vez que paso otra página más del libro.

Veo Antidisturbios, la serie ha sido capaz de obrar un milagro en este país: poner a todo el mundo de acuerdo acerca de su excelente nivel. A mí también me ha gustado mucho. Me ha resultado adictiva, que es algo que siempre le pido a una serie, sobre todo durante estos últimos meses: que me agarre de los hombros, me siente en el sofá y haga que me olvide de todo durante un buen rato. En una secuencia me parece reconocer El Saler. Aprieto pause y rewind para recuperar y congelar la imagen, hasta asegurarme de que sí, se trata de El Saler. Es curioso ver el lugar donde vivo, que ya de por sí traza una frontera discontinúa entre ficción y realidad, integrado en una ficción.

Grabo mi intervención de Territori Sonor. Hablo de Blondie y de la canción Rapture, de cómo Debbie Harry y Chris Stein fueron los primeros músicos de new wave que detectaron la importancia del entonces emergente rap. Blondie es un grupo que merece mucho más reconocimiento, y lo mismo ocurre con Debbie Harry, que ha sido una pionera y una innovadora, no como Madonna, que solamente ha aprovechado lo que otros habían ido inventando. Me gusta contar estas cosas en valenciano. Durante muchos años tuve la sensación de que en valenciano solamente puedes hablar de cosas que son de aquí o pasan aquí. Lo paso muy bien dialogando ante el micro con Manuela Alandes. Siempre me veo soso cuando hablo por la radio, pero si estoy con Manuela me da el subidón. Es como un acelerador de partículas vocales, algo así.

Se cumplen siete años de la muerte de Lou Reed. Murió cuatro días antes de la celebración de Halloween y, precisamente hablando sobre él con Manuela en un programa anterior, me di cuenta de que la canción Halloween Parade, compuesta por Reed como elegía por las víctimas del sida, funciona también como elegía del propio autor. Resulta inquietante pensar que uno mismo ha escrito algo que servirá para zanjar su propia muerte. Gil de Biedma, que bien podría formar parte de ese desfile de Halloween en Christopher Street, también escribió versos que podrían haber servido para su epitafio. En su biografía, Dalmau destaca que el poeta le contó una vez a Maruja Torres que se consideraba a sí mismo un cachondo sentimental, “un pobre romántico que sueña amores a cada paso, un corazón enloquecido, un semental de los afectos… Alguien capaz, en fin, de inventarse una gloriosa historia de amor a partir de un detalle sin importancia”. Puedo identificarme perfectamente con esas palabras. Por muy solo que me haga sentir mi manera de percibir la vida, esta sigue pareciéndome maravillosa. Termino la biografía de Jaime Gil de Biedma el mismo día que se cumplen siete años de la muerte de Lou Reed.

Me atrevería a asegurar que fue a partir del fallecimiento de Lou Reed que la gente empezó a volverse loca con las defunciones de artistas y famosos en las redes sociales. Ahora ya es tradición y cada vez que se muere alguien, el pésame se da en las redes sociales. Los medios de comunicación lo celebran: las redes sociales se han llenado de homenajes. Aunque sean homenajes de mierda. Como decía el Marqués de Leguineche en Patrimonio nacional, hay que ver cómo se muere la gente, parece que no tienen otra cosa que hacer. Penar por un difunto es ya casi una afición, una ocupación a tiempo parcial. Incluso hubo gente que, cuando quebró Duralex, subió fotos de sus platos y vasos para despedirse definitivamente de su infancia. Qué absurda sensación de vértigo. Parece que se muere gente famosa todo el rato, o que antes no se moría nadie. Parece que los ídolos se mueran para darnos un motivo para exhibir nuestro pesar.

Me compro unas lucecitas led con forma de calabaza para colocar alrededor de las plantas. Halloween forma parte de mi acervo cultural desde que soy adolescente, supongo que todo debió empezar con la película de John Carpenter, las películas de Vincent Price y las historias de Poe. Me gustan las celebraciones paganas y me aburre el modo mimético en el que se vive Halloween aquí. Si no sabes quiénes son los Cramps, si no has visto películas de Ed Wood ni Rocky Horror Picture Show, ¿qué coño haces celebrando Halloween? Pero bueno, también tenemos a Papá Noel en navidad. Él al menos aporta un toque necesariamente sexy a una fiesta tan recatada.

Escribo este último párrafo porque esto se publicará el día de Todos los Santos, nuestro día de los difuntos. Para recordar a los que ya no están. Al Senyor Sellés, con el que se me acumulan los temas para comentar (Paco, siéntate porque no te vas a creer lo que tengo que contarte…). He pasado todo el verano imaginando que emergía de detrás de las dunas, con esa carcajada ronca y socarrona. Pero la realidad no funciona como la ficción, claro. Ni el Senyor Sellés, ni Lou Reed, ni muchas personas cercanas y lejanas que fueron tan importantes para mí caminan ya entre nosotros. Pero como escribió Patti Smith, “y, aun así, no puedo dejar de pensar que algo maravilloso está a punto de suceder. Quizá mañana. Un mañana que seguirá a una sucesión de mañanas”.

Noticias relacionadas

La nave de los locos

Las nieves de antaño

La Navidad está hecha para la felicidad de los niños. En cambio, a un adulto le basta con fingir alegría y recordar los años de nieves y gracias de su infancia. No queda casi nada de aquel tiempo en que la gente se felicitaba las Pascuas por carta y era costumbre pedir el aguinaldo