el muro / OPINIÓN

Vandalismo institucional

Tenemos una Ley de Patrimonio a la que nadie hace caso. Ni siquiera ahora ante un caso de "vandalismo institucional" como la destrucción de una escultura monumental y pública junto al aeropuerto

19/07/2020 - 

Imaginen que hace más de treinta años un gobierno central cualquiera les encargó una obra de arte, una escultura monumental contemporánea,   para ubicarla en un espacio singular. La obra no tenía que ser cualquier elemento pasajero porque debía servir de entrada a un aeropuerto y, por tanto, representarlo estética y volumétricamente. Unos seis metros de altura, por ejemplo. Con su base de hormigón correspondiente para el tamaño. Pero resulta que una mañana cualquiera, después de tanto tiempo y formando ya parte del paisaje urbano, pasan por allí de regreso a casa. Y zas, comprueban que la obra ya no está, que se la han llevado o ha sido abducida por los espíritus que merodean el aeropuerto. En este caso el de Manises que da servicio a la ciudad de Valencia. 

¡Menudo subidón! Hasta que consiguen saber después de muchos intentos que no, que la escultura, pagada por el Ministerio de Fomento de entonces, ha sido destruida ya que “molesta” a un futuro paso subterráneo de entrada a las instalaciones. Así somos de brutos o de insensibles e irracionales. 

Esto no es una narración imaginativa. Es realidad. Le ha pasado al ceramista Enric Mestre, profesor, académico de Bellas Artes y otras muchas cosas, hace unos días cuando descubrió que la escultura que le encargaron para Manises había sido eliminada por la piqueta del progreso, el urbanismo, el fomento y hasta la agenda urbana. Y sin avisar, que es lo más grave. ¿Es que nadie supervisa o piensa en Fomento? Ya puede estar el ministro Ábalos enfadado por el marrón que le han dejado o el encargo que alguien de su departamento ha realizado. Igual que otro ilustre valenciano, como el también ministro Uribes, dedicado a esto de la cultureta y la subvención,   del que apenas se sabe nada salvo sus salidas de tiesto y colocaciones ad hoc de amigos o descendientes. Pero también, ya puede darse prisa la Generalitat Valenciana en hacer cumplir su Ley de Patrimonio y actuar de lleno y con contundencia. Porque esto sí es un atentado contra el patrimonio en toda regla. La Ley por estos hechos no habla de broma. Otra cosa es que estos políticos de pose, compadreo  y dietas hagan algo o incluso obliguen a cumplir leyes -para eso están unos y otras-, algo de lo que dudamos pese a su pose progresista y moderna. Ya se sabe: hecha la ley, hecha la trampa. Mejor no molestar al Gobierno Central y continuar de rodillas. 

Más allá de si la escultura o la obra en sí fuera más o menos valiosa o estéticamente más o menos atractiva, aquí lo importante es que nuestra clase política hace lo que le da la gana y sin preguntar. En el tema de los monumentos y esculturas públicas ya ni les cuento. No tenemos suerte. 

Durante un tiempo, por estos lares, el alcalde de turno encargaba las esculturas a colocar sin criterio alguno, salvo el político; después, el artista donaba y elegía lugar. Luego, los encargados de los PAIS dejaban en manos de hijos, artistas afines y familiares los compromisos -véase el Jardín del Turia, por ejemplo. Campañas mediáticas llevaron a su propia autodestrucción, caso de José Sanleón y su “esclavo” Cualquier alcalde de Alicante o Gandía las cambiaba de lugar por capricho -caso de Anzo o Miró- y hasta una edil cualquiera- Garcia Broch- fue capaz de decidir que en la propia plaza del Ayuntamiento de Valencia debía ser instalada una estatua al Jurat Francesc de Vinatea realizada por su artista de cámara. Todo muy patriótico. Es nuestra contradicción. Capaz de ubicar la estatura en homenaje a Ribera en la plaza del poeta Teodoro Llorente. Nos quejamos del vandalismo urbano cuando arremeten y destruyen dos obras de Ponzanelli en las Alameditas o Glorieta, pero tenemos en estado de abandono la supuesta escultura de Gerardo Rueda en el Jardín del Turia a las puertas del San Pío V por la que pagamos una millonada pese a no ser “auténtica”. Nos salimos de modernos. Tanto que ahora destruimos formalmente como si se tratara de arte efímero o con fecha de caducidad.

Lo de Enric Mestre es una de las cosas más lamentables que he visto o comprobado en los últimos años. Porque, tras las informaciones leídas, no se trata de una decisión de traslado por motivos justificados o no, ni un asunto de censura -hay que ver lo que sufrió en su día el monumento al Tirant del propio Mestre en Alboraia y su estado de abandono. No. Es simplemente falta de respeto a nuestro patrimonio. Sin contemplaciones. Porque esa escultura era nuestra y salió de nuestros bolsillos. Y también lo es de falta de respeto hacia el artista. Estos temas no se pueden dejar pasar. Nuestra Generalitat tiene la oportunidad y la obligación de demostrarlo. Aunque soy escéptico. Ábalos, ministro de Fomento debería de tomar cartas en el asunto. Como el propio consistorio de Manises tendría que exigir responsabilidades máximas. Y el propio artista ejercer acciones legales y no contentarse con otro encargo. Estos asuntos no hay que dejarlos pasar desde colectivos profesionales y cívicos, universidades y otras esferas relacionadas con la sociedad civil. De otra manera ya saben, se empieza quemando fallas y terminamos grafiteando claustros renacentista o destruyendo monumentos civiles y públicos en nombre del progreso y la modernidad.