CASTELLÓ. Cada campaña supone un desafío para los citricultores valencianos por las dificultades que arrastra el sector —envejecimiento del arbolado, falta de relevo generacional, competencia, plagas, cambio climático— y en la actual tiene especial incidencia otro escollo que durante los últimos años se ha convertido en una losa cada vez más pesada: el incremento de costes. La inestabilidad geopolítica —primero con la guerra de Ucrania y este año con el conflicto en Oriente Medio— ha elevado los precios de los insumos básicos del sector primario y la consecuencia es clara: producir cítricos es cada vez más caro. Los sobrecostes para la citricultura valenciana por el aumento de precios de fertilizantes, fitosanitarios, combustible y energía alcanzan ya el 33%, según ha advertido la Unió Llauradora i Ramadera. Una realidad que suma presión para los productores valencianos, que afrontan esta campaña con inquietud por precios y compras aún contenidos, el temor a la competencia de Sudáfrica, y la incertidumbre de las mermas que puedan derivarse tanto de la afección de las plagas como de los daños meteorológicos.
Cientos de citricultores valencianos conviven con esta realidad día a día. Dos de ellos son David Valero y Aitor Peirats, dos productores de la Vall d'Uixó que han sufrido de primera mano las consecuencias del incremento disparado de costes.
En su caso, el aumento de gastos tiene este año un protagonista añadido: la araña roja. La elevada incidencia de esta plaga les ha obligado a duplicar los tratamientos fitosanitarios en buena parte de sus explotaciones. En clementinas y mandarinas han pasado de realizar dos tratamientos a cuatro, mientras que en las naranjas, donde la afección es menor, han tenido que duplicar también las aplicaciones habituales.
El impacto se nota directamente en la factura de los productos fitosanitarios, pero también en el consumo de combustible necesario para realizar las aplicaciones. "Este año hemos tenido que tratar el doble", explica Valero, que calcula que entre sus explotaciones llegarán a consumir alrededor de 4.000 litros de gasóleo, frente a los aproximadamente 2.000 litros del ejercicio anterior.
A ello se suma el encarecimiento del propio combustible. Si anteriormente podían adquirir el gasóleo por alrededor de un euro el litro, actualmente el precio se mueve, según explica, entre 1,30 y 1,50 euros. El aumento del número de tratamientos y el mayor uso de maquinaria hacen que el impacto sobre los costes sea todavía mayor.
Pero la presión sobre las explotaciones no termina ahí. El intenso calor de este verano y la ausencia de precipitaciones han obligado también a mantener durante más tiempo el riego de las parcelas. Valero y Peirats disponen de sistemas de riego por goteo en sus explotaciones, pero ni siquiera la modernización de las instalaciones evita que una campaña marcada por temperaturas extremas se traduzca en un mayor consumo de agua y energía.
"Ha sido un verano de calor constante y nada de lluvias", señala el citricultor. A diferencia de otros ejercicios, en los que las altas temperaturas se concentraban en episodios concretos, este año el calor se ha prolongado durante buena parte del verano, complicando especialmente las labores de tratamientos y fertilización en el campo.
Los fertilizantes, tanto los nitrogenados como las potasas, completan un escenario de costes al alza. El resultado es que mantener las plantaciones en condiciones óptimas de producción exige un desembolso cada vez mayor justo en un momento en el que los agricultores siguen sin tener garantizado cuál será el precio que percibirán por su fruta.
El precio de venta, la incógnita de la campaña
Valero y Peirats gestionan conjuntamente una sociedad con cuatro hectáreas de cítricos y, además, cuentan cada uno con unas diez hectáreas de explotación propia. Entre ambas explotaciones trabajan un amplio abanico de variedades, desde las más tempranas, como Oronules y Clemenules, hasta híbridos como Tango y distintas variedades de naranja, con el objetivo de repartir la producción a lo largo del calendario citrícola.

- David Valero, citricultor de la Vall.
Esta diversificación les permite cubrir buena parte de la campaña, pero también implica asumir durante meses los costes de mantenimiento, tratamientos, fertilización, riego y recolección antes de conocer cuál será finalmente la remuneración de la fruta.
En sus cálculos, para que la campaña resulte rentable necesitan obtener un precio medio superior a los 0,50 euros por kilo por el conjunto de las variedades que comercializan. Por debajo de ese umbral, asegura Valero, "no salen los números".
El productor explica que el coste habitual máximo de una explotación se sitúa en torno a 1.000 euros por hanegada, aunque en su caso concreto calcula que este ejercicio los gastos podrían alcanzar aproximadamente los 1.200 euros por hanegada. La cifra se ve contenida, en parte, porque buena parte de las labores están mecanizadas y cuentan con sistemas de producción modernizados. Una situación que, advierte, no es extrapolable a todas las explotaciones.
Y es precisamente ahí donde el incremento de los costes puede convertirse en un problema todavía mayor para buena parte del campo valenciano. Las explotaciones con un menor grado de mecanización o con instalaciones más antiguas tienen que afrontar mayores costes de mano de obra y de mantenimiento, por lo que el margen entre el precio de venta y el coste de producción se estrecha todavía más.
Por eso, a las puertas de una nueva campaña, la principal incógnita para estos productores no está únicamente en cuánto tendrán que gastar para mantener sus árboles en producción, sino en cuánto acabarán cobrando por la fruta. Después de un verano marcado por las plagas, el calor y el incremento de las necesidades de riego y tratamientos, el precio en origen será el factor que determine si el esfuerzo adicional realizado durante los últimos meses acaba traduciéndose en rentabilidad. De momento, en su caso, están cerrando las primeras operaciones a precios similares a los de la pasada campaña, pero la volatilidad del sector es una incógnita con la que deben convivir.
Una vez asumidos los sobrecostes para sacar adelante la producción, los citricultores afrontan ahora el tramo decisivo de la campaña con la incertidumbre de saber si el mercado será capaz de absorber ese incremento de costes o si, por el contrario, volverá a trasladar la presión al eslabón más débil de la cadena: el productor.
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