Los escaparates de los 230 puestos de venta del mercado Central de València, epítome de estructura de estilo modernista en la metrópoli, constituyen un buen ejemplo de esa variedad de artículos. Su cromatismo, su escaparatismo o su bullicio convierten el recinto en epicentro de venta, turismo y vida social. Por este lugar pasa buena parte de los casi sesenta mil compradores diarios que transitan por los mercados municipales de València, una nutrida representación de visitantes ansiosos por conocer la esencia de la ciudad.
No supone un mero núcleo comercial; muestra tendencias y refleja costumbres. Y, en algunos casos, tanto este como otros mercados consiguen enlazar ambas, como el apogeo del clásico esmorzaret. Damos un salto geográfico puntual a la comarca alicantina de La Marina. En el mercado de Dénia, Toni Cheli, propietario del bar Magallanes, despunta por sus bocadillos, entre ellos su célebre de figatell, berenjena y cebolla a la plancha y salsa de mostaza. Los sábados sirve alrededor de un centenar de unidades, un 40% más que hace una década.
El bocadillo de figatell
«El consumo ha subido, sobre todo el fin de semana. Y se va al bocadillo más elaborado, con producto de mayor calidad. La moda del almuerzo se refleja principalmente los sábados», explica Cheli, propietario de este local desde 1990.

- Un puesto del mercado Central -
- Kike Taberner
Además de confirmar el repunte de la ingesta del bocadillo matutino, el cogollo de puestos fijos de frutas, verduras, carnes o pescados también revela la evolución de su entorno, la interacción con su vecindario. «Los mercados municipales no son meros puntos de venta de alimentos, sino el auténtico corazón palpitante de nuestros barrios. Un mercado abierto es sinónimo de un barrio vivo. Su impacto social es incalculable, porque actúan como espacios de encuentro donde se tejen relaciones humanas que el supermercado, frío y aséptico, nunca podrá ofrecer», apunta María José Broseta, presidenta de la Federación de Asociaciones Vecinales de València.
El sentimiento va acompañado de preocupación que, aunque ahora centremos de nuevo las líneas de este reportaje en la capital autonómica, bien podría extenderse a los asociados en la red de mercados municipales de la Comunitat Valenciana (Confermercats).
«No podemos ignorar la situación complicada que atraviesan muchos de ellos, por culpa de la desigualdad de condiciones con la que se encuentran frente a las grandes superficies. Consideramos que, durante años, ha faltado una apuesta política decidida y una inversión real que vaya más allá de los grandes mercados monumentales, y creemos que deben tener todo el apoyo que sea necesario, tanto los mercados municipales como el comercio de proximidad en general», añade Broseta. El aludido comercio de proximidad, o minorista, agrupa a alrededor de 11.500 locales, según los datos del estudio El Comercio minorista en Valencia, presentado en verano de 2025.

- El mercado de Mosén Sorell se ha reconvertido en espacio de ocio. -
- Kike Taberner
Preocupación en distintas miradas
«Nos preocupa profundamente que, mientras algunos espacios se centran excesivamente en el turismo, los mercados de nuestros barrios periféricos sufren un goteo constante de puestos vacíos y falta de mantenimiento», apostilla la presidenta de la Federación de Asociaciones Vecinales de València. Quizás, en alusión a mercados como el del Grao, Nazaret o Rojas Clemente, que suponen ejemplos de la alternancia de puestos abiertos y cerrados entre los diecisiete perímetros de puestos de estas características que nutren el entramado urbano.
Esa inquietud la comparte con Fernando Móner, presidente de la Asociación Valenciana de Consumidores y Usuarios (Avacu). «El número de consumidores en los mercados municipales ha crecido levemente en la Comunitat Valenciana, a diferencia de lo que sucede en otras autonomías. Resulta necesario sustentar ese aumento, porque ayudan a impulsar la actividad económica de su barriada, porque ofrecen producto de proximidad, con su repercusión de sostenibilidad, o por su aportación a la vida de la ciudad», enumera Móner.
El máximo responsable de Avacu y presidente del Comité Económico y Social de la Comunitat Valenciana hace hincapié en «las cualidades diferenciales de los mercados municipales», e introduce como necesidad «el hecho de hacerlos atractivos, en horarios y oferta, para el público menor de cuarenta y cinco años sin perder a los mayores de cincuenta y cinco, que son los más habituales». Para lograrlo propone, por ejemplo, debatir horarios de compra y recogida de productos.

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Francisco Dasí preside Confermercats, entidad que agrupa mercados municipales principalmente de las provincias de Castellón y Valencia, aunque pretende expandirse por Alicante. Su funcionamiento se basa sobre todo en la cooperación, en realizar campañas comunes de promoción, de formación o de otro tipo de servicios.
Engloba a los dieciséis mercados de València, que presentan una dinámica diferente. Algunos, como los de Castilla, Nazaret o Benimàmet, muestran un escaparate de persianas bajadas que suena a epitafio. «No prevemos el cierre de ninguno ni que corra peligro de llegar hasta ese nivel», rechaza Dasí, que insiste en que «cada cuál ha de ver soluciones en su zona. Tienen que aprovechar todo tipo de recursos para abrir a largo plazo».
La complicada rentabilidad
Reconoce que a «algunos puestos les cuesta ser rentables»; no obstante, «siguen intentándolo y abriendo». No contempla una reutilización generalizada de espacios hacia la gastronomía y restauración en lugar de a la secular venta de materia prima. «Debe equilibrarse ese recurso gastronómico. Los mercados han de suministrar producto fresco y el resto tiene que ser apoyo», sostiene.
Por ese motivo asevera que el caso de la reconversión de Mosén Sorell a espacio de ocio supone una singularidad que se explica, en gran medida, por su cercanía al gran emporio comercial del mercado Central, que irradia su oferta al diámetro de su entorno. «Esa medida no se aplicará en otros mercados», recalca Dasí, que hace hincapié en el valor de los recintos por encima del producto que exhiben.
«Además de suministrar alimentos, representan un punto de encuentro vecinal, forman parte de la vida del barrio», indica el mandatario de esta organización. En esa línea, o bajo ese paraguas conceptual, podría enclavarse la amplia superficie de ocio que ocupa la mitad del rediseñado mercado del Grao, configurado para catas, conferencias u otras actividades variadas y complementarias a la propia vida de un mercado.
Refleja una innovación y también, visto desde la perspectiva contraria, una demostración de que la venta directa en el recinto mercantil no funciona como en el pasado. De hecho, en su reapertura la puja por los puestos se quedó bajo mínimos.

- El mercado de Mosén Sorell -
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El ejemplo del mercado de Colón
En cualquier caso, el inmueble que evidencia plenamente la transformación del sector se halla en el barrio del Ensanche, encarado a la calle Jorge Juan por su vistosa fachada principal de colorido estilo modernista. El mercado de Colón fue cogollo de compra fresca, cayó sumido en el abandono y, a principios de siglo, se recicló como centro de ocio. Conserva media decena de selectos comercios de venta al público en su piso inferior, rodeados de restaurantes, horchaterías, locales musicales…, que configuran su primer escaparate.
Anabel Navas, propietaria del restaurante Mi Cub, en el piso superior, y de Cervezas del Mercado, en la planta baja, tiene claro cuál ha sido la clave del éxito de este mercado: «Evidentemente, se ha producido una evolución. Considero que siempre deberían entenderse como espacios gastronómicos. Los mercados tradicionales deben evolucionar con los tiempos si quieren subsistir, no pueden quedarse estancados. Debemos aunar tradición y, también, renovarnos y atender a lo que la sociedad nos está demandando. No pueden ser exclusivamente lugares donde comprar, sino que deben ofrecer experiencias más hedonistas y completas. Encontrar puestos donde comprar, pero también donde poder degustar y disfrutar in situ de los productos que se venden en el propio mercado».
«El mercado de Colón es un estupendo escaparate para nuestros puestos al poder disfrutar de su excepcional oferta en nuestros locales gastronómicos; pero también ocurre a la inversa, nuestros clientes al realizar sus compras son informados de los establecimientos donde pueden degustar sus productos. Me parece fundamental esta sinergia que se produce entre los puestos y los establecimientos de hostelería. Esa colaboración puede ayudar a la preservación de los mercados, al ampliarse sus clientes potenciales y obtener el máximo rédito de los compradores que nos visitan», señala la propietaria de dos locales que se nutren de sus compañeros vecinos.

- Los puestos del mercado de Colón. -
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Navas comenta su dinámica: «Compramos todo en los puestos del mercado de Colón. Nos suben a diario lo que necesitamos y es una gran ventaja tener nuestra despensa ubicada en la pescadería Martin y Mari, en Frutas y verduras Fina, en charcuterías Manglano y en carnes Varea».
«En el mercado de Colón disponemos de una gran ventaja frente a otras dependencias mercantiles: la franja horaria en la que estamos abiertos. La clientela que viene a nuestro mercado sabe que tiene un horario amplio donde comprar, no cerramos al mediodía y estamos abiertos por la tarde, incluidos los sábados. Si a esto le unimos la gran variedad de locales de restauración, con grandes cocineros y una amplia oferta gastronómica y de ocio, en un precioso edificio modernista, conseguimos que la experiencia para el visitante sea maravillosa», resume.
Y va más allá al detallar que «el almuerzo y el tardeo nos proporcionan un gran impulso. Hace unos años eran franjas horarias en las que teníamos menor afluencia de público y el cierre por la noche se realizaba más tarde; sin embargo, al cambiar los hábitos y tendencias, indudablemente, ahora el tardeo es nuestro intervalo de trabajo más fuerte, aunque también hemos obtenido un notable incremento en el horario del almuerzo».
La otra cara: Castilla y Jerusalén
El mercado de Castilla, en Tres Forques, despunta como la otra vertiente de la misma moneda, de una que podría tener dos caras o dos cruces. En su caso, las instalaciones, aunque se han metamorfoseado por las dinámicas comerciales, no se han reconvertido. Han mantenido su esencia inicial, la de recinto de frutas y verduras, carne y pescado, aunque preservando una superficie excesiva para sus necesidades.

- La fachada del mercado de Jerusalén. -
- Kike Taberner
De las seis decenas de puestos existentes está cubierta la mitad. En el resto, la persiana o las cortinas ocultan de manera perenne el mostrador. Esta circunstancia genera, en unas dependencias tan extensas como las de Castilla, una sensación de abandono que tratan de paliar, aunando en los espacios centrales los negocios abiertos, que, como matizan desde el propio mercado, funcionan bien. No sufren un problema de abandono por falta de beneficios, como se plasma en sus amplias fruterías, debido a una oferta ajustada.
El espacio que restará con la reubicación de puestos, el externo a sus fruterías, panaderías o pollerías, mostrará un cariz más social. Esa línea empieza, en la actualidad, por una oficina de empleo y podría explayarse a otro tipo de locales que acojan a entidades u organizaciones consistoriales o de la barriada.
El mercado de Jerusalén se erige —o se oculta, por la escondida ubicación que ocupa— como la antítesis de los grandes centros de compra. Para la próxima concesión de puestos en el conjunto de recintos mercantiles de la ciudad ha salido a licitación el que se enclava en los lugares 31-32-33. Su precio de puja no llega a cuatrocientos euros. Quien compita —si lo hay— y se lo adjudiquen pagará un alquiler que puede rondar los doscientos euros mensuales, más el gasto de la luz.

- Mercado de Castilla -
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La inversión pecuniaria no resulta elevada. La de tiempo, sí. Como mínimo de 7:30 a 15:00 horas, como marca el horario de este mercado cuya entrada principal se ubica en la céntrica vía Matemático Marzal, aunque, en la práctica, suele cerrar antes. «Entra muy poca gente, pues, aunque la calle esté llena, como en Fallas, no se percatan de la existencia de este mercado», señala una de las últimas vendedoras en instalarse, que, desmoralizada, no recomienda la inversión.
«Le va bien a quien lleva treinta años y cuenta con su clientela fija, aunque cada vez sea menor por la competencia de supermercados cercanos y debido a que los habituales compradores van envejeciendo. Además, las familias progresivamente optan más por comida para llevar. A esto se suma que como lugar de paso no funciona. No entra la gente al verlo o porque no se fija en él. Haría falta una señalización mucho mejor», sostiene mientras gira su mirada hacia la entrada, que recuerda a la puerta de un garaje, o a un simple bajo comercial. Choca con la imagen usual de recintos mercantiles situados en inmuebles independientes y perfectamente distinguibles.
La media docena larga de establecimientos funciona en un ambiente calmo, excesivamente relajado para garantizar una rentabilidad —aunque la propietaria de la carnicería, una de las veteranas, ratifica que a ella le va bien—, que contrasta con el trasiego y el bullicio cotidiano del mercado Central, radicado a apenas medio kilómetro de distancia. Contrastes de València que se plasman en su cotidianidad comercial.
La pujanza del Mercado Central
Icono turístico con sus políglotas calles abarrotadas de visitantes curiosos; máximo exponente de la oferta de alimentación fresca, con hasta veinte mil productos enumerados; reflejo de adaptación a diferentes hábitos de compra, con diez mil adquisiciones no presenciales el pasado ejercicio, el mercado Central, con su emblemático inmueble, constituye el reflejo más nítido del éxito en el negocio mercantil en València.

- El mercado Central -
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El 60% de sus puestos ofrece alimentación fresca, desde frutas a longanizas, de muslos de pollo a gambas de Dénia, y el 40% restante queda muy desmenuzado. Incluso lo integran cinco tiendas de recuerdos turísticos no comestibles o una joyería. Aunque solo acoge un bar con banquetas, el suministro de platos preparados o de degustaciones in situ abarca ya casi el 10% de locales.
«Cada vez más, el cliente consume más producto de quinta gama. El mercado se adapta a esa tendencia», argumenta Cristina Oliete, gerente del recinto. Para ello en algunos casos, se produce la expansión del mostrador. «Aunque los módulos son estables, algunos titulares se hacen con el de al lado para ampliar cuando queda libre, que habitualmente suele ser por jubilación», señala.
Aunque consciente del papel referente de esta superficie a escala provincial, señala que «somos uno más de los once mercados del centro de València». No entra en disquisiciones sobre competencia. «Un cliente que compra en el mercado de Manises entre semana puede acudir los sábados al nuestro. U otro, habitual de Algirós o El Cabanyal, se desplaza con la línea 81 de la EMT a nuestro mercado de manera puntual», describe la responsable del mercado Central.
No se observan puestos libres. Salvo, matizando, en pescadería por la reforma acometida en ese lateral. Existe una demanda constante y los negocios abiertos funcionan con suficiente solvencia. El incremento del número de turistas ayuda.
«Siempre digo que bienvenido sea quien entra al mercado, ya sea alguien de la barriada que completa una cesta de fruta o un foráneo que viene para adquirir jamón que se llevará a su país», señala Oliete, mientras espera la profunda renovación que, en los próximos años, experimentará el recinto y que abarcará tanto su fachada como el interior y exterior del techado.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza