Vicent, el filósofo de la agricultura ecológica

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Vicent Martí empieza a montar una mesa en el pasillo que se forma entre dos edificios encalados en mitad de la huerta de Meliana. Neta, un gos rater típico de estos ambientes, olisquea a los visitantes mientras menea el rabo. Son las diez de la mañana y el sol empieza a picar, pero ahí estamos a la sombra. Por la puerta de la vivienda, cubierta con una mosquitera, sale una mujer con una tortilla de patata en una mano y unas tostadas con sobrasada casera en la otra. Las moscas están pesadas, como el día, y huele a gallina. Detrás hay unas pilas de leña al lado de un arado. Y más atrás, los campos. Ahora sale una joven con una fuente de cristal llena de tomate cortado a trozos. Es la hora del almuerzo y Vicent, que va sin camiseta, con el pecho y la espalda curtidos por el sol, con los brazos fuertes y las manos encallecidas y con tierra hundida al fondo de las uñas, se sienta a comer. Todos los productos son suyos. Los ha cultivado él. Tiene la apariencia de un hombre modesto, pero su conversación es la de alguien mucho más profundo, casi un filósofo.

Sara, de 24 años, estudiante de Psicología, la hija de su pareja, mucho más joven que él, le ha puesto en marcha una cuenta de Instagram para que su padrastro haga un ejercicio de divulgación. Pero días después no se acordarán de las claves y les tocará empezar de cero (@alqueria_vicent_marti). Vicent es de la generación que fue parida en la cama de casa, junto a los bueyes, las gallinas y los patos. “Era otro mundo”, recuerda. “A mí me gustaba más: tenía vida, armonía. A mí me encantaba escuchar a los abuelos contar sus historias”. No estudió más allá de los 14 años. Demasiado, incluso, por lo poco que le gustaba . “Soy una persona súper inquieta y a mí eso de estar sentado… Mi hermano, en cambio, era un intelectual”.

El tomate está maduro y se nota que no lo tenían metido en la nevera. Así alcanza su plenitud. Vicent asiente. “Nuestra cocina, que es fantástica, en la ciudad prácticamente ha desaparecido. Se impone la comida rápida y mala. Hace muchos años recuerdo que iba con mi padre a la Estación del Norte y allí había un bar con un expositor enorme lleno de comida de la nuestra. Ahora solo hay sitios que no tienen nada que ver con lo que somos nosotros, pero el imperio se impone. Yo creo que la gente ahora come fatal”.

"Soc transparent"

Vicent empieza a soltar sus verdades con la misma contundencia que los puños de Muhammad Ali. "Jo soc transparent. Soc com soc i au!”, soltará más adelante. Este agricultor de 73 años, criado entre cebollas, alcachofas y lechugas, añora los tiempos en los que la tierra olía a los animales del terruño. “Yo vivía en una casa muy pobre con dos ‘bous’, l’haca, una burra, gallinas, conejos… Yo era uno más allí. Ni hace mucho vi una película que iba sobre la relación de los chavales en Mongolia con los caballos, y eso me removió todo lo que yo había vivido. Vivía en compañía de la mierda, de los animales y muchas moscas. Todo eso aparece después. Es una sensación que a mí me ha ayudado mucho a vivir. Los mayores tenían la paciencia que ahora se ha perdido, para ver crecer la cosecha, por ejemplo. También te enseñaban a ahorrar y esa es una lección que hace que ahora tengo un colchón por si viene una necesidad”.

Sara, alumna aventajada, que escucha y observa a Vicent con devoción, explica que los seres humanos deberían aprender del comportamiento de los animales. El ‘llaurador’ asiente orgulloso antes de pasar a contar cuánto ha cambiado su entorno. "Una barbaridad. Cuando yo era pequeño solo estaban la playa y la vía pedrera, que iba del puerto de València a El Puig". Vicent saca el móvil y busca una foto que le mandaron de cómo era todo hace décadas. "Estos edificios de ahí", dice, señalando la fotografía. "Eso era lo que llamaban Casa El Gato. Era una casa señorial. Y es donde ahora está Saplaya. Y por donde iba la vía pedrera hicieron la primera carretera. No había nada más: campos y alquerías. Además de lo que se ve, está el acuífero, que está envenenado porque tiran una cantidad de productos bestial, aprobados por el Parlamento Europeo, que son los que provocan el cáncer".

La comida ha ido desapareciendo de la mesa. Un gato está tumbado a un lado sin importarte lo que hagan los humanos. Mientras Vicent se come un pedazo de calabaza asada, sale por la puerta un matrimonio, una pareja mayor. Vicent se percata de que nos quedamos intentando adivinar de qué nos suena ese hombre y se apresura a despejar la duda. "Sí, es Eliseu Climent; es mi cuñado".

Vicent cuenta que durante treinta años fue vegetariano, pero que hace diez volvió a comer de todo. “Aunque pan apenas como”. El café le encanta, pero no cualquier café. El agricultor lo compra ecológico y en grano, y luego, en casa, lo tuestan y lo muelen. Su pareja se ríe al oírlo hablar de lo purista que es con la comida. “Este, antes cierra la boca y se muere, que come algo que no es bueno”, dice la mujer. “Todo se hace por dinero y nos afecta a todos”, replica él.

No se vacunó

Durante los meses de la covid, salió su vena más rebelde. Vicent es un descreído y no se tragó la necesidad de las vacunas. Ahí se convirtió en un ciudadano insurgente que se negó a tender el brazo para recibir los pinchazos ‘reglamentarios’. "Yo exigí que me dijeran qué llevaban las vacunas y como nadie quiso decírmelo, me negué a ponérmela". Siempre desconfió del sistema. "Ya me habían demostrado que no podía fiarme de ellos. No sé cómo la gente se puede creer tantas mentiras".

Vicent cuenta lo que quiere y, por el camino, se intuyen también silencios. A él le gusta pasar por alto el capítulo de su divorcio y apenas concede una frase al respecto. "Todo pasa por algo". Su pasado lo resume de otra forma. "Siempre había vivido en una alquería con mis padres. Luego lo intenté en un piso y no me adapté. Me sentía enjaulado. En esta casa llevo 42 años".

Sara decidió hace unos meses abrirle una cuenta de Instagram. La joven quería favorecer la divulgación del conocimiento de este pionero en la agricultura ecológica y, de paso, ver si así vendían más cajas de hortalizas. "Era la vía rápida", aclara Sara. "Vicent era una persona que salía bastante en la prensa y esto yo sabía que funcionaba porque hay mucha gente enganchada a las redes sociales. También lo hice para que dejara una huella, algo de información sobre la huerta con información que se está perdiendo".

¿Y por qué salía bastante en la prensa? Vicent tuerce el gesto y comienza a recordar sus años vinculado a la política de la mano de Mónica Oltra, con quien parece que no acabó muy allá. "Cuando yo empecé a hacer la agricultura ecológica, había muy pocos, y por eso me hicieron muchas entrevistas. Una vez me sacaron en ‘El País Semanal’ y entonces empezaron a llamarme mucho de las televisiones, pero la información también es una mafia. En aquella época me llamó Mónica Oltra y en 2015 hice un discurso en el Balneario de Las Arenas donde les dije de todo menos guapos. Entonces me llevaron a las televisiones de Madrid y ahí me arrearon de lo lindo el Inda y el Marhuenda. Me hicieron una encerrona… Me cortaban, no me dejaban hablar ni argumentar. Cada vez que me acuerdo, pienso en lo ignorante que fui. Ahí prácticamente dejé la política".

Su viaje a Cuba

Vicent piden que le saquen el café. Llama la atención que alguien que predica que los tiempos pasados, aunque más austeros, eran mejores, sea servido por una asistenta, una mujer que parece sudamericana. Pero él ya ha comenzado a hablar de su etapa de más ruptura. "En L’Horta Nord no hacen lo mismo que yo. Yo me diferencio fundamentalmente por el pensamiento. Yo no me suelo fiar de lo que me quieren vender. Cuando yo era pequeño todo el mundo hacía agricultura ecológica porque era lo que había. No se vendían venenos. Era una agricultura tradicional como se había hecho desde siempre".

La agricultura, al menos en la provincia, según cuenta Vicent, ha ido cambiando el paisaje. "Aquí ha habido árboles, moreras, gusanos de seda, naranjos… Pero esta zona siempre se quedó resguardada para la horticultura. Es una evolución natural y ese conocimiento era general. Todo el mundo sabía de todo, iba al mercado y sabía lo que compraba. Hasta que llega el petróleo y lo trastorna todo. Hay intereses muy poderosos y para que eso fuera posible había que crear una sociedad idiota. Y despertar de esa ignorancia no es fácil. Lo que yo siento y pienso es que la alineación entre el alma y el cuerpo está rota. El mejor juez que puede tener una persona es uno mismo, pero ese juez está dormido".

Nunca se sintió atraído por otros países. Solo una vez en la vida. Eso fue después de escuchar una conferencia sobre ecología y biodiversidad en la universidad. Esa vez hablaron de lo que se hacía en Cuba y Vicent decidió que había llegado el momento de subirse un avión y volar al Caribe. El valenciano pasó un mes allí y después regresó a casa. No ha viajado mucho más. Dice que otra vez estuvo en Portugal y que ya está. "Ahora no tengo ganas de ir a ningún sitio. No voy ni a València. Si necesito algo mando a la mujer o a la chiquilla. No me interesa lo que hay en la ciudad. No lo critico, pero no reconozco la ciudad que yo conocí, que tenía tiendas. Ibas de comercio en comercio y había una relación con los comerciantes. Ahora no me atrae nada de lo que hay allí".

Su caballo ‘Candy’

También le ha gustado leer. Vicent disfrutó mucho con Blasco Ibáñez. Pero sobre todo ha dedicado muchas horas a leer sobre el mundo agrícola. "Cosas más espirituales, como ‘Primavera silenciosa’, de Rachel Carson (en 1962 publicó este libro, que advertía del peligro de los pesticidas), o ‘Nuestro futuro robado’, de Theo Colborn (sobre la contaminación del mundo entero por las sustancias sintéticas). No me suelo salir de esa temática". Aunque dice esto y se pone a hablar de Sócrates y Séneca, pero rápidamente corre a quitarse importancia. "Yo no soy una persona ilustrada, ni mucho menos. A mí lo que me gusta es el campo y respirar en un entorno agradable, y que la familia y los cuatro amigos que tengo, que estén bien". La tele solo la enciende para ver las corridas de toros. Pero ahora casi nunca las ve. “En verano me levanto todos los días a las 4 o las 5, y a las siete de la tarde ya estoy muy cansado”. 

Vicent, al fin satisfecho, se levanta de la mesa y nos lleva a conocer a su caballo, que se llama ‘Candy’. El labrador entra en la cuadra y empieza a llamarlo con unos ruidos muy peculiares que hace con la boca. El animal, que está de espaldas, gira el cuello, lo ve y acude a su encuentro. Se deja acariciar y Vicent le da unas palmadas en el lomo mientras el equino se sacude las moscas con la cola.

Alrededor de sus campos hay ‘llentiscle’, palmeras, vides, nispereros… Vicent se mueve por allí sin cubrirse el torso. A pecho descubierto. Igual que ha vivido siempre. El hombre no sabe qué será de todo eso cuando él se muera. “Mi hija seguro que no sigue con esto y esta -dice, señalando a Sara con la mandíbula- no sé lo que hará”.

Vicent Martí, el hombre que no cree en el sistema, en los políticos ni en los gobiernos, el agricultor que prácticamente ha perdido la fe en el ser humano, el veterano incrédulo por naturaleza, sorprende al final de la charla al contar que piensa que habrá una vida después de la muerte, pero que, a pesar de este acto de fe, le tiene miedo a la muerte. “Me preparo cada noche, pero me da miedo. Sé que después hay vida, pero ese tránsito me intimida. Me asusta eso de dejar de respirar. Le pido a Dios que me ayude”. Pero para eso aún queda. Vicent está convencido de que vivirá más de 100 años y que siempre se ha cuidado. Aunque admite que hasta los 32 fumaba mucho. Luego siempre llevó una vida ordenada. No le gustaba la noche y solo, después de separarse, para encontrar un lugar propicio para estar con otras mujeres, en un mundo, el agrícola, que las aísla tanto desde siempre, durante un tiempo se metió en bailes de salón. "Bailaba, sobre todo, tango. Pero lo hacía para ligar, ¡qué demonios!", corta Vicent por lo sano. Siempre transparente. 

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