Adiós a Jennifer Finch, el pulso salvaje de L7

Música y ópera

MÚSICA

La bajista, fotógrafa y diseñadora gráfica californiana fue una pieza clave en la escena musical underground de Los Angeles de la década de los ochenta y los noventa

Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. El pasado 18 de julio, cinco días después de que se diese a conocer su lucha contra un agresivo tumor cerebral, la artista californiana Jennifer Finch falleció a los 59 años de edad. Aunque es conocida principalmente como bajista del influyente grupo L7, lo cierto es que Finch era una pieza clave de la escena musical underground de Los Angeles incluso antes de que las guitarristas y vocalistas Donita Sparks y Suzi Gardner la reclutaran en 1987. Ellas tres, junto con la baterista Dee Plakas, conformaron el cuarteto de mujeres más “rápido y aterrador” de su generación y legaron a la historia discos como Smell the Magic (1991) o Bricks are Heavy (1992), que conservan el mismo halo de crudeza y autenticidad que cuando se publicaron.

Los noventa fueron una década revolucionaria para las mujeres en el mundo del rock alternativo; una época que todo el mundo asocia automáticamente al movimiento Riot Grrl y a la escena de Washington. Sin embargo, la explosión del empoderamiento musical feminista -que ya tenía antecedentes claros en otras figuras como Patti Smith o Joan Jett- no era uniforme ni se concentraba en un solo lugar de Estados Unidos. De hecho, L7 no se sentían parte de la escena Riot Grrrl y tenían poco que ver con grupos como Bikini Kill o Bratmobile. 

Su música y su estilo era diferente al de muchas de sus compañeras de generación. L7 era un grupo con una actitud punk muy marcada, pero su sonido era sucio y pesado, con muchos rasgos del heavy metal. Tocaban con las piernas abiertas y las guitarras colgadas muy bajas; eran maestras del headbanging, saltaban de los amplis, caían de rodillas, se tiraban en plancha al público y, si les tocabas las narices, pagabas las consecuencias. Donita Sparks alimentó sin duda la reputación de tías peligrosas de L7 con varios incidentes, como aquella vez en la que se quedó con el culo al aire en un programa de máxima audiencia de la televisión británica o cuando arrojó al público un tampón ensangrentado porque les estaban lanzando barro a la cara durante la actuación.

Antes de que la mercadotecnia explotase la estética estudiadamente desaliñada del grunge, L7 ya se distinguía por su deliberada aversión al maquillaje y el look “sexy”. Cultivaban la “fealdad” para que las tomaran en serio como músicas, pero ni con esas: una y otra vez, las entrevistas repetían la misma estúpida pregunta: “¿Qué se siente al ser mujer en el mundo del rock?”. Por alguna razón, en los años noventa se consideraba que las bandas formadas por mujeres eran un género musical separado del resto.

L7 era un grupo muy político -su compromiso con el medio ambiente y sobre todo la causa antiabortista es muy conocido-, pero sus formas de expresión contestataria eran diametralmente opuestas al estilo intelectual y sobrio que representaba por ejemplo la rama de Washington, con Dischord Records e Ian MacKaye a la cabeza. Ellas eran bromistas, ruidosas, soeces, juerguistas, deliberadamente incómodas. 

Ciertamente, la ironía era un ingrediente esencial en la fórmula de muchos otros grupos de punk con mujeres, pero, de nuevo, L7 lo hacía a su manera. Pongamos por ejemplo la elección del equipo con el que tocaban. Donita optó desde el principio por una Gibson Flying V como una broma irónica, aunque con el tiempo la guitarra de flecha se convirtió en una pieza indisoluble de su personalidad escénica. En una época en la que ese modelo estaba asociado al heavy metal y a los guitarristas virtuosos; ella la eligió precisamente porque no encajaba con esa imagen y porque no sabía (ni quería) tocar de esa manera. 

Cronista de la escena de L.A.

Volvamos a Jennifer. Aunque muchas veces se ha dado por supuesto que L7 era una banda de Seattle -principalmente porque formaban parte del catálogo de Sub Pop en el momento de la eclosión del grunge y por su estrecha amistad con Nirvana, entre otros muchos grupos de esa escena-, en realidad la banda se formó en Los Angeles. Lo curioso es que solo Jennifer Finch era originaria de la ciudad, el resto de las componentes llegaron a la capital desde otros lugares. 

Donita y Suzi fundaron la banda en 1985 y probaron varios bajistas y bateristas hasta que se conformó la formación icónica de L7, con Jennifer y Dee. La aportación de Finch fue crucial, no solo por su actitud y su presencia escénica, sino porque tenía muchísimos contactos en la escena underground de Los Angeles: grupos, managers, propietarios de salas y discográficas independientes, etc. De hecho, cuando Finch se sumó a L7 a los 21 años venía de tocar brevemente en The Pandoras y durante dos años en una banda de San Francisco llamada Sugar Babylon, junto a Courtney Love (antes de fundar Hole) y Kat Bjelland (antes de Babes in Toyland), ambas protagonistas de la futura escena grunge. 

Jennifer nació en agosto de 1966 en el Hogar del Ejército de Salvación para Madres Solteras, y fue adoptada siendo un bebé por Robert Edward Finch, un ingeniero aeronáutico que siempre apoyó las inclinaciones artísticas de su hija. La primera de ellas fue la fotografía. Jennifer es de hecho una de las principales cronistas de la escena punk californiana de mediados ochenta y principios de los noventa, y de hecho sus álbumes de fotos y recortes de prensa, flyers etcétera han sido recogidos en libros y exposiciones. 

Tras grabar cuatro discos con L7 -L7 (1988), Smell the Magic (1990), Bricks are Heavy (1992) y Hungry for Stink (1994)- y después de tocar con las puntas de los dedos los oropeles de la fama, Finch anunció que abandonaba el grupo. Los problemas de adicción a drogas y alcohol contraídos a lo largo de los años de vida salvaje y giras constantes y por el mundo, sumado a la depresión por el fallecimiento de su padre adoptivo y a la preocupación por su situación financiera la motivaron a cambiar de estilo de vida, aunque no por ello dejó la música. Poco después fundó otra banda de rock alternativo llamada OtherStarPeople y más tarde lideró el grupo de punk The Shocker. También creó su propio sello discográfico, Little Pusher Records.

En 2011 le diagnosticaron un cáncer de tiroides, del que logró recuperarse antes de la reunión de L7, en 2014. Tras 17 años de ausencia, Jennifer volvió a subirse a un escenario con sus compañeras Donita, Suzi y Dee, con las que grabó en 2019 el último álbum del grupo hasta la fecha, Scatter the Rats (2019). 

El mayo de 2026, L7 anunció las fechas de la primera parte de su gira de despedida, titulada The Last Hurrah 2026, cuyo inicio estaba previsto para octubre. Sin embargo, el pasado 13 de julio la banda comunicó que a Finch le habían diagnosticado un agresivo cáncer cerebral, lo que le impedía participar en la gira. Sus familiares y amigos pusieron en marcha una campaña en GoFundMe para ayudar a sufragar los costes de su tratamiento. 

Aunque hayan llenado estadios y cuenten con una base de fans de centenares de miles de personas en el mundo, la triste realidad de muchos artistas en Estados Unidos es que llegan a la mediana edad o la vejez sin seguro de salud ni capacidad financiera para abordar el tratamiento de este tipo de enfermedades. Gracias a los seguidores y a muchos amigos de la escena musical, la campaña de Finch consiguió recaudar cerca de 400.000 dólares en cinco días. Pero era demasiado tarde. El 18 de julio Jennifer cerró con su muerte un capítulo esencial de la historia del punk del siglo XX.

Recibe toda la actualidad
Castellón Plaza

Recibe toda la actualidad de Castellón Plaza en tu correo