CULTURA

Anabel Alonso: "El público está listo para obras complejas, de comedias ya está el audiovisual lleno"

La actriz presenta este sábado en el Teatre Principal 'La mujer rota'

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CASTELLÓ. Anabel Alonso nos ha acompañado siempre. Desde la pantalla del cine, desde los escenarios, y sobre todo, desde el televisor de casa. Ha sido Diana Freire en la serie '7 vidas', Pruden en 'Los ladrones van a la oficina', Benigna en 'Amar es para siempre' y la voz de Dory en 'Finding Nemo', por citar solo algunos ejemplos. Ahora se enfunda en el papel de Murielle, la protagonista de 'La mujer rota', el desgarrador texto de Simone de Beauvoir que cobra forma escénica por primera vez. Alejada de los registros por los que el gran público la identifica, la actriz afronta en solitario un monólogo feroz sobre la culpa, la soledad y el derrumbe íntimo de una mujer al borde del abismo. "Entro en escena como un miura", resume Alonso sobre una función que no concede tregua y que se podrá ver este sábado en el Teatre Principal de Castelló.

Dirigida por Heidi Steinhardt, pareja de la actriz y artífice de esta adaptación, la obra supone además un giro buscado en la trayectoria de Alonso tras cuatro décadas de carrera. Juntas levantan una propuesta exigente y poco complaciente que reivindica un teatro que incomoda y sacude. La de Baracaldo sabe que no hay que minusvalorar al público: "Hay que arriesgar y subir al escenario estos textos. En el patio de butacas lo agradecen". 

-¿Quién es esta mujer que, según el título de la obra, está rota?

-Es una mujer que lleva ya un par de noches de insomnio. Estamos a 31 de diciembre y al día siguiente, que es Año Nuevo, ella tiene una cita con su ex marido. Está separada y ha quedado en verse con él para abordar algunos temas relacionados con su hijo. Murielle se encuentra muy nerviosa y no puede dormir. Y no solo está sin pegar ojo sino que además no para de escuchar la música, las risas, los ruidos de la calle... en definitiva la vida. Y es un contraste muy grande lo que hay dentro y lo que hay fuera de las cuatro paredes de su casa. Ella no para de darle vueltas a la cabeza con infinitos pensamientos obsesivos, intrusivos y demás. Todos sabemos lo que es eso: estar en bucle dándole vueltas a la cabeza y pensando en tu separación o en otros problemas. Ella está enfadada con el mundo y todo le molesta. El contraste entre su soledad, su abandono y su dolor y cuanto pasa en la calle, que es todo fiesta, es enorme.

-¿Nos cuentas en la función el por qué está enfadada con el mundo?

-Exactamente. Esta función empieza por todo lo alto, como cuando sale un toro del toril. Se abre la puerta y así de fuerte aparezco yo en escena, como un miura. Murielle entra con todo en medio de ese caos mental en el que se encuentra, y claro, al público lo apabulla. Este texto no va poco a poco y subiendo de tono progresivamente. No. Eso no sucede. Ella aparece arriba y con todo el conflicto disparado. Entiendo que a la gente le viene de sopetón lo que cuenta y cómo lo dice. Más adelante se empieza a entender la razón por la que está como está, porque delante del espectador va haciendo balance mental del fracaso de su primer matrimonio, del error que también fue el segundo, del suicidio de su hija, del hecho de que no le dejan ver a su hijo y de la relación de odio que mantiene con su madre. Las circunstancias que rodean su soledad son tremendas.

-¿Cómo es posible que siga siendo tan contemporáneo un texto que se escribió en 1967?

-El teatro, y la literatura en general, es la realidad condensada y aumentada. Murielle es alguien a quien le han pasado un montón de cosas que a otras mujeres no. Me refiero a divorcios, rupturas, abandonos, relaciones familiares tortuosas, muerte de un hijo, que utilicen a tu hijo como moneda de cambio durante el proceso de divorcio, no poderte divorciar porque no tiene con qué salir adelante… Pues todo eso que te cuento le sucede a Murielle. Y además está la cuestión de la culpa. Se siente mal por no encajar. No olvides que la sociedad se encarga de apuntarte con el dedo. En su caso, le culpan de la muerte de su hija.

-Motivos tiene para no tener su día. 

-Ni su día ni su año. A la pobre, donde le des, le duele. 

-Anabel, ¿qué hizo que os embarcarais en este proyecto?

-Yo soy muy inconsciente. Te digo la verdad. Yo tiro para adelante siempre. A mí un día me propuso Heidi que leyera un texto. Sin saber nada más lo hice, y lo primero que pensé es que iba a ser difícil de memorizar. Este es un texto literario, no fue concebido para teatro. Y hasta hoy no se había subido nunca a escena. 

-¿Y eso no te da libertad?

-Sí, pero al mismo tiempo no sabes cómo hincarle el diente. Está escrito sin puntuación para poder así expresar esa verborrea que tiene la protagonista en la cabeza. De entrada ya intuyes que es complejo y, de hecho, me embarqué en el proyecto porque era Heidi quien lo iba a dirigir. No lo hubiera hecho de ninguna otra manera porque con ‘La mujer rota’ tienes que tirarte al vacío. El trabajo que ha hecho ella creando un universo para esta mujer es extraordinario, como también lo es el de Alessio Meloni, con esa escenografía vacía, ajada, descuidada. Hemos hecho una labor grande de interpretación y de análisis de texto ha sido brillante. Le ha sacado jugo a cada frase, pero a cambio no me ha dado ni un respiro. Por ejemplo, en el original Murielle está tumbada en la cama, pero aquí está de pie y no se sienta ni un momento.

-¿Cómo se le ocurrió a Heidi que se podía levantar una función a partir de ese texto?

-Lo tuvo muy claro desde el primer momento.

-¿Esperabas un cambio de registro tan brusco tras 40 años de carrera?

-Es nuevo rumbo intencionado. A mí me gustan muchos los retos, y lo cierto es que si no te la juegas hoy cuándo lo vas a hacer. Por una parte, es muy estimulante y un gran atractivo ser la primera Murielle. Y por otro, después de 40 años es bueno cambiar de registro. Es bonito sorprender a la gente a estas alturas. Me comentan lo mucho que les he hecho reír y cuánto les hago llorar ahora. En eso consiste ser actriz, y es por eso por lo que me gusta tanto este trabajo.

-La semana pasada estuvo en el Principal Joel Joan dando vida a ocho personajes en una versión de Chéjov, y este sábado estás tú con tu monólogo. Ambos textos son complejos. ¿El público recoge bien el guante cuando le proponéis textos exigentes?

-Creo que sí. A veces se minusvalora al público, pero está más que preparado. En esta era en la que todos los conocimientos están a un clic del teclado, hablar de las relaciones humanas no caduca. Y a la gente le gusta verlo en directo, en teatro. Está claro que obras como ‘La mujer rota’ no son tan cómodas para el espectador como lo pueda ser una comedia más convencional, pero es que de comedias ya está el audiovisual lleno. Hay que arriesgarse y subir al escenario estos textos; estoy convencida de que el público lo agradece.

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