VALÈNCIA. Como en los mejores momentos de Twitter, una polémica en clave cultural ha generado una conversación inmensa que, por su naturaleza, se ha ido contaminando con los rencores y morbos de siempre. Pero esta es una entrevista sobre un libro, La bola, de Daniel Verdú. El periodista de El País toma la misteriosa figura de Mar de Marchis (más que un pseudónimo, la identidad paralela de la fundadora de Jot Down) para hablar de una época y un ecosistema mediático. Mientras las grandes cabeceras acusaban la crisis económica de 2008 con EREs a centenares de periodistas, un fanzine captó la atención de la comunidad lectora publicando textos kilométricos, hablando de temas de nicho y quitando el color de su diseño.
Pero lo alucinante de la historia es la figura de Mar de Marchis, una mujer que se codeó con el establishment mediático y cultural sin revelar su identidad. Su historia no solo sirve para hablar de las máscaras y la verdad, sino también como reflejo de aquellos personajes que se relacionaron con ella.
— Ya han corrido ríos de tinta sobre este libro. ¿De qué manera sientes que ha ido continuando el mito una vez la historia ya está escrita y publicada?
— Sobre todo me ha gustado que el libro interesase, que el tema siguiese vigente y que la figura de Mar siguiese generando muchas adhesiones y también algunos rencores.
La verdad es que lo agradezco porque confirma que el tema trascendía a la propia figura de Mar. Pero este no es un libro solo sobre ella, ni una biografía, ni, por supuesto, un libro sobre Jot Down. Es el retrato de una época, una crónica con ritmo narrativo. Y eso no quiere decir que tenga ficción, sino que tiene una pulsión literaria. No hay nada inventado. Veo que, de alguna manera, sigue tocando algunas fibras, y eso es bueno.
— Todas las personas que van apareciendo, desde Juan Luis Cebrián hasta Enric González, llevan una mochila detrás de rencores, aspiraciones e intereses que realmente es lo que va haciendo a crecer el mito de Mar de Marchis.
— Sí. Yo creo que muchos encuentran en ella fascinación, intriga, misterio y un deseo de saber más. Es un personaje que atrapa, que es divertido, corrosivo, que tiene ideas a veces marcianas que determinadas personas no están acostumbradas a escuchar, como el propio Cebrián.
Eso a muchos les divierte. Las fotos que mandaba, las historias de la peluquera y demás pueden parecer detalles sin importancia en un momento determinado de la biografía de este personaje, pero luego se convierten en parte de una persona muy influyente precisamente por esa capacidad de generar diversión y crear espacios imaginativos que los demás pueden aprovechar en un momento bastante crítico, tormentoso y, a veces, aburrido para este tipo de personas a las que ella tenía acceso. Sería difícil pensar que otra persona con sus características pudiera llegar hasta ahí…
— A la vez, en todo el libro hay una pulsión muy interesante: cuando pensamos en una persona influyente o con acceso al establishment, imaginamos a alguien muy empoderada, sin brechas; sin embargo, tú vas mostrando a una Mar de Marchis muy vulnerable.
— Mar es una persona con muchas fragilidades, con muchos complejos y con una cierta visión de sí misma que en algún momento la avergonzaba. Por eso crea ese personaje en internet y luego le resulta tan difícil salir de él. Es un personaje digital y después mantiene una lucha contra sí misma para desvirtualizarse. Y le cuesta muchísimo.
Pero esa vulnerabilidad de la que hablas también es aplicable —y ahí está lo interesante— a los personajes con los que trata. Ella sabe detectarla de una forma muy inteligente y muy instintiva, y sabe penetrar justamente por esas vulnerabilidades. Es un poco como si hackease esas personalidades o distintos poder.
En el fondo, la historia de Mar también es la historia de un troleo, por llevarlo al lenguaje de internet: detectar las grietas de un poder que aparentemente es sólido y entrar por ellas como un cuchillo en mantequilla.
A veces también nos imaginamos a los poderosos, o a la gente que ocupa esos despachos de la decimotercera planta, como personas inaccesibles y muy serias, cuando en realidad también tienen sus vulnerabilidades, sus cotilleos y sus ganas de frivolizar un poco más de lo que su propio entorno les permite.
— Más allá del poder, ¿cómo vivió la plantilla de El País y de PRISA todo el proceso, desde las críticas de Jot Down a la cabecera hasta la entrada a través del suplemento Smart? Los periodistas solemos tener una relación complicada con nuestras empresas pero, a la vez, acabamos siendo muy corporativos...
— Las críticas fueron sobre todo en el momento del ERE, cuando ella dice que nadie debería comprar El País. Más allá de eso, no recuerdo muchas más críticas, porque ella era muy lectora muy fiel de El País.
Lo que ocurre con los nuevos medios es que hay una manera de entrar en el sistema atacando al sistema; atacando al padre, ridiculizándolo, haciendo una caricatura de ese establishment. Ella hizo un poco eso: tomarse a risa las cosas serias y en serio las cosas más frívolas.
Y, no solo en El País, sino en todas las grandes cabeceras, cuando llegó Jot Down hubo ciertos recelos en un momento en el que lo estábamos pasando muy mal. Habíamos perdido un poco el flow con los lectores, se perdía credibilidad, se perdía publicidad, el modelo de negocio estaba en plena transformación y aparecían estas publicaciones jóvenes —no solo ellos— entendiendo mejor que nadie el lenguaje de las redes sociales.
"¿Quiénes son estos para venir a explicarnos el periodismo?", pensaba mucha gente. Eran unos jovenzuelos, desde el punto de vista del tiempo que llevaban en el sector. Cuando, en realidad, había muchas lecciones que extraer de cómo estaban trabajando ellos, y luego esas lecciones se acabaron utilizando: el funcionamiento de las redes sociales, la manera de titular, el tipo de historias que se proponían...
Como fue un momento muy doloroso, en el que mucha gente perdió el empleo y se cuestionó muchísimo el trabajo de los periodistas más tradicionales, probablemente sí se acumuló un cierto resentimiento. De manera inconsciente, cuando a ellos les fue mal porque cambió el algoritmo de Facebook, muchos no diría que se alegraran, pero sí pensaron: "Bueno, tampoco lo habíamos hecho tan mal nosotros hasta ahora".

— ¿Hasta qué punto sientes que la actitud de Mar de Marchis, pero también la propuesta de Jot Down, es hija de la cultura de los foros? Su mirada y su proyecto recuerda a ese internet feliz que ya no existe —o que quizá nunca existió—, en el que sentíamos que la red iba a liberar tanto el formato como la escritura.
— Ella es un producto genuino de los foros, de internet y de las redes sociales. Esa actitud irreverente, descarada, ese troleo del que hablábamos está presente tanto en la revista como en su propio carácter.
También en cómo manejaba la cuenta de Twitter de Jot Down, que era divertidísima. Me parecía una de las mejores cuentas de aquella época gloriosa de Twitter: por el humor, por las recomendaciones, por las polémicas en las que se metía... Creo que es, fundamentalmente, hija de ese tiempo.
Siempre digo que probablemente este personaje no hubiera podido existir cinco años antes, cuando todo era mucho más serio, más hermético, las cosas funcionaban bien y nadie se permitía determinadas bromas. Tampoco cinco años después, cuando ya habíamos perdido esa ingenuidad de ese internet libre y feliz, que luego ni lo fue ni probablemente lo era tanto cuando nos lo creímos. Se nos pasó esa excitación, ese enamoramiento, y probablemente ya mucha gente no habría decidido creer de forma tan devota en aquel personaje de ficción.
— A lo largo del libro planteas una reflexión sobre la verdad, la mentira y las máscaras; y al mismo tiempo, se trata de un texto construido a partir de muchos testimonios. ¿Qué reflexiones, confianzas y desconfianzas te despertó el proceso de entrevistar a tanta gente e ir desvelando historias?
— Una de las capas del libro, y eso se ve también en las citas que abren las tres partes, es precisamente un viaje por la descomposición de la idea de verdad que hemos vivido en las últimas décadas.
Probablemente empieza un poco antes, con el caso de Jayson Blair en The New York Times [un redactor que exageró, plagió e inventó varias historias]. Después llegan las armas de destrucción masiva, la estafa de las hipotecas subprime... Y se va instalando esa sensación de que nos habían engañado permanentemente y de que todo era mentira.
Entre 2008 y 2011 intentamos reaccionar contra eso. Y cuando creemos que, de alguna manera, estamos tomando el control y vengando esa gran estafa, nos damos cuenta de que el vehículo a través del que lo hacemos —las redes sociales— era otra ensoñación creada por el algoritmo. Otra gran ficción de ese periodo.
La ficción ha sido un poco el leitmotiv de todo lo que nos ha ido ocurriendo. Y Mar, de alguna manera, era también un síntoma de eso. Me parecía que explicaba muy bien lo que nos estaba pasando.
He intentado no hacer un juicio moral sobre si estaba bien o mal crear esa ficción. Por eso contrapongo dos ideas. Por un lado, la de Javier Cercas en El impostor, mucho más radical; y, por otro, la de Vargas Llosa, que también cito en el libro, sobre la posibilidad de encontrar una verdad a través de una ficción, a través de una mentira.
Esos son los dos polos sobre los que se mueve la narración y la capa más ensayística del libro. Creo que todo ese proceso nos conduce, de alguna manera, hasta el momento actual, el de la inteligencia artificial, que representa casi el epítome de esa ficción que hemos ido construyendo durante los últimos tiempos.
— La identidad real de Mar de Marchis está presente, pero no tanto. ¿La has orillado conscientemente para no caer en un libro morboso y centrarte en la ficción que creó?
— Yo nunca quise hacer una biografía. Pero, además, me di cuenta muy pronto de que tampoco iba a poder hacerla de manera exhaustiva porque había una parte, una cara oculta de la luna, que seguía siendo inaccesible.
Me interesaba mucho más hacer el retrato de una época y, sobre todo, el retrato de una fascinación: el de todas las personas que decidieron comprar la ficción que proponía Mar de Marchis. Por eso decidí no ver fotografías suyas hasta casi el final del proceso. Quería entender primero cómo la habían visto e imaginado todos esos personajes.
— Ella pasa el último tramo de su vida en Roma y siente que la ciudad encaja perfectamente con su personalidad. Tú que conoces ahora muy bien la ciudad y el personaje, ¿crees que hicieron match?
— Sí, completamente. En Italia la idea de la verdad siempre es muy borrosa y, además, decir las cosas de forma demasiado directa casi se considera de mal gusto. La persona que dice toda la verdad puede parecer incluso maleducada.
Todo se desarrolla en lo que ellos llaman las sfumature: esos grises, esos matices, esas zonas borrosas donde aparecen muchos de los misterios italianos que siguen sin resolverse. Alguien dijo que Italia es un país más misterioso por su pasado que por su futuro, porque tiene infinidad de episodios de los que nunca se ha sabido realmente qué ocurrió, y probablemente nunca se sabrá.
Creo que Mar encontró ahí un lugar muy cómodo. Como cuenta Enrique Vila-Matas en uno de los libros que cito, allí la belleza a veces es más importante que la verdad. Eso le resultó muy gratificante. Fue también en Roma donde empezó a ver más gente, a salir y, de alguna manera, a desvirtualizar por fin al personaje que había construido.