'Después de tantos años': La segunda, y no tan conocida, segunda parte de El Desencanto

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VALÈNCIA. Este año ha sido el aniversario del histórico documental El Desencanto. Andaba yo atengo porque llevaba unos días comentando con Juan Carlos Usó la naturaleza de ese sentimiento de frustración generacional que se produjo antes de la posmodernidad o con ella. Según él, el llamado desencanto no fue un fenómeno exclusivamente español, lo hubo en múltiples países occidentales y en todos ellos se podían encontrar rasgos comunes. 

Lo cierto es que el documental de los Panero de Jaime Chávarri no  era una obra política. Solo se pudo entender así de forma metafórica. Como es sabido, muestra a una familia cuyo padre todopoderoso había fallecido años atrás. Era el poeta Leopoldo Panero, escritor del régimen franquista en lo estético y lo institucional, pero que es una figura singular, ya que antes de la guerra no había mostrado esas afinidades, se hizo falangista durante la contienda y tras salvar la vida de casualidad al ser acusado de colaborar con el Socorro Rojo. 

En El desencanto se quiso ver que el retrato de sus familiares, su mujer y sus hijos, tras su ausencia, de alguna manera podía representar el final del régimen. Muerto el dictador, todos hablan en libertad de su figura opresiva, pero constatan que su desaparición no resuelve los problemas. 

Independientemente de esas consideraciones, la película, emitida el 24 en La2, es el retrato de cómo en una familia sus miembros se descuartizan unos a otros con exquisitos modales, cultura, inteligencia y un gran sentido del humor. Aun así, Chavarri quiso grabarles con otra motivación. Sabía que estaban arruinados y quería recoger los testimonios de una familia que estaba vendiendo las pertenencias y libros del poeta fallecido para poder comer. La idea original seguramente no difería de Juguetes Rotos, de Manuel Summers, pero los Panero se comieron las cámaras y llevaron la película a otra dimensión. 

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La madre contaba el poco caso que le hacía su marido. El mayor, Juan Luis, era un histriónico teatrero que contaba cómo sacaba a su madre de marcha cuando quedó viuda para que conociera el mundo, lo que la cambió de arriba abajo. Leopoldo María, un escándalo de hombre y poeta por todos conocido, hablaba de sus años en la cárcel, en los psiquiátricos, su relación con las drogas y revelaba barbaridades como que en un manicomio los discapacitados le hacían felaciones a cambio de tabaco –fragmento censurado en su día-, todo ello mientras cultivaba un malditismo extremo y abogaba por la autodestrucción como auténtica forma de llegar a uno mismo. 

Pero en semejante show el papel más interesante era el de Michi, el pequeño, que no iba de escritor ni de nada y, como observador, realizaba el retrato más cáustico y realista de lo que le rodeaba, que era una familia disfuncional, ni más ni menos. De todo esto se habló el otro día en La2, pero se echó en falta la emisión de la segunda parte de este documental, la rodada por Ricardo Franco en 1994, que pese a una banda sonora chirriante completaba la historia de la familia y ponía todos los puntos sobre las íes. 

Después de tantos años, disponible de aquella manera, daba todo el protagonismo a Michi. Habían pasado ya muchas cosas en esa década. Su hermano Juan Luis se había convertido en un escritor reconocido, había recibido el premio Ciudad de Barcelona y fue finalista del Premio Nacional de Poesía, mientras que Leopoldo María era uno de los novísimos, durante los 80 publicó su obra en Visor, aunque seguía entrando y saliendo de psiquiátricos hasta que en 1986 le meten en el de Mondragón, donde escribiría una de sus obras más importantes. 

Michi, por su parte, solo tuvo un bar en la efervescente Madrid de la época, pero en el momento de esa película seguía conservando el sentido común de la primera y, con su perfectamente hilado discurso, desmitifica a sus dos hermanos, erradica todo romanticismo que pueda tener su familia y te deja, como me pasó a mí, clavado en la butaca boquiabierto. 

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Me encanta todo el discurso de Michi en esta segunda parte del díptico porque carga con toda su alma contra lo literario como coartada. Los ecos de la literatura eran ensordecedores en su familia, pero cómo sus dos hermanos se servían de ella para no ser responsables le habían llevado a aborrecer todo lo que tenía que ver con ese arte, tan amigo de trepas, ególatras y cantamañanas. Detestaba escuchar hablar a sus hermanos, las escenas que montaban, de lo que iban por la vida… 

Lo de Juan Luis, que se lavó las manos cuando hubo que ocuparse del cáncer de su madre es una figura reconocible en muchas familias. Pero el derrumbe del personaje que supuestamente se comió a Leopoldo María es bestial. La reciente y excelente película colombiana Un poeta se queda en nada en comparación. Sobre todo por la sentencia de “lo peor que se puede ser en esta vida es un coñazo”. 

Michi no soporta su locura, dice que es insufrible y, aunque haya enfermedad mental, considera que también hay mucha voluntad de ser un loco. El despotrique contra su cohorte de seguidores y discípulos es corrosivo, especialmente cuando dice que podrían cuidarlo ellos. Y deja claro, en definitiva, que hay una pose, un parapeto, una protección en todo esa performance para no verse nunca en la vida real. 

No obstante, Michi, cansado, enfermo y arruinado, bromeando sobre la desaparición de su estirpe sin descendencia, aún conserva afecto para Leopoldo María, con quien se encuentra al final de la cinta. Se ríen de que eran una saga normal hasta aparecer “tres hermanos absurdos”. Están en el panteón de la familia y Michi confiesa que la tumba se inundó y una vez sus tías se encontraron todos los huesos flotando, tuvieron que ser ellas mismas las que identificaran. Es la imagen perfecta para concluir el retrato, esa especie de sopa que se hizo con esta familia que permitió, por casualidad, que las cámaras penetraran hasta el tuétano de su disfuncionalidad. Podríamos hablar de morbo, pero al final del metraje se descubre a un Michi que me hubiera gustado conocer. 

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