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El arte y la creación según Brian Eno

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VALÈNCIA. Eno se las daba de no ser músico cuando empezó a hacer música con Roxy Music en 1971. Se presentaba como un teórico que aplicaba sus ideas a la música. Afirmar que no eres un músico al uso significa que no tomas un instrumento y empiezas a tocarlo hasta que salga una canción o una idea que de pie a una futura canción. En ese caso, son los conceptos los que llegan primero. Las ideas no musicales dan paso a la música. De ahí proviene la creación de la música como fondo sonoro para lugares y situaciones concretas, la música ambiental (ambient music) que Eno patentó a mediados de los setenta.

Esa visión facilitó que, en aquella misma época, pasara a ejercer como productor de otros artistas. Un poco antes había ayudado a que Bowie hiciera una de sus transiciones estilísticas más sonadas. Estando ya en Berlín, Bowie llamó a Eno para que le ayudara a resolver los retos  creativos que se había planteado. Música alejada de las convenciones del rock y que necesitaba aproximarse a la abstracción. Así nació el álbum Low, malentendido por la crítica en su momento, pero revelador para muchos de los fans de Bowie, especialmente para aquellos adolescentes que ya habían empezado a crear su propia música o se disponían a hacerlo. Antes de empezar a producir a artistas de rock, Eno ya había trabajado con la Portsmouth Sinfonia, una orquesta universitaria en la que ninguno de sus miembros podía tocar un instrumento que dominara. En su primer álbum (Plays The Popular Classics, 1973) destrozan alegremente, ante un público que no puede parar de reír, conocidas piezas de Beethoven, Strauss o Rossini. En los créditos, Eno aparece como productor. Lo más probable es que su tarea consistiera en animar a aquella orquesta a desacralizar la música clásica por medio de la ineptitud. 

Es importante recordar este tipo de datos antes de pasar a hablar de Qué hace el arte. Una teoría inacabada, un ensayo que firma el propio Eno a medias con la artista y novelista holandesa Bette Adriansee. Decidieron escribirlo después de que ambos se conocieran a través de Turquoise Network, una organización fundada por Adriansee para poner en contacto a científicos y artistas. Se trata de un libro ilustrado conciso y muy conectado a las ideas de un músico (a estas alturas, ya se le puede denominar así) que, en realidad, incluso cuando producía a U2, se veía a sí mismo más como un profesor. Este pequeño libro es tan sencillo como aparenta. Sus planteamientos no buscan otra cosa que recordarnos, o descubrirnos, la relación que mantenemos todos nosotros con el arte, término que parece inalcanzable para la mayoría de los seres del planeta Tierra. Esa palabra que puede sonar a pretensión, delirio de grandeza, cuando la utiliza una persona para definirse a sí misma. El arte, un concepto que solamente los elegidos llegan a producir, y que, en determinados casos, no todo el mundo está capacitado para entender. “No conocemos ningún grupo humano que no cree arte de un modo u otro”, dice Eno pocas páginas después de que comience el libro. A partir de ahí, el viaje a una percepción realista, abierta, de lo que es el arte.

No hace falta estar en un museo o que tu obra se venda en una galería o participar en una bienal para hacer arte. Esas posibilidades son para aquellas personas que han optado por priorizar y desarrollar su talento y han conseguido que sus creaciones tengan la suficiente relevancia como para que destaquen entre otras. Pero luego está el arte como sinónimo de impulso creativo, que es lo que analiza el texto: “El arte es una necesidad, no un capricho o un lujo”. No es una actividad imprescindible para seguir con vida, como lo son el comer o el dormir, y, aun así, es algo que hacemos igualmente. Dibujamos, aunque no seamos pintores. Escribimos, aunque no seamos escritores. Bailamos, aunque no formemos parte de un grupo de danza. Y ahora, hacemos fotos a mansalva con nuestros móviles, vídeos también. No se trata de analizar la calidad o el nivel de todo eso, sino de la evidencia de que el ser humano necesita crear. Inventamos, interpretamos, recreamos, y esto es así desde hace decenas de miles de años, cuando todavía éramos neandertales. Bisontes pintados en la fría rugosidad de una caverna. “El arte es el nombre que le otorgamos a cierta clase de experiencia”. ¿Y cuál es su función? ¿Por qué necesitamos llevar a cabo esa clase de experiencia? Tal vez porque estamos capacitados para plasmar nuestras emociones, canalizarlas así, haciendo cosas que no forman parte de la supervivencia. Y, sin embargo, sería más difícil -más triste- vivir si no las lleváramos a cabo.

Tal vez sea por eso que da tanto miedo hablar de arte cuando alguien no es Artista, así, con A mayúscula. Alguien con reconocimiento, o prestigio. O simplemente, con la posibilidad de presentarse así ante la sociedad sin miedo a ser pasto de la burla o el desprecio. El Arte con A mayúscula suele ser un mundo elitista, un círculo cerrado que mantiene su vigencia acordando unas normas que le permitan mantener su exclusividad. El arte con a minúscula -el tema del libro que nos ocupa- discurre paralela y libremente a ese mundo fabuloso. Básicamente, ambos son la misma cosa, pero uno se ciñe a unos parámetros y el otro es libre de ser como quiera. He aquí otra reflexión de Eno que ayuda a meditar al respecto: “Cuanto menos funcional es una cosa, cuanto menos tiene que servir para algo específico, más espacio tiene para el arte, y, por tanto, más libertad hay en ella”. Un niño dibujando. Quizá ese sea la mejor manera de ilustrar el origen de las ideas que, como un enredadera, se van extendiendo a lo largo de este libro.

Pero si hay una clave, está en los sentimientos, las emociones, que son el origen del arte. Dice Eno, con toda razón del mundo, que los sentimientos tienen mala fama. Y los define así: “Los sentimientos preceden al pensamiento y a la expresión. Son muestras antenas, nos ayudan a sentir nuestro camino hacia el futuro”. Según una cita del neurosicólogo sudafricano Mark Solms incluida en el texto, “las emociones tienen un papel fundamental en la supervivencia”. Por eso, para seguir viviendo, hacemos de la creación una labor fundamental, aunque esté al margen de nuestras obligaciones primordiales. En este libro, pequeño pero lleno de valiosa información, hay más reflexiones para tener en cuenta. Todas y cada una de ellas son invitaciones para que el lector reflexione. Y también hay conclusiones fundamentales. Por ejemplo, que el arte sirve para que lo imaginario se vuelva real y lo real contribuya a algo nuevo. A construir un mundo nuevo, quizás.

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