Cine

CRÍTICA DE CINE

'El sonido de la caída': La magnética y perturbadora película alemana que compartió premio en Cannes con ‘Sirat’

La película alemana El sonido de la caída se ha erigido como uno de los acontecimientos cinematográficos europeos de la temporada, sobre todo tras ganar junto a Sirat, de Oliver Laxe, el Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes

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VALÈNCIA. Se trata de una obra ambiciosa que recorre cuatro generaciones de mujeres, representando contextos sociales y políticos diversos, pero vínculos constantes de deseos reprimidos, traumas y expresiones de resistencia, convirtiéndose en un mosaico de voces femeninas a lo largo de todo un siglo en una aislada granja del norte de Alemania. 

La historia inicia con escenas de la vida campesina, donde la violencia cotidiana y la rutina estructuran las relaciones familiares. Destaca la figura de Erika, interpretada por Lea Drinda, una adolescente pelirroja de los años 40 que simula una discapacidad atándose una pierna bajo el vestido y usando las muletas de su tío amputado, Fritz. Tras abandonar este juego, su padre le da una bofetada. Erika sonríe con amargura a la cámara, rompiendo el relato tradicional y estableciendo una complicidad con el espectador. No será la primera vez que una protagonista femenina de Schilinski rompa la cuarta pared, invitando a la mirada externa dentro de un entorno que les presta poca atención. 

La narración retrocede hasta el cambio de siglo, centrándose en Alma, la más joven de la familia. Su verano refleja la dureza de la vida laboral infantil y las patologías de la represión social. Alma reproducirá la curiosidad de Erika al fingir estar muerta en la sala principal, emulando el posado mortuorio de su abuela para un daguerrotipo. Esta secuencia instala el tema del deseo de desaparecer, que atraviesa los ciclos de transmisión del malestar femenino en la familia.

En el tramo contemporáneo, la granja se presenta como destino vacacional para una familia berlinesa actual. Las hijas, Lenka y Nelly, exploran la historia del lugar mediante sensaciones y misteriosas asociaciones, nunca del todo explicitadas. Resulta complejo determinar las filiaciones y genealogías exactas entre los personajes, pero ahí está la gracia, y el misterio, de esta poderosa película. 

Las voces personales se irán intercalando con momentos de voz en off de distintos personajes femeninos y algunos masculinos. En este apartado, Rainer será uno de los pocos hombres cuya percepción aparece incorporada a la narración coral, mientras el resto de las voces reforzarán el carácter de los hechos como recuerdos encapsulados y, a veces, traumas aún activos.

La apuesta formal de Schilinski junto al director de fotografía Fabian Gamper se fundamenta en un formato de imagen académico y una textura granulada que evoca fotos familiares desvaídas y espejos antiguos. Cada escena, fragmento de memoria subjetiva, alterna entre la nitidez de ciertos gestos y la difuminación de muchos detalles, evocando la inevitable parcialidad del recuerdo.

En lo sonoro, la película une décadas a través de ráfagas de estática, silencios tensos y una melodía recurrente interpretada por Anna von Hausswolff, que recoge uno de los temas centrales: el conflicto emocional con uno mismo y con el mundo, sintetizado en la frase "Hay algo que se mueve contra mí. No está en línea con el mundo que conozco". Estos elementos crean la atmósfera de una casa cargada de recuerdos no confesados y cuya historia no se verbaliza. 

La estructura de El sonido de la caída abandona el relato lineal y propone una narrativa fragmentaria y discontinua. Los pequeños detalles físicos (el zumbido de una mosca, el roce del agua, la canción veraniega) suplantan el drama externo por el flujo de sensaciones. Una voz en off expresa: “Siempre ves las cosas desde fuera, pero nunca a ti misma”, en clara referencia al contraste entre la autopercepción y la mirada de los demás.

A lo largo de dos horas y media, la película evita categorizaciones simplistas, ya que es una obra profundamente sensitiva y magnética, casi un relato de fantasmas en el que real y lo imaginario se dan la mano. Un magnífico ‘collage’ repleto de hallazgos, tan original en la forma como en el fondo a la hora de acercarse a los miedos y la violencia contra las mujeres. 

 

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