El tema incel en un ‘Hablemos de sexo’ de 1990

Series y televisión

EL CABECICUBO

Volver a ver el programa de la doctora Ochoa descubre que muchos de los temas que se trataban para romper tabúes sociales hoy siguen estando presentes.

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VALÈNCIA. Era agosto de 1990 y ya se discutían ideas que serían populares en el futuro lejano, nuestro 2026. En agosto de ese año, en una edición del programa Hablemos de sexo, presentado por Elena Ochoa, se comentó la ola de castidad que, según ellos, existía en aquellos momentos. Estaban solo en 1990, pero ya consideraban que los 80 habían quedado atrás y se hacía referencia a los excesos de esos años, que habían tocado techo, y ahora la gente era más reservada. También se hablaba de la epidemia de VIH, que estaba atemorizando a la población y tenía una relación directa con el sexo.

Hoy podríamos hablar de lo mismo al pie de la letra. Las enfermedades de transmisión sexual han crecido un 300% en Europa. Y no hace falta investigar para descubrir la ola de neoconservadurismo que elogia la virginidad y a las llamadas trad-wifes. Estas últimas, quizá por su nombre en castellano, amas de casa, suenan más como lo que son, un horizonte poco ambicioso para una mujer joven si está interesada en su autonomía e independencia.

Y de remate están los incel. Un fenómeno que si me hubieran contado hace años que iba a suceder, pensaría que me hablan del grupo terrorista de la película Acción mutante, pero ahí está, sumando votos para determinadas opciones políticas que espero les defrauden, porque no me quiero ni imaginar qué medidas podrían satisfacer a este grupo humano.

Además, desde la izquierda sofisticada estadounidense también se ha teorizado torpemente sobre el fenómeno. Por supuesto, desde una óptica de campus de elite. Fue en el ensayo El derecho al sexo (Amia Srinivasan, Anagrama), que por supuesto aquí fue recibido en la prensa de forma acrítica como el último hit de las listas de éxitos que hay que bailar, como la canción del verano, pero que era una auténtica empanada mental. Afortunadamente, ahora tenemos más perspectiva de cómo se han cocinado estos subproductos en Estados Unidos todos estos años.

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Pero la verbena que es nuestra vida cultural ya nos la sabemos muy bien. Lo que es interesantísimo a la hora de volver a ver Hablemos de sexo es, lógicamente, la mentalidad de la época y, en este caso, llama la atención de la precocidad de la ola conservadora de los noventa en contraposición a los locos ochenta en España. Una reacción que ya se daba por hecha a los pocos meses de haber cambiado un número en la fecha.

Lo más alucinante es la encuesta con la que se abre el programa. En ella la inmensa mayoría de los hombres entrevistados consideran que es mejor echarse una pareja femenina que sea virgen. Sin embargo, como muy bien apuntaba la presentadora, en una segunda ronda de preguntas por la calle, resulta que otra inmensa mayoría de los hombres consideraba que la abstención sexual no era deseable. No hace falta haber estudiado para entender esta hipocresía.

La contradicción de las respuestas es sencilla, se llama misoginia, y es tan vieja como la civilización de la que procedemos, lo que no está tan claro es si esas respuestas se deben a una oleada conservadora que se estuviese produciendo en ese momento o a la mentalidad del español medio de esa época, que seguía siendo autoritaria y machista. Según Ochoa, encuestas similares en países de nuestro entorno arrojaban datos similares, eso sí que llama la atención.

El formato del programa era bien sencillo. Elena Ochoa aparecía al principio a los mandos de una nave espacial, que es como se concebían en esa feliz época los decorados televisivos, y presentaba los datos, las encuestas y el tema. Luego se iba a un sofá a hablar con unos invitados y el público presente hacía preguntas, solo interrumpidas por el testimonio de algunos expertos a los que se había grabado previamente.

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En esta ocasión, eran Mercedes Remolí, periodista, y Joaquín Ruíz-Jiménez Aguilar, abogado. No entiendo qué podrían aportar dos perfiles de estas características al tema, pero se ve que ya estaba germinando la práctica de los tertulianos, que hoy ya son sin lugar a dudas expertos en nada que hablan de todo. En este programa, Remolí entra directamente al trapo y asume la ola conservadora: “la castidad que nos invade es por la ola de individualismo. En los 80 se valoraba el grupo por encima del individuo, ahora es al revés. Las personas quieren ser autosuficientes y prescinden del sexo porque supone depender de otra persona”.

Ruíz-Jiménez era más escéptico: “No se ha entrevistado a una monja aquí, alguien que de verdad nos explique esto de la abstinencia sexual, aunque creo que un mundo sin sexo es fascista, nazi”. Una opinión distinta a la de los expertos consultados. Presuntos conocedores del tema como Fernando Jiménez del Oso, que dice: “Lo que hay es una vuelta al sentido común. Tras una etapa de excesiva libertad y promiscuidad, se descubre que el sexo no es importante por sí mismo, sino como consecuencia de una relación”, interesante que los amigos de los fenómenos paranormales tiendan todos a posiciones reaccionarias. A continuación, Joaquín Arozamena opina: “La abstinencia es por el miedo al sida, a la sífilis, al apocalipsis, al infierno… no se puede desligar del miedo”.

Julián Lago continúa: “Dudo que haya una exaltación de la castidad, quien se masturba tampoco es casto y ahora hay más masturbación por prevención”. Y Umbral: “la psicosis del sida es creada por la ola de castidad que nos invade y no a la inversa”. Y hasta Ana Obregón: “A mí no me afecta, pero si hay menos maridos que salen a poner los cuernos, mejor”. Impagable trío. Y al acabar, las preguntas que hace el público asistente no son especialmente relevantes, menos una de una chica que se interesa por saber si “es verdad que la abstención sexual produce cáncer de mama”.

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Al final, la conclusión que quería subrayar la doctora Ochoa era que la abstinencia sexual no tiene por qué ser perjudicial siempre que sea voluntaria y no por creencias impuestas o no asumidas. Algo de sentido común, lo que hoy resulta bastante de caro. Basta con pensar qué pasaría en nuestras redes sociales y debate público si se anuncia que se va a emitir en el prime time de la televisión pública un programa titulado “La sexualidad en los niños”, como se hizo aquí en marzo del 90. Yo veo varios imputados con extensas penas de banquillo y eso en el mejor de los casos.

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