VALÈNCIA. Hay imágenes que pasan años en un rincón esperando a que alguien vuelva a mirarlas. Fotografías olvidadas entre las páginas de un libro o en el fondo de una caja. Aquí y allá sobreviven también objetos aparentemente banales (un botón, una manecilla de reloj, trozos de plástico o de cristal erosionados) que alguien perdió o decidió abandonar y que, sin embargo, se resisten a desaparecer. La mayoría de las veces pasan desapercibidos. Otras, encuentran una segunda vida.
Del cruce entre imágenes olvidadas y objetos descartados nace Reunión, el proyecto del artista y diseñador gráfico valenciano Dani Sanchis. Iniciada en 2018, la serie no ha dejado de crecer hasta rozar los dos mil collages. Lo que comenzó con una primera exposición de 140 piezas salta ahora al formato libro con un volumen editado por Tarda Mucho que suma 447 collages y cuenta con textos de Po Poy, Fernando Castro Flórez y Jordi Sanchis. La publicación coincide, además, con la exposición Reunión de ajenos o casi, que puede visitarse en la Fundación Antonio Pérez de Cuenca y congrega 1.442 obras.
A golpe de retratos sesenteros, lápices diminutos y envoltorios de caramelos, Reunión propone también otra forma de mirar. En sus páginas, rostros anónimos y pequeños artefactos se asocian para dejar de ser lo que eran y crear nuevos inventarios de sentido. No intentan reconstruir una memoria perdida ni explicar quiénes fueron las personas retratadas. Plantean, más bien, combinaciones improbables entre fragmentos de vidas ajenas y restos cotidianos. Y abren las compuertas para que sea el lector/espectador quien imagine sus propios lazos de intimidad.
Con motivo de la publicación de este libro, conversamos con Dani Sanchis sobre la fotografía encontrada, el impulso de recoger aquello que otros desechan, el juego como forma de pensamiento y una práctica artística que, lejos de ofrecer respuestas, sigue encontrando en el interrogante su mayor fuerza.

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- Foto: DANIEL GARCÍA-SALA
-¿Cómo surge Reunión? ¿Cuándo supiste que querías adentrarte en este viaje?
-En 2017 vacié la casa familiar y encontré las orlas universitarias de mis padres. Yo ya trabajaba con fotografía encontrada, ajena, así que me llevé aquellos retratos pensando que algún día haría algo con ellos. Durante un tiempo estuve probando distintas cosas. Empecé a colocar sobre esas imágenes algunos objetos que tenía guardando y, de repente, hizo clic. Un objeto encima de un rostro empezaba a generar algo nuevo.
-El proyecto existe tanto como exposición como en formato libro. ¿Qué puede ofrecer cada uno que el otro no permite?
-El proyecto es la práctica; luego esa práctica adopta diferentes formas. La exposición es una posibilidad, igual que podría ser una instalación o una proyección. En Cuenca, por ejemplo, las piezas están distribuidas en vitrinas donde las imágenes dialogan entre sí de una manera muy concreta. En el libro las relaciones aparecen con la secuencia de las páginas, del ritmo de lectura. Lo que quiero es que esas asociaciones cambien según el formato y según quién las mire. En la exposición una persona puede detenerse mucho tiempo delante de una vitrina; en el libro el lector va construyendo otras conexiones. En ambos casos la obra sigue abierta.
-El libro también llama la atención por su tamaño: un volumen de pequeñas dimensiones, que invita a una relación íntima con las imágenes…
-Fue una decisión deliberada. Los retratos originales son diminutos y quería respetar, en lo posible, esa escala. El libro mantiene esa sensación de proximidad. Al hacerlo pequeño casi adquiere la misma condición que los objetos que aparecen sobre las fotografías. Quería que el lector tuviera que acercarse, manipularlo con cuidado. Que la experiencia física acompañara a la manera de mirar.

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- Foto: IGNACIO VIOLINI
-Las imágenes y objetos que integran Reunión proceden de lugares muy distintos. ¿Cómo llegan hasta ti?
-Tras esas primeras instantáneas de mis padres, la serie empezó a crecer sola. Recuerdo encontrar una orla junto a un contenedor en València. Me la llevé, la limpié y pasó a formar parte del proyecto. Poco después un amigo me avisó de que había encontrado otra…. Ahí comprendí que la serie podía expandirse mucho más. Desde entonces he ido encontrando orlas en rastros o plataformas de segunda mano. Pero me ocurre con todo tipo de fotografías, quizá he desarrollado una mirada que hace que las vea allí donde aparecen.
Con los objetos sucede algo parecido. Desde niño volvía del colegio con los bolsillos llenos de pequeñas cosas recogidas de la calle: un muelle, una chapa, la tapa de un bolígrafo... Llegaba a casa y construía pequeñas instalaciones mezclando esos hallazgos con mis juguetes. No había diferencia entre un Playmobil y un picaporte oxidado; todos pertenecían al mismo universo de juego. Nunca dejé de recoger objetos. Me interesa cómo hablan, cómo cambian de significado cuando los sacas de su contexto. En Reunión necesitaban ser especialmente pequeños para poder convivir con esos retratos, pero siguen funcionando igual: son artilugios que han perdido su identidad original para adquirir otra distinta cuando se encuentran con una fotografía.
-¿Qué hace que decidas guardar una imagen o un objeto? ¿Existe algún criterio o es una cuestión puramente intuitiva?
-Todo lo que decido guardar me produce una emoción muy concreta. Es algo físico. Hay algo que me llama la atención, que me pone alerta, que despierta mi curiosidad. No responden a un criterio racional. No pienso que un objeto vaya a servirme para una obra determinada, sino que siento la necesidad de conservarlo. Después puede pasar mucho tiempo hasta que encuentre su lugar, o puede que nunca llegue a utilizarlo. Pero necesito guardarlo. Con las imágenes ocurre igual.

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- Foto: SERGIO MEMBRILLAS
-¿Y en qué momento sabes que esa combinación es la correcta?
-De hecho, hay muchísimas fotografías esperando su objeto y muchísimos objetos esperando su fotografía. En el estudio conviven todos juntos y paso mucho tiempo probando combinaciones. Cuando trabajo me dedico a jugar. Me gusta decir que pierdo el tiempo jugando, aunque en realidad es otra manera de ganárselo.
En ocasiones el encuentro es inmediato. Cojo un retrato, cojo un objeto y sé que pertenecen el uno al otro. En ese momento hago la prueba y, si funciona, ya no hay vuelta atrás: pego el objeto y la pieza queda terminada. Otras veces sucede lo contrario. Hay fotografías que llevan años esperando y artefactos que todavía no han encontrado su lugar. No tengo prisa. Prefiero esperar a que ocurra ese clic. Tiene que producirse una emoción. Si los junto y no pasa nada, vuelven al cajón. Pero cuando sucede algo difícil de explicar, cuando la combinación me sorprende, entonces sé que esa pieza ya existe. Nunca pienso en una historia cerrada. Lo que ansío es que aparezca una tensión. Que el objeto y el rostro generen una imagen nueva que, además, permanezca abierta. Después cada espectador completa esa imagen desde su propia experiencia. Hay quien las encuentra divertidas, inquietantes o violentas. Hace poco una señora me decía que le resultaban muy dramáticas, mientras otra persona encontraba parecidos con familiares suyos. Las obras empiezan conmigo, pero terminan en quien las mira.
-En ese sentido, has dicho alguna vez que estas piezas no pretenden resolver nada, sino generar preguntas.
-El arte, en general, debería funcionar así. Las obras que más me apelan son aquellas que me mantienen despierto, las que me obligan a seguir pensando cuando ya he dejado de mirarlas. Cuando siento que ya sé exactamente lo que una obra quiere decir, pierde parte de su fuerza. En cambio, cuando algo queda sin resolver, cuando aparece una pequeña grieta o una duda, mi atención se activa. Por eso intento no cerrar nunca el significado de estas piezas. No me interesa explicar qué quiere decir cada una porque cualquier lectura que haga el espectador forma ya parte de la obra.

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- Foto: SERGIO MEMBRILLAS
-En una conversación con Impresum decías que el accidente forma parte del proceso y que el juego es una forma de pensar. En una época tan obsesionada con la productividad, reivindicas precisamente el juego y la repetición como motores de la creación…
-Mi estudio es, antes que nada, un lugar donde jugar. Si mientras trabajo me aburro, pienso que algo no está funcionando. Si ya no siento curiosidad, difícilmente la sentirá quien vea la obra después. El juego no significa frivolidad. Es una forma de investigar. Es probar cosas, equivocarte, volver atrás, descubrir algo que no estabas buscando…
En apariencia siempre estoy haciendo exactamente lo mismo: colocar un objeto sobre una fotografía. Pero cada pieza termina siendo completamente distinta a la anterior. Es una repetición constante que nunca produce el mismo resultado. La posición de cada objeto está muy calculada. Decido cuidadosamente dónde va a colocarse, qué parte del rostro quiero ocultar y cuál quiero dejar visible. Pero en ocasiones ocurre un pequeño accidente. Puede que el pegamento haga que el objeto se desplace unos milímetros o que, al colocarlo, termine en un lugar distinto del que había imaginado. Y, de repente, funciona mejor. En esos casos no lucho contra el error. Al contrario, a menudo decido conservarlo. También trabajo con el azar y voy probando combinaciones casi sin pensar: una fotografía, un objeto; otra fotografía, otro objeto. Algunas no producen nada. Otras generan una tensión inesperada y entonces aparecen caminos imprevistos. No deseo controlar todo, sino que la propia práctica tenga capacidad para sorprenderme.
-Después de tantos años trabajando en esta serie, ¿has descubierto patrones en ti mismo o formas de mirar de las que antes no eras consciente?
-Al principio casi todos los objetos tapaban los ojos. Era una manera de preservar el anonimato de esas personas. Con el tiempo empecé a cubrir otras partes del rostro: la boca, la nariz, las mejillas, el pelo... Ahora siempre hay algo oculto, pero no tiene por qué ser la mirada. Me interesa esa idea de que nunca podemos acceder por completo a un rostro. Siempre hay una parte velada. Esa interrupción obliga a mirar de otra manera. Si dejo libre una nariz expresiva o una boca particular, es porque quiero que la atención se dirija hacia ahí. El objeto no solo oculta una parte del retrato; muchas veces señala otra, revela.
Además, ahora sé que Reunión no ha terminado. Estoy haciendo pruebas con otros formatos para comprobar si se pueden abrir nuevas familias dentro del proyecto. La serie continúa creciendo y aparecen nuevas posibilidades. No tengo prisa. Quiero seguir jugando y dejar que el trabajo me diga hacia dónde quiere ir.
-Todas las fotografías de este volumen pertenecen a una época concreta (alrededor de los años 60) y comparten una estética muy similar. ¿Era una decisión deliberada?
-Para esta serie necesitaba que todas fueran fotografías en blanco y negro. El color ya lo aporta el objeto. Además, el blanco y negro introduce una cierta distancia temporal. Muchas de esas personas siguen vivas, pero la imagen nos sitúa en otro tiempo y eso genera una lectura distinta. También buscaba que todas fueran retratos muy parecidos entre sí. Siempre frontales, formales, con una misma manera de posar, un peinado parecido…. Todas parecen la misma fotografía, pero cada rostro es distinto. Y es curioso, porque estos retratos (como los del DNI) son los que menos nos representan, nos describe mucho mejor una instantánea en una comida con amigos.

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- Foto: SERGIO MEMBRILLAS
-Reunión está construido a partir de fragmentos. Las fotografías proceden de orlas que han sido desmembradas y los objetos también son restos de algo anterior. ¿Qué te interesa de ese aspecto fragmentario?
-Prefiero la idea de fragmentado. Las propias fotografías ya son fragmentos de una imagen mayor. Nunca me ha interesado conservar ese orden original. Lo mismo ocurre con los objetos: utilizo un trozo de vidrio, una manecilla de reloj, un pequeño fragmento de plástico erosionado por el mar... Restos de algo que fue otra cosa. No necesito la botella entera ni el reloj completo. Me fascina ese fragmento porque ya ha perdido su función original y puede adquirir otra distinta. Eso se relaciona con mi manera de entender el collage. Cuando trabajo sobre papel hago lo mismo: recorto una imagen, la separo de su contexto y la junto con otra para que aparezca una tercera imagen que antes no existía.
Mi práctica consiste en trabajar con fragmentos que dejan de ser lo que eran para convertirse en otra cosa. No busco recomponer las orlas originales, sino mezclarlas, que entren en contacto personas que jamás se conocieron y que cada nueva presentación de la obra genere relaciones distintas. Por eso la serie cambia continuamente. Cada montaje construye una obra nueva.
-Vivimos rodeados de miles de imágenes digitales que consumimos con gran velocidad. Este trabajo, que parte de fotografías impresas, de lo físico y tangible, ¿es también una forma de reivindicar otra manera de mirar?
-Me intriga cómo nos relacionamos hoy con las imágenes. Hacemos miles de fotografías y, sin embargo, cuando una realmente nos importa solemos imprimirla. Queremos regalarla, enmarcarla, guardarla físicamente. Seguimos necesitando que algunas imágenes se conviertan en objetos. Trabajo sobre todo con fotografía encontrada en papel y me sorprende la cantidad de álbumes familiares que la gente tira. Aunque entiendo que pueda ocurrir: cuando vacié la casa de mis padres, si no hubiera sentido ese apego por la fotografía, también me habría deshecho de muchas cosas. Pero me cuesta muchísimo, si encuentro una bolsa de fotografías no puedo evitar llevármela.

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- Foto: SERGIO MEMBRILLAS