Guillermo Lorenzo: "Las tiendas de vinilos son baterías de aura"

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El profesor universitario ovetense publica 'Cloruro de polivinilo' (Pez de Plata, 2026), un libro de micro ensayos filosóficos alrededor de la cultura del disco

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VALÈNCIA. La novela Alta fidelidad, publicada por el autor britanico Nick Hornby en 1995, inmortalizó quizás mejor que ninguna otra el curioso ecosistema de las tiendas de vinilos; esos espacios de atmósfera polvorienta y enrarecida habitados por personajes estrambóticos que se mueven entre la introspección patológica y el más recalcitrante esnobismo. 

La adaptación cinematográfica, dirigida por Stephen Frears y protagonizada por John Cusack, consolidó todavía más el estereotipo del fanático musical raro e intensito, pero entrañable (el vendedor cascarrabias y cariacontecido que no le vende los discos a cualquiera, el parroquiano de opiniones vehementes, etcétera). Lo curioso es que la película se estrenó en el año 2000, la frontera simbólica que marcó el inicio de la decadencia de los formatos físicos de reproducción musical debido a la llegada del MP3 y las plataformas de descargas digitales como Napster y Soulseek. Alta Fidelidad reflejaba un mundo que intuíamos que estaba a punto de desaparecer.

Sin embargo, casi tres décadas después podemos afirmar que este vaticinio no se ha cumplido del todo. Las tiendas de discos ya no son los lugares vibrantes que se llenaban de jóvenes en los años ochenta; de hecho, la mayoría de estos negocios han desaparecido. Pero también es cierto que un pequeño reducto todavía sobrevive, y se da algún caso incluso -en Valencia tenemos el ejemplo más claro en Oldies- en el que un grupo de jóvenes melómanos sale al rescate y reconduce el negocio con ilusión e ideas nuevas. 

Es obvio que las tiendas de vinilos no son negocios boyantes. Caminan en la cuerda floja gracias a una clientela fiel, aunque menguante, y ni siquiera cuentan con el apoyo de la propia industria discográfica, que pasa de ellos olímpicamente porque el grueso de sus ingresos procede del streaming, las grandes superficies y las plataformas de comercio electrónico. Entonces, ¿por qué existen todavía las tiendas de discos? ¿Qué función cumplen en el mundo actual?

Guillermo Lorenzo, profesor de biolingüística en la Universidad de Oviedo, coleccionista de discos y autor de varios ensayos en los que aplica el razonamiento filosófico a temáticas musicales, está convencido de que las tiendas de discos no solo tienen una razón de ser en nuestros días, sino que de hecho son uno de los pocos espacios en los que todavía es posible contravenir las lógicas del mercado. “Estoy de acuerdo en que las tiendas de discos son anacrónicas -comenta-. Sin embargo, creo que las que han sobrevivido son reductos de resistencia ante la obsesión de tenerlo todo al alcance de la mano y de forma inmediata. Son espacios maravillosamente disfuncionales, que nos permiten romper con la lógica habitual en las sociedades post-capitalistas”. 

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Cloruro de polivinilo (Pez de Plata, 2026) es un libro de microensayos, con ilustraciones de Verónica Grech, en el que Lorenzo defiende que las tiendas de discos independientes -específicamente las que venden vinilos y además tienen sección de segunda mano- son una parte fundamental de un ecosistema cultural sano que nada a contracorriente. Echando mano de Walter Benjamin, Mark Fisher y otros teóricos fundamentales para comprender las relaciones entre la cultura contemporánea y la sociedad capitalista, Lorenzo llega a la conclusión de que las tiendas de discos son espacios llenos de aura y excepcionalmente revolucionarios. 

Por una parte, funcionan como un refugio intelectual que reclama atención, curiosidad y tiempo -”el reloj deja de funcionar y el tiempo lo marcan la curiosidad, las cosas nuevas que descubres y las conversaciones que surgen”-. En ese sentido, es como darle una patada al algoritmo, las playlists y todas las herramientas desarrolladas con el objetivo de que el oyente delegue la elección de los artistas y se deslice de forma casi imperceptible hacia un tipo de escucha pasiva. “El tiempo que pasas en una tienda importa -señala Lorenzo-. Las bibliotecas musicales deslocalizadas, permanentemente accesibles y genuinamente babelizadas te llevan de una cosa a la siguiente sin que llegues a desarrollar un apego especial por nada. Todo es inmediato y accesible, pero esa abundancia no significa necesariamente que establezcas una relación más profunda con lo que escuchas”.

Por otra parte, hablamos de un tipo de comercio muy raro de ver, en el que la persona que te atiende mantiene una relación emocional muy particular con los objetos que vende. Hasta el  punto de que quizás llegue a desincentivar una compra por parte de un cliente. “He presenciado negociaciones en las que alguien quería vender un lote de discos de segunda mano y el vendedor de la tienda, en lugar de aprovechar la oportunidad para comprarlo, le ha animado a no venderlo si no le veía convencido -comenta Guillermo Lorenzo-. En general, en estos lugares el vendedor es una persona culta en quien puedes confiar y que conoce muy bien lo que tiene entre manos”.

Para que no parezca que vivimos en La aldea del arce, ¿es que acaso no hay especulación en las tiendas de barrio? “Obviamente esta lógica convive, por supuesto, con la especulación. Pero el coleccionismo de alto nivel, el de las piezas más raras y cotizadas, se mueve sobre todo en internet y en las subastas. Los discos más raros y caros no suelen estar expuestos en el establecimiento. Esas operaciones se cierran mediante contactos privados y plataformas especializadas”, opina el autor. 

“Paradójicamente, casi ninguna tienda puede renunciar por completo a las plataformas digitales. La mayoría utiliza páginas de coleccionismo y grandes plataformas -algunas de las cuales, por cierto, imponen condiciones leoninas- para sobrevivir y mantener su sueño de tener una tienda física. Pero si pudieran elegir, muchos no estarían en ellas”. 

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La “magia” está en los discos de segunda mano

Más allá de la presencia física en un local comercial, el concepto filosófico de tienda de discos como “batería de aura” que utiliza Guillermo Lorenzo está íntimamente ligado a la condición de que en ella exista una sección de discos de segunda mano. 

“En los discos usados se depositan recuerdos, memorias y sentimientos”, afirma. Es, en su opinión, donde se observa de forma más clara que el precio de venta al público de este tipo de discos es en cierta manera arbitrario, porque no siempre refleja plusvalía -el verdadero valor- que tiene ese disco para esa persona en concreto. “Puede gustarte muchísimo un artista y alegrarte de que publique un disco nuevo, pero esa sensación no es comparable a la de curiosear y encontrar un álbum que te marcó cuando eras adolescente o que llevas mucho tiempo intentando conseguir”.

Hay otra razón que explica la “magia” añadida de los discos de segunda mano: las huellas de uso y desgaste por parte de su antiguo propietario, que por lo general es una persona anónima que puedes jugar a imaginar. “Conozco a mucha gente que quiere comprar discos usados como si fueran nuevos, sin ninguna señal de uso. A mí, en cambio, me parece maravilloso encontrar anotaciones, entradas de discos, marcas que no impliquen que el disco está rayado, por supuesto. Me gusta encontrar rastros de las personas que lo disfrutaron antes que yo. Personas que nunca conoceré, pero con las que necesariamente comparto algo”.

 

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