Instrucciones para sobrevivir a un bloqueo lector

Libros y cómic

QUERER LEER Y NO PODER
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VALÈNCIA. Abrir ese libro que te esperaba impaciente en la estantería. Dejarlo. Volverlo a intentar. Desistir. Probar títulos desconocidos, regresar a novelas que una vez te fascinaron, asomarse a obras breves, a recomendaciones que triunfaron entre tus amigas o a aquellos volúmenes de los que todo el mundo habla con entusiasmo. No hay manera. Nada te engancha. Un tomo tras otro acaba abandonado tras unas pocas páginas.

Una cosa es no tener ganas de leer, no encontrar placer en los acuíferos de la lectura. Otra muy distinta es tener encendido el gusanillo libresco y, sin embargo, no ser capaz de hacerlo. En ese caso el diagnóstico es claro: te encuentras bajo los efectos de un bloqueo lector.

El estrés cotidiano, los cantos de sirena 2.0, la turbovelocidad contemporánea, la exigencia de aprovechar cada minuto... Todo parece conspirar contra ese momento en el que simplemente te sientas, abres un libro y decides olvidarte del mundo exterior. Pero ¿qué nos está pasando cuando queremos leer y no conseguimos hacerlo? ¿Hemos perdido la capacidad de concentrarnos o estamos convirtiendo la lectura en otra obligación? ¿Y hay alguna manera de recuperar el gozo de devorar páginas?

En una mezcla de culpa y frustración habita desde hace meses la periodista Natalia Alaminos: “Tengo ganas de leer, siempre lo he hecho, me encanta. Es genial desconectar de tu realidad, meterte en otras historias. Pero no consigo concentrarme. Estoy acostumbrada a estímulos rápidos, al multitasking. Me cuesta parar. Me estoy perdiendo una actividad enriquecedora por cosas que me generan ansiedad y estrés y no me aportan nada, como el scrolling”. En su parálisis lectora hay una villana que no deja de agitar sus garras: la exigencia de productividad incluso en momentos de descanso y placer. “Siempre estoy completando tareas. Ahora, cuando tienes vacaciones, las llenas de planes: viajas, socializas, arreglas cosas de casa… Deseaba dedicar el verano a leer con calma, pero es el primer año que no acabo un libro entero”. Y un culpable inesperado: el cambio climático. “El calor tan intenso me afecta —expone—. Con estas temperaturas estamos perdiendo la experiencia de estar a gusto leyendo al aire libre”.

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Raquel Martínez trabaja en el departamento legal de una multinacional y también está abonada al combo de remordimientos e impotencia: “Como cuando sabes que el ejercicio es bueno para ti, pero te pasas la tarde en el sofá. Sabes que deberías estar haciendo eso que antes disfrutabas y te enganchaba durante horas… y ahora no puedes”. Para Martínez, el bloqueo lector supone “enfadarse con una misma y sentirse tonta. Pensar que algo está mal contigo y que tu cerebro cada vez conecta menos. Cuanto menos lees, menos puedes leer”. El aspecto más angustioso de esta deriva es no saber “de dónde viene, por qué te pasa. Pensaba que era porque debía leer mucho durante mi jornada laboral y que luego mi cuerpo pedía algo más pasivo. Pero acabas viendo series y vuelve la culpa: esos capítulos podrían haber sido páginas de alguna novela”. También le resulta especialmente frustrante pensar que su cerebro “se está atontando. Mi capacidad de atención se reduce, mi vocabulario se acorta”. Quedarse fuera de conversaciones es otro elemento que alimenta ese malestar: “Mis amigas leen mucho y no siento que pueda participar de esos momentos. Y me afecta el qué dirán: no estar a la última en novela o ensayo va acompañado, en ciertos círculos, de juicios morales”.

Manuel Garrido se aproxima al bloqueo lector desde dos vertientes: “Como lector, puedo decir que me pasa. Como librero en Bartleby, puedo decir que le pasa a casi todo el mundo”. A menudo, alguien busca revivir “lo que vivió en otros libros, pero o no quieren releerlos o lo han hecho varias veces. Dicen que en la infancia volvemos cientos de veces a las mismas películas y que esta revisitación está relacionada con la tranquilidad, la seguridad, evitar una posible decepción”. La clientela habitual suele fiarse de sus recomendaciones: “Conocemos sus gustos, así que podemos proponer libros similares. A veces, las temáticas nos ayudan a sugerirles títulos que abran nuevos caminos”. Otras, es la elección del sello editorial la que ayuda a salir del estancamiento: hay personas “que se identifican con un catálogo y esa es su red de seguridad: no porque publiquen siempre el mismo libro, sino porque hay unas líneas maestras que lo atraviesan”.

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Cuando no es tu momento

Como cuenta Bolaño en Los detectives salvajes, hay momentos para recitar poesía y momentos para boxear. Quizás, simplemente, no es tu momento vital para entregarte a ciertas obras. Así lo cree el librero de Bartleby: “Es fundamental que todo llegue a su debido tiempo para disfrutarlo. Es fácil que no te enteres de nada o que te aburras si lees un libro que cita a una infinidad de autores, intertextualidades, momentos históricos que aún no te ha dado tiempo a conocer”. Quizás un día abres ese tomo que dormitaba en tu cuarto desde hace años y comienza a atraparte “y a abrirte a títulos similares porque ya tienes la mochila suficientemente cargada”. También sucede a la inversa: “libros que lees con 40 y que te habrían sacudido o empujado a ciertas decisiones si los hubieras leído con 20”.

Para Fiona Songel, responsable del club de lectura Hogar, “todas tenemos dentro varias lectoras distintas y, antes de elegir un libro, debemos escucharnos y ver quién está al volante”. Quizá queramos aprender más sobre un tema que nos interesa, “pero en este momento sea el turno de la lectora más hedonista”.

Ella misma ha sufrido esa incapacidad para ir pasando páginas compulsivamente. En su caso, el desencadenante ha sido la maternidad: “Tras la niebla mental del posparto, doy un paseo hasta la librería y elijo un libro para ‘volver a empezar’. Cuando nació mi primera hija, la selección que hice fue terrible y temía haber perdido la capacidad de concentrarme. Pero no: simplemente no había sabido escucharme y darle a esa lectora lo que necesitaba”, apunta Songel. Ahora que ha sido madre por segunda vez, el asunto ha ido mejor: “Primero leí Un fantasma en la garganta, de Doireann Ní Ghriofa (Sexto Piso), una joya que me provocó obsesión por las autoras contemporáneas irlandesas. Luego, en una visita a Chiquita, la nueva librería-cafetería del Botánico, cogí un libro al azar, y la historia me atrapó: No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba)”.

Ana, (@litelaria en Instagram), es creadora de contenido sobre literatura. Para ella, en cualquier actividad hay épocas más favorables “en las que tienes más motivación, tiempo y energía mental. Otras veces estás más apática o estresada. Podemos releer un libro que en su momento nos encantó y que después resulte indiferente, y viceversa”. También puede ocurrir “que lleves una racha de libros que no te van. Conocerte y seguir recomendaciones de personas afines puede ayudarte. Cuando estás conectada con algo, tiendes a elegir textos sobre esos temas. Si estás revuelta por algo que ocurre con tus amigas, buscarás libros sobre eso”. En su caso, ha atravesado varios bloqueos lectores: “Lo vivía con angustia. Basaba parte de mi identidad en leer y, si leía menos, sentía que era menos yo. Cuando empecé con Instagram, también venía la culpa: ¿cómo voy a publicar si no leo? Si elegía bien mis lecturas al volver de un bloqueo, me reenganchaba y pensaba: ¿cómo he podido estar tanto tiempo sin esto que me encanta?”.

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¿Cuánta culpa tiene tu teléfono?

Resulta inevitable poner la lupa en uno de los sospechosos habituales cuando de falta de lectura se trata: las redes sociales. No solo por el tiempo que absorbe su consumo, sino por la velocidad que imponen sus contenidos y el alud de recomendaciones urgentes bajo el que nos sepultan. “Tenemos menos paciencia, pero no estoy seguro de que toda la culpa recaiga sobre las redes, sino sobre un sistema productivista que consigue que incluso las relaciones personales tengan que servir para algo. Lo mismo con un libro: ¿Por qué les pedimos muchas veces cosas que no son?”, apunta Garrido. De hecho, para el librero, el ecosistema digital puede tener un doble efecto: por un lado, favorecer el conocimiento de títulos o autoras que no integran las grandes estrategias de marketing y a las que accedes por alguien en cuyo criterio confías. Por otro, “adocenar de manera que todo el mundo lea de repente el mismo libro por razones extraliterarias”. Y una derivada más: “la proliferación de libros cortos, tan relacionada con la fugacidad del consumo como con la monstruosa velocidad de producción por parte de quienes escriben y editan (y de quienes vendemos)”.

A base de fogonazos digitales podemos sentirnos “abrumados por las novedades pendientes. Además, las redes han disminuido nuestra capacidad de atención y nos cuesta más ponernos un buen rato a leer”, reconoce @Litelaria. Algo que influye en el tipo de libros que leemos: nos resulta más compleja “una novela reflexiva donde no hay acción porque nuestro cerebro se ha acostumbrado a lo estimulante, a que cada X segundos pasen cosas. Si un libro no genera esa recompensa instantánea, puede que lo rechacemos”.

Hay salida

En cuanto a los métodos para romper con el estancamiento lector, Songel lo tiene claro. En primer lugar, “escucharte para saber qué parte de ti te está pidiendo leer, y permitir a esa lectora interior obsesionarse por un tema o una autora”. Y si el caso es grave, “consulta a tu librera, ella sabrá ayudarte”. Un consejo que sigue a rajatabla: “Compro casi siempre en la librería de mi barrio. Confío en mi librera: conoce mi historial, sabe lo que he disfrutado y lo que no. Si paso una mala racha o me equivoco eligiendo, solo debo pedirle ayuda”. Para el responsable de Bartleby, no existe una fórmula universal, “pero es importante que un libro te apele. No necesariamente que te dé la razón, pero sí que hable de temas que te interesen, incluso para contradecirlos, que te sacuda”.

Entre los planes no ejecutados por Alaminos estaba recurrir a la ligereza: “Concibo la lectura como una actividad para aprender y acabo comprando libros sesudos o muy cargados emocionalmente. No son ‘lecturas de playa’. Pensé que optar por libros menos demandantes podría ser una transición más suave y tenerme alejada del scroll, pero no lo he conseguido”.

Para Martínez, el principal enemigo es “tener el teléfono cerca”, así que intenta generar un “entorno o ritual de lectura”: contestar los WhatsApps y ver los reels antes de apartar el móvil y coger el libro. Sin embargo, la tentación de la pantalla “es enorme”. También ha probado a leer antes del final del día “cuando mi cerebro ya está frito”, y a ponerse metas, “pero no siempre funcionan”. Regresar a libros que le gustaron tampoco le sirve: “los he leído tantas veces que me parece perder el tiempo”. Sí le ha funcionado recurrir a “libros fáciles, ficción predecible que no exija pensar demasiado”. Una solución por la que optaría @Litelaria: “una lectura densa y larga parecerá una carga. Necesitas libros que te recuerden que te gusta leer y te hagan reconectar”.

Otra posible salida a la parálisis lectora es compartir la experiencia libresca en clubs de lectura: convertir una relación íntima con un título en una excursión a la conversación colectiva. Según Songel, leemos distinto “cuando sabemos que vamos a comentarlo. La lectura compartida tiene más capas, más profundidad. Y, tras la charla, sales con otras perspectivas sobre las que reflexionar. Además, Hogar es un club democrático y eso significa que muchas veces leemos cosas de las que no sé nada”. Una polifonía al seleccionar obras que les permite escapar “de la dictadura de la novedad y conocer maravillas”.

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Los clubs de lectura también han sido una fórmula exitosa para @litelaria, pues comentar el libro añade “un extra de motivación mientras lo lees y después tienes una vivencia más enriquecedora, lo que facilita que te lances a por el siguiente. “Hay gente de mi club que me ha dicho que gracias a él han recuperado las ganas de leer o están enganchadas con al menos un libro al mes y eso les ayuda a no olvidar lo importante que es hacerle espacio a la lectura en su vida”. No en vano, defiende que cuando diseñamos la existencia que nos gustaría habitar, “quienes amamos los libros debemos hacerles hueco en la agenda. Si no sacamos tiempo para lo que más nos gusta, ¡apaga y vámonos!”.

En última instancia, una cuestión clave para escapar de ese bloqueo es no empecinarse con un título: a veces, simplemente, debes dejar ese libro y continuar tu camino. La alternativa puede ser una tortura. Como cuenta Garrido, “cada vez más personas dicen, sin rubor, que no pudieron con un libro. Puede que esa obra no esté escrita para ti y no pasa absolutamente nada. No veo problema en abandonar un libro”. Bastantes deberes nos pone la vida en el camino como para convertir el goce lector en otra obligación.

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