CASTELLÓ. James Rhodes entiende la música clásica como un refugio frente al ruido del mundo. En sus conciertos apaga las luces, rompe la distancia entre intérprete y público y convierte cada pieza en parte de una historia personal marcada por el dolor, la esperanza y su llegada a España. El pianista británico es lo más parecido a una estrella de la música clásica, conocido por quienes están fuera de su circuito y convertido también en una figura habitual de los medios de comunicación. Reivindica una música sin códigos ni etiquetas, abierta a cualquiera que quiera escucharla. Ahora regresa a los escenarios con 'Manía', un programa concebido como una banda sonora de su propia vida. Una de las paradas de su gira será el Auditori de Castellón, donde volverá con ese espíritu de enfant terrible que ha convertido en una de sus señas de identidad.
-En 'Manía' reúnes a compositores muy distintos y, además, conviertes el concierto en una especie de relato personal. ¿Qué historia quieres contar con estas piezas?
-En el concierto que presento hay un hilo conductor divino para mí. Estoy tratando el programa más como una banda sonora que como el típico concierto. Normalmente, en los recitales escuchas dos o tres piezas de 20 minutos cada una y ya está. Pero me di cuenta de que yo prefiero narrar una historia con una banda sonora de piezas un poco más cortas, como seis, siete u ocho piezas. Lo que explico es lo que viví en mi infierno de Inglaterra y la esperanza que encontré aquí en España. Cada pieza tiene su propio contexto. En lugar de que el pianista llegue al escenario, toque y luego se vaya con las luces encendidas, yo hablo un par de minutos antes de cada pieza sobre lo que van a escuchar y sobre lo que significa para mí. Luego apagamos las luces y encontramos juntos esa palabra que en inglés no existe pero que es maravillosa, duende.
-¿Siempre llega ese duende?
-Claro. Es una manera de escapar de todo lo demás. Hoy en día no hay sitio donde huir de las pantallas; hay wifi hasta en los aviones. Estamos rodeados de redes, publicidad, realities, noticias por todos lados... Frente a eso, los recintos de música clásica son como una especie de refugio donde podemos apagarlo todo, cerrar los ojos y, durante una hora y cuarto, escapar.
-Hablas del auditorio como un refugio, pero incluso allí estamos rodeados de pantallas, teléfonos, relojes que se encienden... ¿No te molesta?
-Mucho menos de lo que se pueda pensar. A ver, en el cine sí, porque ocurre un montón. Y en el teatro también. Pero en mi propia experiencia, después de cientos de conciertos, diría que en España hay un nivel de respeto alto. De todos modos, siempre hay una voz en off antes de mis recitales recordando que se deben apagar los móviles. La verdad es que muy pocas veces he oído algo molesto, y no suelen grabar vídeos ni nada. Por eso te decía que en los auditorios me siento como si estuviéramos en pandilla escuchando juntos música. Es algo muy íntimo que me encanta.
-Dices que para el concierto de Castellón estás preparando piezas que te ayudaron a salir del infierno de tu infancia. ¿Cómo puede Brahms o Chopin ayudar a alguien en su día a día?
-Todos los compositores me aportan un beneficio. Es un poco como una receta del médico. Cada uno es una pequeña pastilla que me alivia. Si piensas en la vida que algunos tuvieron todavía es más alucinante. Por ejemplo, Chopin. Siempre enfermo. Pesaba menos de 45 kilos y lo llevaba en brazos su mujer por la casa y a la cama. Estaba súper escuchimizado, pero si lo sentabas frente al piano se convertía en un genio. Escuchas su música y ves a un león. Tiene una potencia brutal.

-¿Podemos decir que la clásica te ha ayudado a recuperar la salud?
-No, no. Es algo más universal. No tiene nada que ver con que sea música clásica, sucede lo mismo con Sabina o Serrat, por ejemplo. Si te inspira alguien, te inspira y ya está. A mí me sucede con cualquier género. Lo bueno de la clásica es que puedo tocar la misma pieza 100 veces y cada vez escucho algo nuevo dentro de las notas.
-¿Qué descubres hoy cuando regresas a una obra que conoces tanto?
-Te lo explico con el ejemplo de Federico García Lorca. Cada vez que lo lees te encuentras algo nuevo, otro punto de vista, ¿no? Pues con la música es lo mismo. ¿Por qué piensas que tantos músicos graban las mismas piezas dos o tres veces?
-¿Alguien que cree que no le gusta la música clásica puede llegar a emocionarse de la manera en que cuentas que te sucede a ti?
-Por supuesto. Eso es lo más emocionante. El mundo de la música clásica es cerrado, está lleno de reglas y es muy inaccesible. La gente se equivoca porque para disfrutar de este tipo de música no tienes que llevar traje, ni saber cuántos movimientos hay en una sonata ni dónde debes que aplaudir o dónde no. Lo único que necesitas son dos oídos y ya está. Por suerte, en mi público hay una mezcla divina. Te encuentras desde adolescentes hasta abuelos. Algunos son expertos y algunos no tienen ni idea y van por primera vez. En este último caso lo veo como un trampolín hacia un mundo en el que es difícil de entrar.
-¿Es por eso que intentas ser tan pedagógico en tus recitales?
-Sí. Es que no hay mucha educación musical hoy en día en las escuelas, que es algo me da una tristeza enorme. Mi intención es que si vienes a un concierto mío yo te explicaré cosas sobre los compositores y las piezas, tocaré el piano y cada persona vivirá su propia experiencia. Puede ser que te enamores de Bach o que descubras que Chopin no es tu rollo, no se sabe pero pase lo que pase está bien que ocurra. Por eso muchas veces quiero tocar tres, cuatro, cinco compositores distintos.
-En tus conciertos acude bastante público que no es seguidor de la música clásica. Tu condición de 'rock star' es un reclamo...
-[Risas]. Para mí la música es la música y, si hay gente que puede asistir por primera vez y se siente cómoda escuchando clásica, ideal. La tecnología tiene una reputación un poco chunga hoy en día, pero vivimos con la posibilidad de escuchar cualquier pieza de la historia de la música gratis 24 horas al día con el teléfono. ¡Qué momentazo! Si no has aprendido en el cole sobre Beethoven, Bach, Chopin o Prokofiev, hay un montón de vídeos, de playlists en Spotify o YouTube donde sí puedes escuchar y descubrir. Es un milagro.

-¿Sigues reivindicando que los auditorios deben llenarse de gente joven en vaqueros y zapatillas?
-El responsable del Auditorio Nacional de Madrid me comentó la última vez que estuve allí que eso es justamente lo que buscan. No quiero meterme en un jardín, pero creo que en la industria de la música clásica hay mucha gente detrás que no quiere a esos jóvenes. Acogen solo a la gente adinerada y pija. Obviamente, es una generalización grande lo que te estoy diciendo y hay músicos y personas que quieren cambiar las cosas para mejor. Pero sigue existiendo ese rollo desde la propia industria de que la clásica es una forma de arte muy elevada y solo para gente rica. Es una mentira; es una patraña enorme.
-Tú has construido tu carrera rompiendo esa distancia entre espectador e intérprete. ¿No has pensado en algún momento en cambiar tu forma de dar conciertos?
-No. La conversación que mantengo con el público es algo natural en mí, no hay nada impostado. Si estoy emocionado por algo, voy a hablar durante horas sobre el tema. Soy un poco friki en ese sentido. Además, considero que la industria de la música clásica debe cambiar o morirá. Me encanta explicar al público una pieza de Chopin y contarle que, en esa especie de improvisación que dura 14 minutos, el compositor nos está explicando su vida y van a escuchar cosas que él sentía que van desde la rabia hasta la esperanza pasando por el heroísmo. Vale mil veces más esa explicación que alguien leyendo un ensayo de un profesor de la Universidad de Oxford de hace 50 años sobre la forma de una sonata en Viena de 1778.
-James, cuando ‘Instrumental’ llegó a España en 2015 Blackie Books era una editorial joven y poco conocida. Su proyección hoy es muchísimo mayor gracias, entre otras cosas, a tu libro. ¿Qué recuerdas de aquel momento y de la decisión de que aquí se pudiera conocer tu historia?
-Ha sido un antes y un después en mi vida. Yo soy español ahora y vivo aquí gracias a este libro, porque si Blackie Books no lo hubiera publicado a lo mejor no me habrían invitado a dar conciertos, charlas y entrevistas. Puedo decir que gracias a ‘Instrumental’ tengo mi hogar aquí. No mi casa, pero mi hogar. Y me siento muy afortunado.
-Entonces, ¿'Instrumental' disparó la proyección de Blackie Books al mismo tiempo que la tuya?
-Sí, cien por cien, sin duda. Recuerdo perfectamente que cuando venía a España a dar un concierto lamentaba luego tener que regresar a Inglaterra. Todo aquí me parecía una maravilla, el clima, la comida, la gente… Regresaba a casa de bajón. Lo encontraba muy sucio, peligroso y hostil y soñaba con quedarme en España algún día. Y mira lo que ha pasado. Eso me lo ha dado ‘Instrumental’. Es tremendo.
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