CASTELLÓ. Pocas figuras del teatro español poseen la autoridad artística y el prestigio de Josep Maria Pou. A sus 81 años, ha construido una carrera marcada por la excelencia interpretativa, el rigor y una inquebrantable vocación de servicio al público. Ganador de algunos de los máximos reconocimientos de las artes escénicas y responsable de personajes ya imborrables en la memoria colectiva, Pou vuelve a demostrar su enorme talla artística con ‘Gigante’. Es la obra revelación de la temporada, la que ha agotado las localidades en las 200 funciones que acumula y la que sitúa al público ante incómodos debates sobre la libertad de expresión, los prejuicios y la separación entre la obra y su autor. Castelló ha sido una de las plazas donde se ha representado y su visita brinda a este diario la oportunidad de una charla pausada.
-‘Gigante’ narra un momento en la vida de Roald Dahl cuando desató la ira de muchos con unas manifestaciones sobre el conflicto palestino-israelí. ¿La reunión que vemos en el escenario sucedió?
-Lo que ocurre en el escenario es ficción, pero el hecho es absolutamente real. Roald Dahl publicó ese artículo donde se declaraba antisemita y produjo un escándalo enorme, sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos. Allí, los libreros amenazaron con dejar de vender sus libros en represalia si no hubiera una retractación por su parte. En ese contexto se desarrolla la función. Los hechos son reales, pero lo que ocurre en el escenario es una imagen del autor del texto sobre un hecho que sucedió.
-El revuelo que se formó tras esa publicación casi arruina la carrera literaria de Dahl, ¿no es cierto?
-Se sabe que en esos días de crisis y de escándalo los editores se reunieron varias veces con Roald Dahl en su casa para convencerle de que publicara otro artículo retractándose o paliando un poco los malos efectos que habían tenido sus palabras. Existe la evidencia de que esos encuentros existieron, aunque quizá no en los términos en los que se produce en la función. Lo que veremos en el teatro es una reunión imaginaria, porque nadie levantó acta de lo que pasó realmente, por descontado. Pero sí hay una cosa muy inteligente que ha hecho el autor del texto de ‘Gigante’, y es que absolutamente todo lo que dice Roald Dahl en la función está sacado de declaraciones suyas, ya sea de entrevistas, artículos u otros escritos.

-Una idea que aún enriquece más el texto...
-Así es. Hasta el punto de que durante la función se llega a reproducir una entrevista real, palabra por palabra. Es un encuentro con un periodista que se puede leer en internet y seguir con el papel en la mano en el teatro. Por tanto, en mi personaje está de verdad el pensamiento y la idea de Roald Dahl acerca de esos acontecimientos que sucedieron.
-¿El tema mollar de ‘Gigante’ es la libertad de expresión y los prejuicios?
-Por supuesto, aunque en la obra se tocan muchos temas y todos ellos muy delicados, como la libertad de expresión y la libertad de opinión. Roald Dahl asevera que tiene derecho a pensar lo que piensa, aunque al resto nos parezca mal y estemos en contra. Y, además, defiende que tiene derecho a expresar esas opiniones. Pero, aun siendo estos temas fundamentales, está también el de la política de la cancelación.
La obra toca muchos temas delicados, como la libertad de expresión y la libertad de opinión
-¿Es justamente ese el eje de la obra?
-Sí. Viene a cuento porque cuando sucedió el escándalo, los libreros ingleses y americanos amenazaron con dejar de vender sus libros. Ante la posibilidad de perder esa parte del negocio, claman al cielo e intentan convencer a Roald Dahl para evitarlo. ¿Se debe castigar a la obra del autor por la actuación del autor?
-La pregunta abre un debate apasionante.
-Opino igual. Yo no voy a dejar de ver y admirar algunas pinturas de Picasso porque se haya sabido que fue un machista y un maltratador. Lo lamento, y mi opinión acerca de esa persona es mala, pero no dejaré de emocionarme con la contemplación de su obra. No dejaré de escuchar la Quinta de Beethoven por mucho que me digan que Beethoven fue un hijo de puta, con perdón. Personalmente, con respecto a la política de la cancelación, lo tengo claro, pero es algo que cada persona debe decidir. Y también de eso se habla en la función.
-¿El éxito de ‘Gigante’ se debe a que aborda los asuntos que mencionas?
-Es lo que más conmueve al público. Nosotros hemos tenido el privilegio de estrenarla en Barcelona antes que en Nueva York, cosa que no se da muchas veces. Pues tanto allí como aquí, y por supuesto en Londres, que es donde debutó ‘Gigante’, ha sido el mayor éxito de la temporada. Y se debe a la enorme actualidad que tiene, porque aun cuando la función está colocada en 1983, que es cuando él escribió un artículo en el que se declaraba absolutamente antisemita y pedía la destrucción del Estado de Israel y la desaparición de los judíos del mapa, el tema es actual. Hoy mismo, los titulares de los periódicos siguen hablando de los ataques de Israel al Líbano. Ese es el gran éxito de la función.
Cuando a los 10 minutos de empezar se pronuncia el nombre de Israel, notamos desde el escenario que al público se le eriza la piel, se le ponen los pelos de punta y hay una electricidad que pasa por el patio de butacas. A la gente le da la sensación de que estamos hablando de cosas que suceden hoy mismo o del bombardeo que tuvo lugar anoche, y eso hace que sigan la función con un interés enorme. Pocas veces hay una obra de teatro que verse sobre algo que tenemos en el mismo momento en el que vemos la función tan a flor de piel, que nos angustie tanto, que nos preocupe tanto.
Cuando a los 10 minutos de empezar se pronuncia el nombre de Israel, notamos desde el escenario que al público se le eriza la piel
-De todas maneras, aparte de actualidad, ¿qué tiene el texto que ha convertido la función en un éxito tan abrumador?
-Tienes razón, hay algo más. El hecho de ser actual no serviría de nada, sería una entelequia, si no hubiera un texto magistralmente construido. Debo decirte, y lo hago con toda la satisfacción que produce, que estrené esta función en junio del año pasado en Barcelona y desde entonces hemos estado en el resto de Cataluña, en Madrid y ahora llevamos un mes y medio de gira por España. Lleno en todas las funciones; todo el mundo quiere verla. Sumamos ya 200 representaciones con las entradas de los teatros agotadas. Todas.
-Por eso opino que algo más debe tener el texto…
-Efectivamente, hay un texto maravillosamente escrito y, sobre todo, maravillosamente construido. Hay un dominio de eso que se llama la carpintería teatral. En ‘Gigante’ encontramos la mejor tradición del teatro. La gente, al salir, nos repite continuamente la frase de que han visto teatro de verdad. Es una función de las de toda la vida, no como muchas de las cosas de los nuevos estilos, con proyecciones videográficas, con narradores y con participación del público. Esta es una función escrita según las reglas más canónicas. Es decir, se levanta el telón, hay un decorado realista, hay una gente que se dispone a comer, comen y hablan durante la sobremesa.

-¿No es sorprendente que detrás de la obra haya un autor primerizo?
-Es la primera función de Mark Rosenblatt, un escritor inglés de origen judío. Pese a ello, está a la altura del mejor teatro de Arthur Miller, de Tennessee Williams o de los grandes nombres. Está construida maravillosamente bien, con un nivel de diálogos muy inteligentes, pero al mismo tiempo asequibles para el espectador. El público sigue la función casi como si fuera una película de suspense, y es porque está bien pensada y bien construida. De manera que quien la ve está como en una noria subiendo y bajando, como en un partido de tenis, yendo de un lado para otro. En definitiva, el éxito de ‘Gigante’ responde a un texto maravillosamente construido.
-La crítica afirma que este personaje es un reto para Josep Maria Pou, pero a estas alturas, ¿a qué retos, dudas o miedos propios de mortales se puede enfrentar Josep Maria Pou?
-(Ríe) Te agradezco sinceramente tus palabras. Puede parecer un tópico, pero cada personaje nuevo es un reto al que te enfrentas, sobre todo cuando vas cumpliendo años y vas siendo una persona mayor. Llevo encima del escenario trabajando sin parar 60 años. Tengo ya 81, y con eso quiero decir que, de entrada, sí que es un reto enfrentarte a un personaje que está dos horas y media en escena. Requiere una resistencia física y por ello hay que estudiar si uno puede aceptar el papel o no. Y al mismo tiempo, es un reto porque ‘Gigante’ tiene el riesgo de caer muy mal y resultar odioso al espectador.
El público sigue la función casi como si fuera una película de suspense, y es porque está bien pensada y bien construida
-¿Has tenido que investigar al escritor más allá de sus novelas?
-He estudiado mucho alrededor de la vida de Roald Dahl. Soy un admirador de su obra desde siempre, pero no tenía demasiado conocimiento de su vida personal. Me he quedado alucinado porque era un hombre que provocaba incomodidad a su alrededor. Decía siempre lo que pensaba y creaba conflictos continuamente. A la hora de actuar no tenía diplomacia. Era un tanto extravagante, de una categoría intelectual enorme, y él mismo se consideraba un tanto por encima de los demás. Le gustaba jugar con la gente a través de la ironía y el sarcasmo, e incluso podía llegar a humillar en algún momento a las personas de su alrededor. Escribía una maravillosa literatura para los niños, pero él era difícil, con aristas y muchas espinas. Por tanto, sí es un reto sostener a un personaje así.
-¿No te agota estar presente en el escenario durante las dos horas y media que dura la función?
-Solo me retiro un minuto para hacer pis. El personaje, no yo. Tengo una ventaja y es que Roald Dahl fue piloto durante la Segunda Guerra Mundial. Entró en combate y fue derribado varias veces, por lo que sufrió muchas heridas de guerra, algunas de ellas en la columna vertebral. Por eso estaba sentado casi siempre, y en el momento de decidirme a interpretarlo, ese hecho fue un aliado para mí. Me agarro a esa comodidad para pensar que el reto es menor.

-¿Qué te lleva a seguir embarcándote en estos proyectos de tanto peso con 81 años?
-He entendido mi oficio desde el principio como un compromiso con el público. A mí me ha interesado muchísimo más hacer funciones que cuenten buenas historias y remuevan a la gente que otras para lucimiento personal. Así elijo los proyectos. Por eso protagonicé hace poco ‘El Padre’, porque era un momento en el que se estaba hablando de las enfermedades mentales. De todos modos, llevo ya seis o siete espectáculos diciéndome a mí mismo que es el último. Es más, pensé que ‘El padre’ debía ser el último y que debía abandonar el escenario como lo hacía aquel personaje, borrándose poco a poco del mundo.
-¿Y por qué no lo hiciste?
-Porque apareció ‘Gigante’. El nombre de la obra hace referencia a la estatura moral, literaria e intelectual del autor, como metáfora, y al hecho de que medía casi dos metros. Cuando me enteré, pensé que era una función escrita para mí. Me fui corriendo a Londres a ver la obra y, sentado en la butaca, me convertí en pura mantequilla. Me deshice y salí del teatro pensando que tenía que hacer esa función. Pero no por mí, sino para que el público español la pueda ver. Te juro que fue así. Por eso sigo trabajando. Pero estoy al borde de los 82 años, así que algún día tendré que decir basta.
-O no.
-Bueno, o no.
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