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Julie Delpy: "La extrema derecha está utilizando el antisemitismo como herramienta política"

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VALÈNCIA. Europa vive tiempos convulsos, pero quienes más lo están sufriendo son las víctimas de la equidistancia y la doble vara de medir que tienen sus instituciones y países. Julie Delpy detectó eso y decidió llevar a la gran pantalla una realidad incómoda, aunque admitida abiertamente: la diferencia de trato y empatía entre los refugiados ucranianos y los que llegan de guerras más lejanas, como Siria.

La directora y actriz francesa ve como una auténtica tragedia al ascenso político y, sobre todo, social de la extrema derecha en su país natal; pero se sirve de la comedia para poner las posiciones absurdas en el espejo. Fruto de ello es Conoce a los bárbaros, que se produjo en 2024 pero llega a los cines españoles ahora de la mano de la distribuidora valenciana Caràcter Films.

En Conoce a los bárbaros, un pueblo se ofrece a acoger una familia ucraniana tras el estallido de la invasión rusa. Pero la alta demanda de otras localidades hace que se agoten (nótese la carga irónica de utilizar estos términos) y acabe llegando una familia siria, también víctimas de una cruenta guerra. Entonces, el pueblo tendrá que enfrentarse a esa doble vara de medir y a los prejuicios racistas latentes en el día a día de las sociedades occidentales.

Delpy atiende, desde Estados Unidos (otro país que está sufriendo las secuelas del racismo populista), las preguntas de Culturplaza.

— El origen de la trama plantea una especie de jerarquía entre personas vulnerables, porque el pueblo estaba dispuesto a acoger a una familia ucraniana y no tanto a una siria. ¿Es esta una de las vergüenzas de la Europa actual y querías exponerlo?
— En realidad empecé a trabajar en el proyecto antes de la guerra de Ucrania. Llevaba ya tres años desarrollándolo y trataba sobre las dificultades que atraviesan algunas personas refugiadas y cómo luchan por salir adelante. Mis coguionistas y yo —sobre todo ellos— fuimos a entrevistar a muchos refugiados, a pueblos, a organizaciones de acogida… Reunimos muchísima información sobre cómo estaban viviendo todo eso. Porque, aunque la película parte de la comedia, para mí era importante que estuviera completamente arraigada en la realidad.

Todo estaba basado en reportajes, documentación y testimonios reales recogidos por nosotros. Después tuve muchas dificultades para sacar adelante la película, la verdad. Fue complicado hacerla. Pero, una vez envié el guion a los actores, se implicaron muchísimo y fueron increíbles.

Entonces llegó la crisis de Ucrania y vi a muchísima gente acogiendo refugiados. Incluso amigos míos abrían sus apartamentos. Desde Portugal hasta Alemania, Polonia o Francia… era impresionante. ¡Pero la diferencia en el trato era tan drástica! Hablé con organizaciones de ayuda a refugiados y me decían: “Sí, así funciona. Siempre ocurre lo mismo. Cuanto más oscura es la piel, menos bienvenidos son”. Es racismo, claramente. Y también islamofobia, al menos en Francia.

Fuimos testigos de ello. Hablé también con muchos profesores que acogían niños refugiados en sus escuelas y me contaban historias desgarradoras. Cuando llegaron refugiados sirios, nadie explicaba a los alumnos por lo que habían pasado. En cambio, cuando llegaron los ucranianos, se organizaban jornadas enteras para explicar su situación. Y eso está muy bien, no digo que sea algo malo. Pero el doble rasero era evidente.

Utilicé la comedia para hablar de ello, aunque en realidad no tiene nada de gracioso si lo piensas. Pero quería burlarme de esa situación porque es tan absurda y tan injusta… Y desde que mostramos la película, creo que el mundo ha seguido empeorando y ahora es aún más evidente que hay vidas que parecen no importar.

— Retratas un pueblo entero. Mientras escribías la película, ¿querías que algún personaje existiera únicamente en un registro cómico o dramático? ¿O te interesaba que todos exploraran ambas dimensiones?
— No quería que los personajes franceses fueran solo comedia, ni que los sirios fueran únicamente drama. Evidentemente, la familia siria ocupa la parte más dramática de la historia porque, si me estoy riendo de alguien, desde luego no es de ellos. Me río más bien de los franceses, de su racismo y de este movimiento de odio que está creciendo en Francia.

El grupo de personas que aparece en la película, que va de pueblo en pueblo difundiendo discursos racistas, existe realmente. Hay un enorme esfuerzo por parte de los nacionalistas cristianos y de la extrema derecha para movilizar a la gente contra los inmigrantes o incluso contra árabes que llevan generaciones viviendo en el país.

Para mí era importante dar también algunos momentos de comedia a los personajes sirios, porque no podía haber un lado únicamente dramático y otro únicamente cómico. Tenía que existir una mezcla de ambas cosas.

— En esta película hablas de cómo el discurso político se ha filtrado en la vida cotidiana de pequeñas comunidades. Viéndolo desde 2024 y con el contexto político actual en Francia, ¿crees que esa infiltración ha empeorado?
— Ahora los árabes están todavía más demonizados. La extrema derecha está diciendo básicamente que cualquiera que muestre algún tipo de empatía hacia una persona árabe que esté sufriendo es antisemita. Y seamos claros: el antisemitismo está siendo utilizado como herramienta política. Muchos amigos judíos míos están muy molestos por eso porque sienten que están siendo instrumentalizados para justificar la victoria de la extrema derecha en Francia el año que viene.

Y tienen razón: están siendo utilizados. Creo que es extremadamente peligroso. Mucha gente está empezando a darse cuenta de hasta qué punto están siendo convertidos en herramientas de un régimen de extrema derecha. Es una tragedia. Lo es para los árabes y también para los judíos. Y es una tragedia para cualquiera que crea en la democracia. Es una tragedia para todos excepto para la extrema derecha y los multimillonarios, básicamente.

— No solo dirigiste y coescribiste la película, sino que también interpretas a Joëlle, una profesora que es la que promueve toda esta acogida. ¿Qué tenía este personaje para que quisieras encarnarlo tú misma?
— Quería interpretar a alguien que fuera un pequeño homenaje a mi madre. Mi madre era actriz, pero también estaba muy implicada en la defensa de los derechos LGTBIQ+, de las mujeres, de los inmigrantes… Siempre estaba ayudando a la gente, firmando peticiones y apoyando causas.

Y, por otro lado, mi padre vivió la época del reclutamiento obligatorio para la guerra de Argelia. Él no quería ir a luchar ni matar árabes. Así que crecí con una conciencia muy fuerte sobre la mentalidad poscolonial francesa. Para mí era importante interpretar ese papel porque representa un poco a mis padres. Ellos eran profundamente antirracistas y muy activos contra todo tipo de desigualdades.

Quería que el personaje fuera un homenaje a personas que intentan hacer algo bueno en el mundo, aunque a veces puedan resultar ridículas. Porque también me río de ella. Tiene tantas ganas de que el mundo sea un lugar mejor que eso acaba rozando lo absurdo. Pero también te preguntas: ¿qué puedes hacer realmente para cambiar el mundo? ¿Es siquiera posible?

— Pero, aun así, ella siempre está ahí. Tal vez sea imposible cambiar el mundo, pero ella permanece.
— Sí, ella va a seguir luchando. Y para mí, más allá del humor de la película, eso es lo esencial. Y odio hablar de “mensajes”, porque no quiero hacer cine con mensaje, pero en cierto modo sí lo hay. Ella llega incluso a irse a trabajar a un campo de refugiados: esa pasa a ser su vida. Vive de acuerdo con aquello en lo que cree. Y eso ya es más de lo que hace mucha gente, incluida yo misma, porque al final yo hago películas, no trabajo en un campo de refugiados. Probablemente lo haría fatal —de hecho, me puse muy enferma durante el rodaje.

— Bueno, quizá el cine también puede provocar algún cambio.
— Sí, pero las películas son una gota en el océano.

— Hay un momento en la película en la que la familia siria tiene que justificar su miseria a través de imágenes muy duras de guerra en su país. Hay algo muy europeo en esa necesidad de que las personas vulnerables tengan que demostrar su sufrimiento a través del morbo de ese tipo de imágenes…
— Mucha gente no siente empatía hacia ellos hasta que ve todo lo que han sufrido. Y la verdad es que hemos llegado a un nivel de exposición al sufrimiento tan grande que incluso viendo esas imágenes hay personas que siguen sin empatizar. Por eso decidí no mostrar la mayoría de las imágenes explícitamente. No quería enseñar al marido muriendo ni a niños explotando por los aires, porque creo que eso nos ha insensibilizado, al menos a algunos.

Me interesaba más mostrar los rostros de quienes están mirando esas imágenes, ver cómo reaccionan ante lo que están recibiendo. Hay personas que no reaccionan en absoluto, otras que se conmueven… Eso me parecía más interesante. Y además había algo evidente: si muestras imágenes demasiado duras, primero caes en el voyeurismo, y yo no quería alimentar ese horror; pero también ocurre que ya no puedes volver a la comedia después de eso. Si enseñas niños explotando, no puedes regresar al tono cómico. Sería una falta de respeto.

— Imagino que has presentado la película en muchos lugares. ¿Qué te ha transmitido el público? ¿Has recogido más historias sobre europeos, inmigrantes o pequeñas comunidades?
— Cuando fui a Bretaña, donde viven algunos de los niños que aparecen en la película, estaban allí sus familias y todos los padres se acercaron a hablar conmigo. Y eso fue una de las cosas más emocionantes para mí. Me dijeron que los niños habían empezado a interesarse por el voluntariado y por ayudar a otras personas. Que la película los había hecho mejores personas, menos egoístas. Todos los niños que participaron están ahora implicados, a su manera, con organizaciones relacionadas con los refugiados. Y pensé: “Bueno, aunque solo hubiera conseguido eso, ya estaría feliz”.

Luego, en otros lugares, he visto que la película se vende mucho como una comedia, y lo es, pero la mayoría de la gente termina profundamente emocionada. A mí me gusta utilizar la comedia como una forma de atraer al espectador para introducirlo después en el drama. 

En Estados Unidos, por ejemplo, la película todavía no tiene distribución, pero la he proyectado en distintos sitios y mucha gente me decía: “Esta película debería estrenarse ahora mismo aquí”. Acaban de producirse deportaciones por parte del ICE y la falta de empatía hacia los inmigrantes indocumentados resulta incomprensible para mucha gente.

Entiendo perfectamente por qué en Francia, donde la extrema derecha tiene tanta fuerza ahora mismo, la película ha sido atacada desde esos sectores. Un hombre me agredió y empezó a insultarme, incluso. Todo eso tiene que ver con que hay gente que no quiere humanizar a determinadas personas. Y creo que mi película precisamente hace eso: humanizar a quienes otros intentan deshumanizar.

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