La guerra de las fajas: viaje al trozo de papel más polémico del mundo editorial

Libros y cómic

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VALÈNCIA. Una pequeña, prosaica y, en apariencia, inofensiva tira de papel es la causante de una de las contiendas más encarnizadas del ecosistema editorial. Se trata de las fajas, esas bandas que envuelven a veces los volúmenes y que nacieron para destacar premios, recomendaciones, cifras de ventas o las alabanzas de algún referente cultural. Ese rincón del libro donde la literatura y el marketing conviven sin disimulo. 

Una pieza de celulosa que ha terminado por dividir a los lectores en dos bandos irreconciliables. En un lado de la trinchera están los antifajistas, que la arrancan nada más comprar el libro y contemplan con horror ese desfile de frases hechas y elogios grandilocuentes (‘el ensayo del año’, ‘el fenómeno editorial’) que invaden la cubierta. En el otro, resisten los fajistas, quienes la conservan porque la consideran parte del objeto-libro, un pequeño documento de su historia editorial, un recuerdo de la propia experiencia lectora. Pero mientras la batalla continúa en redes sociales y estanterías, las editoriales siguen defendiendo las fajas como herramienta comercial básica: franjas satinadas cuyas frases eléctricas contextualizan la novela o dan la clave que la hace brillar.

 

Maria Colomer es responsable del club de lectura Viejoven en la librería Arribada y prescriptora de cómics en el pódcast La Còmicteca. Ante la disyuntiva, una respuesta vehemente: “Acción antifajista, siempre. Cada vez que compro una obra, tardo dos segundos en quitarle la faja y tirarla a reciclar. O dejarla en el fondo de la tote bag de ese día. Lo que me pille más a mano”. En el caso de Estela Sanchis afronta el universo de las fajas desde dos vertientes: por una parte, su labor como librera en Bangarang y, por otra, su rol como autora de Hasta aquí todo va bien (Candaya, 2025). Durante su jornada en la librería asume que debe respetarlas “porque no me corresponde decidir si tiene valor o no. Es elección de la editorial y para muchos lectores aportan información relevante. Como autora, no lo puedo negar, es ilusionante que se incluyan las palabras de otras personas sobre el propio trabajo”. 

 

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En esta contienda también existe una tercera vía: la utilitarista. Es decir, quienes, con mayor o menor entusiasmo, convierten esas franjas de celulosa en marcapáginas improvisados. A esta corriente pertenece Ana Mar, lectora voraz que divulga desde su perfil en redes, los títulos que pasan por sus manos:⁠Si tengo un punto de libro cerca, la faja acaba en la basura. No las considero parte del objeto-libro, aunque, si las he usado como marcapáginas, cuando termino la obra las dejo dentro”. Un posicionamiento al que se adhiere Sanchis cuando ejerce de lectora: “me resultan prácticas; cuando un libro no lleva faja me veo marcándolos con trozos de servilleta o tickets de autobús”.

 

Ante el rechazo casi visceral que estas tiras de papel despiertan en parte del público, cabe preguntarse cómo transitan esas reacciones en la industria editorial. Desde el sello Barrett confiesan que les encanta que sus lectoras odien las fajas, “ya que nosotras también las odiamos. Algunas veces las hemos usado, pero es un elemento realmente molesto y mentiroso”. Es más, admiten que hace tiempo hicieron “cadenetas con cientos de fajas de muchas editoriales para celebrar el cumpleaños de un amigo librero”.

 

En este terreno, Raquel Bada, editora en Bamba, opta por una postura más pragmática: “lo primero es asumir que son una herramienta comercial y, a partir de ahí, intentar que estorben lo menos posible. No siempre apetece ponerlas y pueden estorbar, pero ayudan a las librerías y esa es su misión. Con la cantidad de títulos que reciben cada semana, es casi imposible ubicarse”. En su caso, “al ser una editorial nueva, decidimos que nuestras obras llevaran faja porque nos parecía importante que en ella se entendiera la intención del proyecto, para que poco a poco libreros y libreras pudieran identificarnos. Quisimos que se integrara lo máximo posible, que el libro funcionara con y sin faja”.

 

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‘Vender la moto’

 

Exploradas ya todas las posturas sobre las fajas, toca plantearse qué tarea cumplen realmente en el ecosistema editorial actual (marcado a menudo por la fugacidad de las novedades). Porque no se trata simplemente de enroscar una tira de papel alrededor del tomo, también hay que decidir qué mensaje merece acaparar ese limitado espacio. En Barrett dividen estas tiras de celulosa en tres categorías. Están aquellas donde claramente puedes leer “que se trata de la cuarenta y pico edición del libro (pero que a lo mejor luego resulta que ha vendido apenas 300 ejemplares)”. Un segundo tipo “que podríamos clasificar como ‘fajas de gran grupo editorial’, donde se dicen cosas del tipo ‘Uno de los mejores libros jamás escrito’, y el resto, que son fajas con frases de Marta Sanz”. 

 

Inmensas en la revisión de sus propias fajas (“que hemos utilizado en 5 títulos de los 85 del catálogo”), desde Barrett confirman que en ellas anunciaban “que tal autora había ganado un premio, o había alguna frase chula de alguien más o menos famoso. El rol de las fajas es ‘vender la moto’. Somos conscientes; podéis criticarnos cuando veáis alguna en nuestras obras”, admiten. Pero, ojo, no siempre es así: en la última faja para Toda mi violencia es tuya, de Carolina Yuste, “decidimos darle prioridad al diseño e imprimos una franja toda en color verde, en homenaje a la bandera de Extremadura”. La editorial Bamba nació con el deseo de recuperar obras de autoras que habían quedado sepultadas por la amnesia colectiva. Con tal objetivo en mente, explica Bada “preferimos aprovechar ese espacio tan limitado para contar quién es esa autora, por qué publicamos ese título, por qué regresa a las librerías o resaltar un aniversario. Más que destacar una cita o una cifra, intentamos explicar el porqué de ese volumen”.

 

Turno para otra de las patas fundamentales del ecosistema literario: las librerías. ¿Qué papel cumplen hoy las fajas en estos espacios? ¿Siguen siendo un recurso útil para llamar la atención sobre un libro? Para la cofundadora de Bangarang, las fajas “inevitablemente, siempre serán eficaces. Asociamos esa bandita de color a un valor añadido, a que alguien ha validado esa opción por encima del resto de títulos de la mesa de novedades. Cuanto más peso tiene el nombre de esas personas, mejor funciona”. 

 

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La novela del año... o no

 

Y, ahora, la pregunta del millón: ¿cuándo una faja te anima a llevarte contigo ese tomo y cuándo te hace correr en dirección opuesta lo más rápido posible? ¿Qué palabras mágicas debe incluir para cautivarte y cuáles rompen el hechizo? “No recuerdo haber elegido un volumen por su faja. Me gustaría poner la mano en el fuego y decir que no, pero no puedo. Suelo guiarme más por las recomendaciones de amigas y libreros o por impulsividad e irresponsabilidad cuando veo algún título en mis librerías de confianza”, señala Colomer. Y una de las cuestiones que más le irritan de este negociado es que, en ocasiones, aparecen citas o elogios de personas a las que no admira precisamente, por lo que consiguen “que desconfíe aún más del libro. Así que me mantengo firme en mi desprecio hacia ellas”. Su premisa rima con la de Ana Mar, quien, de hecho, ha sufrido el efecto contrario al deseado por la industria editorial: “Nunca una faja me ha animado a comprar una obra, pero sí me ha generado rechazo y, ante la duda, ha inclinado la balanza hacia el no por el criterio de los nombres propios que aparecían en la faja. Cuestiones como las cifras de ventas me resultan completamente innecesarias. Lo mismo sucede con la ‘novela del año’, sobre todo si ese mensaje aparece en una novedad literaria de principios de año. Cuando destacan los premios, en cambio, sí me parece una información útil”.

 

Para Sanchis el grado de elaboración de esa frase breve y punzante que muestran las bandas “dice mucho de cuánto hay de marketing y cuánto hay de realidad. Me convencen cuando siento que quien escribe esas palabras está también convencido. Evito cualquier libro cuya faja asegure que es un imprescindible, el mejor libro de la temporada, etc. Desconfío de toda frase genérica, que bien podría servir para diez de los últimos libros publicados, cuando siento que no hay pasión detrás”. 

 

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Hay quien odia las fajas por considerarlas un incordio. Otros por su tendencia a la hipérbole, la vacuidad o las medias verdades. Pero también hay quien focaliza su animadversión en la cuestión estética y critica que estropean el diseño de las cubiertas. Una perspectiva que apoya Colomer, pues, a menudo, esas bandas se convierten “en un envoltorio extraño que no te deja apreciar bien la ilustración, la fotografía o lo que se haya elegido para captar la atención desde la cubierta. Eso me da un poco de pena. Otras veces es poco más que un calco de la cubierta con el texto impreso por encima y, bueno, agradezco el esfuerzo”. En este punto lanza una nueva ofensiva antifajista: “Solo tengo que mirar las estanterías de mi casa para comprobar que no queda ni una sola faja que estropee la visión de los lomos alineados”. Y aquí, un pequeño giro de guion a cargo de Ana Mar: “Pese a mi visión pragmática de las fajas como marcapáginas, no considero que estropeen el diseño de la cubierta, pues puedes retirarlas”. Pero, eso sí, coincide con Colomer en que “carecen de sentido esas fajas que parecen una sobrecubierta y que impiden ver la obra que hay debajo”. 

 

Tras manifestar sus reticencias ante el mundo de la banda publicitaria no es de extrañar que cuando finalmente sí recurren a ella en Barrett consideren indispensable que sea un elemento “que aporte algo al diseño del volumen y a su conjunto. Si la información la podemos dar en el interior o exterior de la obra, en redes sociales o delante de un juez, preferimos hacerlo así”. En el caso de Bamba, cuando diseñaron la colección lo hicieron pensando en estas tiras de papel “como parte del conjunto. No la entendemos como un añadido de última hora sino como un elemento más del libro. Quisimos que la faja se integrara lo máximo posible, que el tomo funcionara con y sin ella”. De hecho, hicieron una encuesta en redes al respecto “y el resultado nos sorprendió: parece que no molestan tanto”.

 

Estorbo. Marketing. Pasión. Estética. Pragmatismo. Quizá ninguna otra pieza del objeto-libro provoque tantas filias y fobias como una faja. Lo que parece un simple accesorio acaba revelando un buen puñado de certezas sobre cómo leemos, cómo compramos y qué engranajes mueven la maquinaria de la industria editorial. La cruenta guerra entre fajistas y antifajistas continúa y no parece que se asome una tregua en el horizonte. Seguiremos informando desde el frente literario. 

 

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