'La más grande': Más de lo mismo sobre Rocío Jurado

Series y televisión

EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV

El documental de Movistar + sobre la folclórica no toca los asuntos controvertidos de la artista y no aporta nada nuevo reseñable a los hitos biográficos por todos conocidos

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VALÈNCIA. Cuando era pequeño y la televisión era mi bote salvavidas, las folclóricas eran una desgracia. Estaban por todos los lados, no había forma de quitárselas de encima y eran muy aburridas. Hace pocos años, cuando los oportunistas se fijaban en temas banales como la música, alguno se preguntaba por qué se hablaba tanto de música moderna, cuando en este país lo importante era su folclore, se eclipsaba con lo extranjerizante a lo auténtico y genuino, porque se entendía lo español como cutre solo por serlo. Pues bien, en aquella época analógica, se debía estar eclipsando el sol con una moneda de dos céntimos, porque en la televisión, que reunía audiencias inimaginables hoy, lo español y sus artistas estaban todo el santo día. No obstante, hasta las boutades tienen algo de verdad: las tenían dentro de una jaula de oro. 

En mi caso, siendo un niño, me resultaban más interesantes las folclóricas por sus romances y dramas. Siempre fui un ávido lector de las revistas del corazón que había en casa de mis abuelos, aunque a ellos no les interesaba el tema, las compraban para saber la programación televisiva de la semana sin tener que hacerse con el periódico cada día. Yo flipaba con ese mundo, esos comentarios, esas caras y esas fotos. Ahora, antes de escuchar esa música me habría cortado las venas. Y de adolescente ya no digamos. 

Sin embargo, cuando empecé  a convertirme en un consumidor enfermizo de música, mi visión fue cambiando. Todo empezó con un blog que solo ponía canciones para descargar de solistas femeninas de todas las épocas y países. Había un punto de ginefilia en ese coleccionismo, pero me enganchó de inmediato. Y por esa vía no tardé en llegar a deducciones inevitables ¿por qué divas del country y no divas de la copla?

No puedo decir que sea un experto ni lo más mínimo, ni siquiera un aficionado, pero trastee bien la discografía de nuestras folclóricas hasta encontrar temas que me gustasen y, efectivamente, algunos había. Ni que decir tiene que entre mis compañeros de afición musical me convertí en un hazmerreír y, como todavía no nos habíamos adentrado en 2013 o 2014, recibía con generosidad el calificativo de “maricón”. Ningún problema. 

De hecho, me alegré mucho de hacer inmersiones en ese material porque descubrí algo que realmente me pareció muy bueno. No canciones sueltas de aquí y de allá, sino un disco entero, Señora, de Rocío Jurado, producido y compuesto en parte por Manuel Alejandro. Para mí, y para mucha gente, ese álbum trasciende el género y es un clásico inmortal. El personaje, a sus 94 años, ya ha recibido homenajes, no es un tapado, pero lo más potable que se ha hecho sobre él ha sido, como siempre un Imprescindibles

Por otro lado, seguí en su momento todos los golpes que le dio la vida a Rocío Jurado y también he entrado en contacto con la amplia rumorología sobre su esfera personal. Hay ya bastantes documentales sobre ella en la web de RTVE, los he visto prácticamente todos y, en estas condiciones, me he enfrentado a la llegada de La más grande, obra de Alexis Morante, director muy versado en las biografías de artistas, como Héroes del Silencio

En esta ocasión, pese a la duración, cuesta encontrar algo que no se haya dicho ya. El autor pretende dejar atrás el retrato cronológico para realizar algo más emocional, que explore los sentimientos más profundos de la cantante. Lo cierto es que con la información disponible se queda en la epidermis y es difícil que el espectador pueda pactar con el autor que esa es la verdad. Lo podríamos intentar, pero para eso hay que tener energías de fingirse cándido. 

Ese viaje al interior del personaje, además, resulta confuso porque no se distancia claramente de la narración lineal. Los escritos inéditos de la cantante tampoco aportan nada especialmente relevante y la sensación final es que todo esto ya está hecho y que el retrato definitivo está por hacer, quizá sea algo que llegue dentro de décadas. Con Camarón se llegó bastante lejos a solo un año e su muerte con El dolor de un príncipe, pese a que Francisco Peregil dijo que se había encontrado un entorno completamente hermético cuando hizo su investigación. 

Por otro lado, se muestra que Rocío fue moderna, pese a ser tradicional, y que adoptó públicamente posturas feministas y antihomofóbicas desde muy pronto, en épocas en las que no había medallas esperando por declaraciones de ese tipo. También aparece Manuel Alejandro comentando su canción Amores a solas, sobre masturbarse en la playa, pero no se trata lo más relevante, que es que ese tema pasó desapercibido en su momento, no hubo ningún escándalo, y en el establishment cultural español nadie la ha mencionado hasta hace tres o cuatro años. 

Ahora, merced a este documental e infinidad de artículos, se nos indica con carteles luminosos que esa mujer, dentro de su mundo, pudo ser un ejemplo o una referencia para muchas mujeres. Pero la pregunta es por qué los críticos musicales y los responsables de las secciones culturales de los medios no trataron nunca las letras de Manuel Alejandro desde una perspectiva político-social. 

Mi impresión de anciano es que cualquier tratamiento de las folclóricas desde un punto de vista intelectual hubiese sido tomado a puto cachondeo. La cultura estaba, y sigue estando, férreamente jerarquizada. Manda el interés económico, pero también el prestigio, que es una serie de normas que hay que seguir. El que se mueve no sale en la foto de la cultura. Los creadores y los que narran sus hazañas pueden tener múltiples identidades, pero solo hay una obligación: tiene que encajar. Lo que no encaja se envía  al ostracismo o al manicomio. Por eso no te puedes dejar llevar por un documental como este, porque se notan los esfuerzos para hacer encajar a Rocío Jurado y quizá lo que su figura demande a estas alturas sea otra perspectiva.

 

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