VALÈNCIA. La historia se reescribe constantemente y el cine, en muchas ocasiones, es su aliado indispensable. En esa reescritura, Hollywood ha jugado un papel fundamental en la asimilación popular del relato que sostiene que Estados Unidos liberó al mundo de los nazis. Que siempre fueron sus enemigos, y que no tuvieron nada que ver con ellos. Aquí no ha pasado nada, solo héroes haciendo de héroes, sigan circulando.
Pero aquello de que los norteamericanos nunca tuvieron absolutamente nada que ver con los nazis no se lo podrían decir a Isadore Greenbaum, un fontanero de Brooklyn que tuvo el valor de llamar nazis a un grupo de nazis, y gritar “¡Abajo Hitler!” frente a Fritz Kuhn. Greenbaum terminó apaleado, vejado —le bajaron los pantalones para ridiculizarlo—, escupido e insultado por una turba, además de ser detenido por la pacífica policía de Nueva York que le acusó de alteración del orden público.
Kuhn, mientras Greenbaum protestaba, lo miraba con máximo desdén y se reía desde un escenario muy relevante para el imaginario estadounidense: el Madison Square Garden, lleno hasta los topes, en un acto de la German American Bund, una organización antisemita financiada por el propio Hitler, que había llenado de esvásticas, brazos alzados y fieles seguidores la plaza escénica más importante de Nueva York.
¿Cómo? ¿Nazis festejando en Nueva York, en el Madison Square Garden? ¿Y un demócrata apalizado, castigado y esposado por gritar consignas contra el mayor villano de la historia moderna occidental? Puede que sorprenda, al menos en el imaginario visual cosmopolita que tenemos de la gran manzana, aunque puede que ya no tanto. Ya decía en una entrevista el director del corto documental que rescataba este episodio nacional en A night at The Garden, Marshall Curry, que “en las imágenes vemos a un líder que ataca a la prensa, pide al público rescatar América de las minorías que la están destruyendo y se ríe de la violencia contra un opositor”.
Cualquier parecido con la Norteamérica actual no es casualidad. Aunque tampoco vemos la plaza del Ayuntamiento de Valencia y pensamos que hubo en algún momento nazis campando a sus anchas por allí. Pero resulta que sí: estuvieron también festejando aquí en Valencia, con brazos alzados, cánticos tradicionales alemanes y esvásticas colgando del Ateneo Mercantil, en pleno centro, como bien retrató La invasió dels bàrbars.
Leos Carax, realizador de culto donde los haya, rescata el momento de la paliza al fontanero de Brooklyn en su última película, No soy yo. Se trata de un mediometraje que estrenó en Cannes en 2024 y no pasó por cines españoles con un estreno comercial al uso. Ahora llega a Filmin dispuesta a seguir aumentando el culto del director, puesto que No soy yo es una película-ensayo, al más puro estilo Godard, con imágenes de sus películas montadas con imágenes de archivo —como las de Greenbaum —, que intentan ilustrar la forma de pensar de Carax. Lo curioso es que no sabemos si con el ejemplo de Greenbaum, Carax nos advierte de los tiempos que vivimos o solo nos habla de su ego. Es decir, si sostiene que el cine no cambia nada y estamos condenados a repetir los mismos errores, o realmente nos muestra la paliza que le dieron a un fontanero un montón de nazis para que empaticemos con él, un director de cine contra el status quo, incomprendido y ‘vapuleado’ por la industria y la crítica.

- Una imagen que parece una ensoñación en ‘No soy yo’, o el cine como salto al vacío que nadie puede explicar
¿Qué habré querido yo decir con mi cine?
Vaya por delante que el mero hecho de que exista una película como No soy yo y llegue a mis ojos es aplaudible, me convenza más o me convenza menos. Puesto que las películas-ensayo, o los ensayos visuales, así como el cine más experimental, está siempre condenado no ya a la periferia del circuito comercial —relegado a puntos de encuentro muy concretos en festivales de cine muy concretos—, sino a la más absoluta marginalidad respecto a cualquier sala de cine decente. Como si el arte abstracto no tuviera derecho a exponerse en un museo.
Solo por el hecho de exponerse a ver algo tan distinto —puede que la última experiencia parecida que recuerde fuese ver El libro imágenes de Godard—, No soy yo ya resulta estimulante. Otra cosa muy distinta es que no hayas visto nada de Leos Carax. Ni Annette (Mejor Dirección en Cannes y cinco premios César de la academia francesa), ni Holy Motors, ni Los amantes del Pont-Neuf ni Mala Sangre… porque entonces No soy yo difícilmente pueda llegar a apelarte ni a activar tus neuronas, no digamos acelerar tu corazón.
No soy yo mezcla imágenes de archivo con imágenes de películas de Leos Carax para reflexionar, por un lado, sobre el papel del cine en la historia y, por otro lado, el papel de Leos Carax en la historia del cine. Un ejercicio de reflexión y de egolatría al mismo tiempo. Y ambos dispositivos, ambas lecturas de las imágenes y la voz en off del propio Carax, lejos de dialogar entre ellas para poder sacar algo en claro de No soy yo, ofrecen pura ambivalencia. Lanzan preguntas al espectador sin cesar, para que este haga con ellas lo que le plazca.

- El cineasta también se disfraza de un personaje de su filmografía en este ensayo
Carax se plantea cómo ha mirado a la mujer —recordando el único plano subjetivo que ha grabado en su vida—, cómo su carrera como cineasta ha afectado a su paternidad —Nastya Golubeva, su hija, aparece en el filme—, cómo ha visto el amor —violento como todas las pasiones según él—, o cómo educan los relatos —a veces terriblemente. Y todo ello lo relaciona con una fútil, pero sugestiva, reflexión sobre la pérdida del peso de las imágenes en la era de la democratización de las cámaras, los peligros de la manipulación torticera, la crítica a la cultura de la cancelación y la crítica a los monstruos contemporáneos.
Y todo, con una ligereza no ausente de complacencia, pero tampoco de garra. Volviendo sobre su cine para enmarcarlo como una pieza más del cine. Un arte que parece ver en decadencia —como todo—, y que precisamente por ello puede ser muy liberador.
Escribía la gran Manohla Dargis sobre la película del cineasta francés Pola X, merecedora de sonoros abucheos a su paso por Cannes en 1999, que era “a la vez sobrecogedora y ridícula”, y que era eso, la no-renuncia a la exageración y la expresividad por miedo al fracaso, lo que la hacía especial. “La tensión entre estos dos extremos, así como el propio estilo embriagador de Carax, la convierte en un visionado esencial”, escribía. Y casi lo mismo se puede decir de todas y cada una de las películas de un cineasta particularísimo, se diría que en peligro de extinción. Celebremos el contraste, y quedémonos con el adjetivo que queramos. Algo que muy pocos cineastas se pueden permitir en pleno siglo XXI.