VALÈNCIA. El año pasado Guns N’Roses pasaron por Barcelona y ni se me pasó por la cabeza ir, aun siendo el grupo al que más simpatía le tengo de toda la historia. Fueron lo primero que escuché que realmente me gustó y transformó y el primer paso de una senda de escuchar música que no he dejado de recorrer en toda mi vida. Es más, gracias a ellos y su disco de versiones, Spaghetti Incident, buscar de dónde viene cada cosa y quién inspira a quién se ha acabado convirtiendo en una enfermedad (muy placentera).
Pero no fui porque me parece escandaloso que lleven diez años de gira y ochocientos millones de euros ganados con un repertorio que comprende solo cinco años y algunos temas del disco de Axl en solitario bajo el viejo nombre del grupo, Chinesse Democracy. Para mí, la diferencia entre lo que están haciendo e ir en verano a tocar en cruceros temáticos es igual a cero.
Llenan porque sus extraordinarios singles dominaron la FM y la MTV durante unos años, el tiempo suficiente para formar parte de la banda sonora de una generación. Es cierto que esa generación se partió en dos con la llegada de Nirvana y muchos se sintieron obligados a renegar de lo anterior, pero el paso del tiempo lo nubla todo.
En esa época, al principio de los noventa, buena parte de ellos decían literalmente “Guns and Roses se han vuelto maricones” por el peso de sus baladas, Don´t cry, November Rain y Extranged, que gustaron al público femenino de catorce años. No sé si ya lo habré dicho en esta columna, pero ese segmento de oyentes para mí es el que mejor gusto tiene de la historia, mientras que el peor es el de los varones de mediana edad aficionados a la música. La evolución de GnR hacia los terrenos de Queen y Elton John en esas canciones fue una genialidad más. Las niñas no estaban equivocadas.
La cuestión es que hubiese sido interesante ver por dónde podrían haber seguido evolucionando en los 90. Su líder era de todo menos conformista, estaba interesado en los nuevos sonidos industriales, pero nunca logró materializar nada en ese periodo y reventó el grupo, lo estancó. Y los proyectos en solitario de los miembros y ex miembros, así como Velvet Revolver, factor sorpresa y singularidad han tenido poco. Durante años los fans nos hemos preguntado, como en saetas de Semana Santa, por qué no siguieron juntos, si estaban tocados por un don y los experimentos se les habían dado bien. Sus años en el limbo fueron un tormento, una tortura, y estas giras para explotar el revival para mí no valen como redención. Esa trayectoria errática solo nos ha hecho gritar ¿Por qué, por qué?
Y la respuesta la he encontrado en las recientes memorias del bajista, It´s so easy (y otras mentiras), que han vuelto a reafirmarme en lo que siempre creí, pero ahora de forma mucho más contundente. En mi opinión, Guns fueron un grupo como el fósforo, que brilla intensamente y se apaga rápido, porque eran reales. No eran chavales de clase media ni universitarios que con entre 19 y 23 años ya podían tener una concepción de la vida como para poder planificar una carrera profesional a largo plazo.

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Guns formaban parte de un fenómeno recurrente en Estados Unidos que es el de los adolescentes emigrantes sin hogar. Los tienes en Los Angeles en la gran novela de John Rechy, buscándose la vida como chaperos; los tienes en las memorias de Vicky Hamilton, buscándose la vida como músicos procedentes de las regiones que se estaban desindustrializando con el inicio de la globalización.
Los dos miembros más importantes de Guns eran de pueblo, de ahí, creo yo, sus gustos aún anclados en los 70, lo que quizá involuntariamente convirtió su propuesta musical en una especie de revival de cuando las guitarras estaban más presentes que los sintetizadores sin ser, por ese motivo, un grupo más de metal. Pero vivían en la calle. Su mejor época fue cuando lo hacían en un local de ensayo que tenían en un callejón y cuyo alquiler financiaban vendiendo bebidas como un after para las prostitutas y strippers de los negocios cercanos.
En esta situación, les cayeron miles de dólares, que religiosamente fueron a parar a su afición favorita: la droga. No es muy novedosa esta historia, pero el perfil que presentaban era el prototípico para hundirse hasta el fondo a las primeras de cambio. Duff cuenta que, en los años de máxima fama del grupo se bebía dos litros de vodka con naranja al día y luego, para salir a actuar, se ponía hasta arriba de cocaína porque estaba demasiado borracho y, como se le iba la mano, por la noche tenía que fumar heroína en plata, un chino, para poder dormir. Así todos los días.
Y el que estaba al mando, Axl, también tenía un problema que era que era real. Cantaba como un loco porque estaba loco. Era un loco de verdad. Solo una persona que no está bien de la cabeza puede meterse entre pecho y espalda una gira de tres años en la que sistemáticamente haces esperar al público entre dos y tres horas, a veces cuatro, de modo que arrasen el lugar, quemen coches en el aparcamiento, insulten al grupo y le tiren de todo y conviertan cada cita en un infierno. Pero así lo hizo. Reiterando en su obsesión por llegar tarde cada noche y con su quiropráctico incorporado para dejarle bien la espalda después de cada desastre.

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- Foto: TRISTAN LOPER
Es paradójico. Cuando yo vi a Axl ya en el siglo XXI en el estadio de la Peineta en Madrid, ocurrió lo mismo. Pasaron dos horas y no había aparecido, la gente se puso a arrancar los asientos y lanzarlos al escenario, la cosa empezó a pintar muy mal, había agresividad por todas partes, y en un momento dado, cuando el ambiente empezaba a ser preocupante, vi cómo llegaba una limusina por detrás del escenario y, en cuestión de tres minutos, comenzaban los acordes de Welcome to the jungle. Toda la rabia del público, de miles de personas que estaban empezando a destrozar un estadio, se convertía en un pogo con el tema. Y me dije: “Coño, ahora lo entiendo”. Es de los mejores recuerdos en directo que tengo en toda una vida yendo a conciertos. De hecho, apenas me acuerdo del resto del show. En cambio, Duff, cuando tenía que experimentar estos retrasos tras el telón, se quería suicidar.
No es de extrañar, por tanto, que la droga y el conflicto diario calcinara al grupo. Luego Duff revela con más detalle cómo a Axl le dio por Nine Inch Nails y rechazó las canciones con las que Slash quería continuar su carrera discográfica. Las despreció diciéndole que eran AC/DC de toda la vida, una propuesta aburrida. Ese material fue a parar a Snakepit, el grupo de Slash, y a mí no me disgusta, pero está claro que sin los arreglos de Axl no es lo mismo. Ya me pasó cuando vi a Izzy cantar Nightrain, en un ensayo en Japón y descubrí que sin Axl era un tema casi mediocre, como fueron los discos en solitario del guitarrista, a los que les he hecho caso –los tengo todos- porque es quien es. Si no, difícilmente pasarían de disco de gasolinera estadounidense para camioneros y taxistas locales.
Todo esto explica perfectamente por qué Duff en los 90 prefirió dedicarse a montar en bicicleta y escalar montañas para salir de sus adicciones y dejar morir a Guns N’ Roses. Le costó años recuperar la salud, incluso tuvo que operarse del tabique porque lo tenía tan desgastado que no le filtraba los gérmenes y estaba continuamente enfermo. Alice Cooper, del que acaba de sacar libro Es Pop Ediciones, dice en el libro de Duff que unos chavales que estaban tiraos en la calle y al día siguiente, eran dios es normal que les costara acostumbrarse.
Lo gracioso de esta autobiografía es que Duff es de Seattle y conocía a toda la escena que luego formaría el grunge, incluso era compañero de trabajo, mal pagado, del que llegó a ser capo de Sub Pop, el sello que hizo época. En ese aspecto tampoco podemos escapar de la realidad. La mayoría de esos chicos de Seattle eran adictos a la heroína. Van cayendo conforme pasas las páginas, antes del grunge, durante el grunge y después del grunge. Visto lo visto, el alpinismo es lo más sensato que pudo hacer Duff con su vida. Algo más “interesante” cuando ya pasaba los treinta habría acabado en un cajón de pino.
Y de ahí la conclusión. La industria musical, cuando Guns N’Roses generaba millones al día, no puso ningún límite a la autodestrucción personal de los miembros del grupo. En ese caos, los ejecutivos les ponían delante contratos que no entendían, ni apenas podían leer, para que los firmasen. Si había éxito, el grupo era una marca que había que poner a generar dinero de forma constante. Había unas expectativas de beneficio y se tenían que cumplir. Muchos grupos de esa época se vieron envueltos en una espiral de giras y grabación de discos que era una auténtica explotación de la que vieron muy poca parte del dinero que generaron. De hecho, tenían que “devolver” los gastos de producción de los discos. Guns tuvieron más suerte en la creación de sus Use your illusions, pero no les perdonaron en la gira. Ahí hubo que hacer caja sí o sí y, en el lance, lo que hace tres días eran sin techo casi se dejan la vida. Y esta, señoras y señores, es una buena síntesis del funcionamiento de la industria musical del siglo XX. Solo los más fuertes sobreviven.