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Oda al 'Rock Lobster' de B-52's, la canción playera más demencial de la historia

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VALÈNCIA. Días atrás, llevé a cabo mi primera incursión playera de la temporada y de acompañamiento, me puse el primer álbum de los B-52’s, el de la portada amarilla, el que se llama igual que ellos. Y caminando entre el mar y la arena llegué a esta conclusión: Rock Lobster es al género del pop playero lo que Les Demoiselles d’Avignon al desnudo tradicional. Es un tema surfero que desconfigura y altera los elementos típicos del género. Tiene el ritmo sincopado, atropellado, los twangs, los adornos exóticos, y con todo eso, los B-52's hacen lo que les da la gana. Rock Lobster es una puta locura. Olvidémonos de los Beach Boys. Olvidémonos de Sorolla, si es que eso es posible cuando vives en València. En esta canción, la única luz que hay es estroboscópica, y eso incluye también la que emana del sol. El frenesí que desata hace que, en el lienzo infinito que es cualquier playa, las cosas cambien de color, ocupen otro lugar y que todo se transforme, aunque de eso solamente te des cuenta tú. Es una costumbre muy poco práctica intentar describir una canción, a no ser que hablemos de una canción que no se limita a sonar sino a construir un universo paralelo. Por eso me animo a hablar de Rock Lobster, una canción en la que van pasando cosas a medida que suena, y la realidad va dejando de tener importancia mientras aparece un mundo paralelo, igual de absurdo que este, pero mucho más divertido.

En la Mosrite de Ricky Wilson está el principio de todo, esa guitarra intrigante que se repite unos acordes que acaban siendo el riff surfista mutante que vino del espacio exterior. Enseguida, los golpes de cencerro. Es Fred Scneider, el cantante, que antes de abrir la boca ya le está metiendo de leches al cencerro. De inmediato irrumpen las voces de Kate Pierson y Cindy Wilson, haciendo esos coros guturales que hacían ellas en los dos primeros álbumes: Sca-do-ba-doo, ewww. ¿A quién se le ocurren coros así? Pero, sobre todo, ¿por qué estiran tanto ese ewww? Estas y otras preguntas quedan contestadas cuando las ves posando en la portada de B-52's. Keith Strickland marca el ritmo (en la formación no había bajista), él es el motor que impulsa la canción mientras Fred nos pone en situación. Más que un cantante parece el presentador de un programa de películas antiguas de terror. Habla en primera persona y cuenta que estaban en una fiesta y que alguien perdió el lóbulo de una oreja, así, por la buenas. Y Kate y Cindy dale que te pego, sca-do-ba-doo, ewww. La batería cambia al típico compás surfero, y cada tanto, un golpe en los platillos. Entonces alguien lo encuentra –el lóbulo-, pero resulta que ya no es un lóbulo sino una langosta de roca, que ya no dejará de aparecer a lo largo de los seis minutos y pico que quedan de canción. Ahí sobreviene el primer momento apoteósico: los coros de las chicas  se elevan tirando de la música, de la fiesta, de la playa, como si condujeran un ovni que emerge de debajo de la arena en dirección al cielo. Oímos también el inconfundible sonido de un órgano Farfisa, unas notas tan simples que hasta yo podría tocarlas. Primero parece que emitan un mensaje en morse, luego suena como una pistola de rayos disparada por un extraterrestre. El Farfisa enfatiza el misterio de todo lo que está pasando aquí dentro. Solamente han transcurrido 52 segundos de canción y, como diría mi amigo Vicente Martínez, tots  porten ja una suá de por.

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Y entonces, el tañido de la Mosrite de Ricky regresa para recordarnos que, a pesar de todo, seguimos estando en una playa, y no en un manicomio. Las palabras de Fred lo corroboran de inmediato: “We were at the beach / Everybody had matching towels”. Es decir: “Estábamos en la playa / Todo el mundo tenía toallas a juego”. Los B-52's fueron uno de esos grupos queer que lo llenaba todo de guiños maricas que tú no detectabas, pero que te gustaban tanto que potenciaban tu lado marica, aunque no lo fueras ni estuvieras destinado a serlo. Rock Lobster y los B-52's eran estrambóticamente queer, pero quién iba a plantearse esas cosas en aquel momento, en medio de esa playa en la que los chicos llevan biquini y las chicas, tablas de surf, cuando lo importante era seguir el ritmo implacable, dejarse llevar por esa melodía moruna que sacaba el órgano de Kate – imaginémosla tocándolo concentrada, sin que se le despeine la peluca- y que se va volviendo más y más dramática. Ahora aterriza otro verso breve y efectivo (“motion in the Ocean”), una de esas rimas que solamente crecen en las canciones pop, capaces de cambiar un rascacielos de sitio.  Aquí es cuando más se nota que, en sus orígenes, los B-52's también fueron un grupo de garaje –esa parte la escribe también la batería de Keith-, aunque solamente fuese un poquito, un grupo entrenado para hacer que, ahora, Rock Lobster se proyecte rumbo al espacio exterior. Una langosta así tiene que ser de otro planeta.

Tras el nuevo amago de despegue, vuelve a entrar el ritmo acompañado por unos golpes de cencerro cada vez más fuertes. La canción prosigue, se repite, continúa, evoluciona sin cambiar, hipnotiza, ahora es el órgano otra vez, después la Mosrite. Luego se le suman los gorgoritos de Kate y Cindy, la primera vez que en el pop se detectaba abierta y descaradamente la influencia de Yoko Ono. Fred empieza a enumerar criaturas marinas que hacen cosas propias de los humanos, hasta que todo desemboca en otro momento dramático donde no sabes si los de la fiesta, los crustáceos, los peces, los bañistas surferos, van a salir despedidos hacia la estratosfera o los va a engullir un remolino del mar. Aumenta la tensión. Ahora, las dos palabras clave cambian de orden: lobster, rock... Kate vuelve a invocar a Yoko Ono, que como todo el mundo debería saber, es, dependiendo del día, marciana madre o langosta mayor del reino. Alguien toca una y otra vez algo que suena como la bocina de un auto de choque.

A juzgar por la manera de cantar de Fred, se ha desatado un drama que nosotros no podemos presenciar y mucho menos, entender. De eso se trata. Tú escucha la música, escucha a Fred enumerar una de las listas de criaturas marinas más increíbles de todos los tiempos. Acompañando a cada nombre, Kate y Cindy, recrean sonidos que, en teoría son propios de la especie citada. Una raya, una manta raya, una medusa, un bagre, un narval, incluso una piraña, como si esto fuera ya una producción de Roger Corman en la que las pirañas campan a sus anchas por la mar salada. Todo reviente cuando se menciona a la ballena biquini, que solamente existe en esta dimensión de la irrealidad. Entonces llega el crescendo. Cindy grita como si acabara de ver a la Criatura de la Laguna Negra. Fred repite una y otra vez el estribillo, Kate también, pero haciendo sus gorgoritos. El ritmo, y la Mosrite pegada a la batería, siguen avanzando como si fuera imposible parar. Hasta que todo se detiene y la canción se termina. De repente. Ya estás tan acostumbrado a esa película sin imágenes que cuesta un poco regresar a la realidad. Afortunadamente, aún queda todo un verano por delante y ese álbum amarillo, que es un flotador de colores hecho en Marte.

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