Arte y fotografía

"¿Qué le parece, maestro?": Manuel Benedito, el alumno que se hizo grande bajo el ala de Sorolla

  • Canto VII de la Divina Comedia. El Infierno del Dante (Dante y Virgilio), 1904.
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VALÈNCIA. Hay quien dice que es mejor no conocer a tus ídolos para evitar posibles decepciones. Esta historia demuestra que los dichos populares no siempre aciertan. Fue en el año 1894 cuando, movido por su ambición tras terminar sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de València, un entonces joven Manuel Benedito acudió al encuentro del que se convertiría en maestro y figura clave en su trayectoria, especialmente durante sus primeros años. No es otro que Joaquín Sorolla.

Procedente de una familia que poco tenía que ver con el mundo de las artes plásticas, fue gracias a la insistente intervención de su padre, el reputado taxidermista José María Benedito, que logró agendar un primer encuentro con el afamado pintor, una reunión que tuvo lugar, cómo no, en la playa que tantas alegrías le dio a Sorolla, donde Benedito se empapó de esa pintura al aire libre que el genio valenciano llevó por bandera. 

"El padre de Manuel Benedito entiende que tiene un hijo que tiene aptitudes artísticas y lo fomenta. Por aquel entonces Sorolla venía a pintar al Cabanyal, un tiempo en el que ya tenía un gran prestigio nacional. Aunque normalmente no quería que le dieran la vara, el padre fue muy tenaz y consiguió hacerse escuchar por Sorolla, llevándole pinturas de su hijo”, relata Pascual Masiá, vicepresidente de la Fundación Manuel Benedito y comisario de la exposición El pintor y los modelos, que se puede visitar hasta final de mes en el Museu de la Ciutat -por cierto, futura sede temporal de los fondos de Sorolla de la Hispanic Society of America-.

  • Exposición en el Museu de la Ciutat -

El padre del artista logró tender un puente que no acabaría en la costa valenciana, pues a partir de ahí se construyó una relación que se afianzó pocos meses después de ese primer encuentro, ya en Madrid, donde el joven Benedito pasó a trabajar en su estudio, ubicado en el Pasaje de la Alhambra, un taller donde compartió espacio con otros aprendices, una feliz etapa de la que dejó constancia en numerosas cartas familiares en las que subrayaba las “grandes conversaciones” que tenía con el artista.

Con su hermano Francisco como compañero de viaje, el pintor ‘rompió mano’ durante cerca de dos años tanto en el taller de Sorolla como en el Círculo de Bellas Artes, donde continuó su formación, hasta la apertura de su propio estudio en Madrid, aunque sin dejar de trabajar de la mano del que ya era su maestro, que le influenció profundamente durante esos primeros años de producción.

Y entonces, llegó Roma. Junto a Eduardo Chicharro, Benedito fue un de los becados para formarse en la Academia de España en Roma, un proceso de selección del que estuvo bien atento Sorolla, así como tras su desembarco en Italia, un periodo en el que se convirtió en una voz clave para su producción. "Durante el tiempo que está en Roma su relación sigue siendo muy estrecha. Hay una devoción y una admiración absoluta de Benedito hacia Sorolla. De hecho, cada vez que Benedito tenía que hacer los envíos de obra consulta con Sorolla, le pregunta, le enseña sus ideas, composiciones... Esas comunicaciones, además, son muy directas. Desde luego está muy atento a lo que le dice”, señala Masiá. 

  • El Infierno (estudio), 1904. -

Efectivamente, las correspondencia registrada entre ambos da cuenta de una confianza absoluta entre uno y otro. “¿Qué le parece de todo esto, maestro? [...] Espero con ansia su opinión autorizada”, señala en una de las misivas, fechada en 1900. En ese momento Benedito está desarrollando el primer envío que debía hacer como pensionado, La infancia de Baco, sobre el que Sorolla le da apuntes en cuanto a la composición e incluso sobre la inconveniencia de pintar al aire libre por el frío.

Es con el último envío como pensionado, para el que eligió como tema el Canto VII del Infierno del Dante, cuando queda negro sobre blanco esa relación de confianza y, también, la diferencia de pareceres entre maestro y discípulo. "En este proyecto discute con Sorolla porque no entiende la idea del díptico, no le gusta”, señala Pascual Masiá. 

El valenciano se muestra contrario a la solución de Benedito, una opción que “nadie comprenderá”, decía, una opinión que en este caso no fue asumida por el ‘alumno’, aunque sí aceptó otras propuestas como un cambio en la posición de Dante y Virgilio. La parte superior del díptico, por cierto, ha salido por primera vez de la Fundación Manuel Benedito para formar parte de la muestra en el Museu de la Ciutat, mientras que la parte inferior se encuentra en Santiago de Chile, una muestra que da buena cuenta de la relación entre uno y otro. 

  • El Infierno. Condenado (estudio), 1903. -

"Hasta que termina la pensión en Roma, la influencia y el criterio de Sorolla está muy presente en todo lo que hace Benedito. A partir de ahí, la relación sigue siendo muy afectuosa, hay mucha correspondencia familiar que lo demuestra [...] Eso no quita que a partir de 1905 busque otro camino". Ese otro camino, con todo, está constantemente vinculado a Sorolla, no solo por lo que respecta a una comunicación muy frecuente sino también con proyectos como el ambicioso Palacio de las Artes e Industrias en València en el que, aunque nunca se materializó, estuvo muy implicado Benedito, quien nunca dejó de mostrar su admiración a su maestro.

"Lo consideraba la tercera pata de la Historia del Arte español: Velázquez, Goya y Sorolla”, explica Masiá. Tanto es así que Benedito fue nombrado albacea testamentario de Sorolla y acaba siendo el primer presidente del patronato del Museo Sorolla. Una de las últimas muestras de ese afecto quedó registrada, precisamente, en una entrevista a Benedito realizada pocos meses antes de su fallecimiento, en Radio Nacional de España, con motivo del centenario del nacimiento de Sorolla, en la que dejó negro sobre blanco su admiración y en la que declaro que “todo lo que yo haya llegado a ser en el campo del arte” se lo debe “exclusivamente a él”.

  • Canto VII de la Divina Comedia. El Infierno del Dante (El suplicio de los avaros), 1904 -
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