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Vicente Ferrer: "Hay una sensación de desamparo ante la justicia cuando un delito prescribe"

El autor novela en 'Despiece' su infancia, atravesada por unos abusos sexuales que prescribieron cuando pudo compartir su experiencia

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VALÈNCIA. ¿Qué le ocurre a una infancia atravesada por los abusos sexuales? ¿Qué silencios provoca? ¿Qué huella queda en el futuro? Son preguntas inevitables en cualquier acercamiento a una realidad que abruma, pero Vicente Ferrer quiere añadir otras cuestiones: ¿Cuánta violencia acompaña, desde otros lugares, a la infancia y se suma al trauma por los abusos? ¿De qué manera sobreponerse? ¿Hay un tiempo establecido para la superación de un trauma? 

Lejos de querer contestarlas, el valenciano ha querido contar, de una manera velada, su propio testimonio en Despiece (Dos Bigotes, 2026), una novela que describe la infancia de un niño “normal” violado durante años por su profesor de Educación Física. La historia empieza en los 90, pero no tiene un cierre claro en el presente, cuando se atreve a hablar pero la justicia ha dictaminado la prescripción de los delitos.

En todo caso, la fortaleza de la novela es ir mucho más allá del trauma y desplegar, un apenas 150 páginas, el retrato de una infancia con capas y capas que van generando una identidad. También un silencio. 

—El libro trata temas muy sensibles que pueden acabar capitalizando las preguntas, pero da la sensación de que el libro va bastante más allá. No habla de un episodio aislado, sino casi de una infancia entera y de cómo en la propia identidad confluyen otras cuestiones de esa etapa.

—Sí, me encanta escucharte esa lectura porque realmente es así. Yo sabía que tenía que escribir sobre los abusos, que ese era el motor, pero también sabía que no quería hacer una historia confesional. No quería escribir una historia sobre lo horrible que son los abusos o sobre el dolor que conllevan. Son historias que he leído y que en algún momento me han podido ayudar o gustar, y que incluso he recomendado, pero no era la historia que yo quería contar.

Para mí era más importante, no sé si trascender los abusos, pero sí poner sobre la mesa que solemos relacionarlos con una familia desestructurada, muchos problemas o señales muy claras de que algo está ocurriendo. Como si fuera una excepción. Y yo quería hablar de una familia de los años noventa, de clase trabajadora, con un hijo y una hija, con el trabajo en el centro de su vida porque sueñan con que sus hijos tengan una vida mejor… Una familia muy normal, como cientos de miles de familias en España.

También me interesaba mucho el contexto de la época, hablar de los años noventa. No se hablaba de estas cosas, y todavía queda mucho por hacer, pero entonces no había léxico para describir este tipo de sucesos. Tampoco para cuestiones relacionadas con la orientación sexual, la diversidad de género o la violencia de género. Cuando no hay palabras, es muy difícil identificar lo que ocurre, articularlo y compartirlo.

Entonces la historia va más sobre eso. Está claro que aparecen los abusos, pero la idea es que el lector se encuentre también con otras cosas y reflexione sobre lo que significa ser un niño.

—El elemento que atraviesa toda la historia es el silencio. Y no solo es provocado por los abusos. Las cien primeras páginas hablan, esencialmente, de la violencia de otros niños, o del profesorado, de la vergüenza, de la inocencia… Todo eso también cataliza el silencio. Y parece que, cuando llegan los abusos, el personaje ya había acostumbrado a callar y a asumir que tenía que pasar solo por todo eso.

— Creo que eso ocurre mucho en la infancia. El personaje nunca dice “Me siento solo” o “No me atrevo a hablar”, pero está todo el peso de las vivencias que no le permiten hablar.  Por un lado, nos olvidamos de cómo es un niño, de cómo piensan y ven el mundo. Los niños son hipersensibles, hipervulnerables, capaces de crearse un mundo paralelo y de llegar a conclusiones que pueden ser erróneas. Algo que para un adulto puede ser una tontería, para un niño puede convertirse en el germen de un trauma y ser determinante en la construcción de su identidad. Y también en positivo: no todos los impactos son negativos, pero están ahí.

Luego está lo que el niño ve. En el tema de la educación, por ejemplo: puedes decirle a un niño que no diga palabrotas, pero si delante de él estás todo el día diciendo tacos, eso es lo que va a absorber. El mensaje que percibe este niño tiene que ver con hacer caso a los mayores, estar callado, ser “bueno” y hacer lo que le diga el resto.

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—Antes de hablar de los capítulos en los que aparecen los abusos, te quería preguntar por otro elemento transversal: las escenas relacionadas con el deporte. La relación de los niños con el deporte puede ser conflictiva, liberadora o ambas cosas a la vez.

—Por un lado, el agresor es un profesor de educación física, así que tenía sentido que el niño estuviera muy apegado a esa asignatura y al deporte en general, y que el agresor fuera un referente al que admira. Los niños tienen muy pocos referentes: sus padres, algún familiar, quizá un vecino y sus profesores. Su mundo es muy reducido.

Por otro lado, me interesaba el deporte como punto de socialización en la infancia. A través del deporte —y del juego— se generan códigos no escritos. No es lo mismo jugar al fútbol que al baloncesto, ser bueno o ser malo. Eso abre o cierra puertas. Son dinámicas que funcionan casi como un pase premium para la socialización durante la infancia.

Para mí era importante potenciar ese nexo: un niño que desea, admira y busca la aprobación de esa persona, y al mismo tiempo mostrar cómo el deporte estructura las relaciones sociales entre niños. Es algo muy clave y muy claro en la infancia.

—Hay obras que se abanderan como muy sensibles hacia los abusos sexuales, pero luego la forma en la que están escritas demuestra que no hay ese acercamiento cuidadoso. Es un equilibrio complicado de sostener, y en tu caso, además, no estás escribiendo desde la nada, sino desde una experiencia propia. ¿Qué cuidados —o incluso descuidos— fueron apareciendo cuando te enfrentabas a estas escenas más explícitas?

—Yo diría que, tanto en estas escenas como en muchas otras partes del libro, trato más de evocar. Intento que el texto dé algunas pistas, algunas piezas, pero que el lector no tenga todo completamente definido: ni cómo es todo ni cómo se siente el personaje al cien por cien. También porque el propio personaje no lo sabe.

Como lector, me interesa mucho más cuando una historia no te lo da todo, cuando te ofrece los elementos suficientes para no perderte, pero al mismo tiempo te hace sentir que estás dentro. Esa era una de las voluntades.

La última escena de la infancia es la más explícita y la más dura. Ahí hubo una decisión: ¿quieres escribir esta escena o no? ¿Quieres quedarte en el terreno de la metáfora, bordeando la agresión, o quieres detenerte ahí? La novela construye una tensión que está presente durante muchos capítulos y que se va haciendo cada vez más aguda. Para mí era importante detenerse en ese punto y decir: estamos aquí, el niño no se pudo escapar y el lector tampoco. Y no pasa nada. Es un hecho. Estas cosas ocurren.

Al final, lo que intento es una búsqueda de la verdad. Y la verdad no es buena ni mala, es verdad. Puede parecer duro, pero también me parece más rico cuando la novela te lleva ahí poco a poco, sin insistir constantemente en lo terrible que es todo. En la novela también hay ternura, juegos, distracciones. Eso es la vida: incluso atravesando el peor momento, no todo es dolor. Además, desde un punto de vista literario, si estás repitiendo constantemente “qué dolor, qué dolor, qué dolor”, cuando llega el dolor fuerte ya no impacta. Hay una voluntad de construir ese contraste. 

Con suerte, eso genera en el lector una sensación de conflicto. Estás disfrutando de la lectura (incluso puedes reír en algunos momentos) pero al mismo tiempo sabes que hay algo que está ocurriendo o que va a ocurrir.

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—El libro empieza relatando la imposibilidad de acceder a la memoria judicial por no haberte personado en su momento en la causa. ¿Te has tomado la escritura de esta novela como una manera de contraponerse al silencio que impuso, primero el trauma, y luego la burocracia?

—Sí, hay una voluntad casi política, o de denuncia. Hay una sensación de desamparo ante el sistema judicial cuando un delito prescribe. Ahora los delitos por violencia sexual infantil empiezan  a prescribir a partir de los 35 años de la víctima, pero es una reforma reciente [antes empezaba a correr el plazo cuando cumplía 18]. Pero estas leyes no tienen efecto retroactivo, lo que significa que hay toda una generación —por no decir varias— que está en una situación como la mía.

La justicia te dice: denuncia los hechos. Y al mismo tiempo te dice: es demasiado tarde, ha pasado mucho tiempo, olvídate y sigue tu vida. Para mí era importante poner eso sobre la mesa: esto existe, ¿qué hacemos con ello? No doy una respuesta, pero me interesaba plantear la pregunta.

Hay una escena hacia el final, cuando el personaje está a punto de llamar al timbre del colegio, que funciona casi como una metáfora. Es como decir: hasta aquí he llegado solo; si doy más pasos, no lo haré solo, sino acompañado. Para mí esa escena simboliza el posible impacto del libro desde un punto de vista más político: qué pasaría si la literatura pudiera influir en la vida. Yo creo que puede.

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