VALÈNCIA. La ópera prima de Aina Clotet en la dirección parte de una premisa muy clara. Una mujer de 40 años acaba de superar un cáncer de mama, ha sido sometida a una mastectomía y se encuentra en un momento de impase en su vida. Mantiene una relación estable desde hace años con un hombre, es una científica reconocida, pero su vuelta a la realidad después de la enfermedad la enfrentará a una especie de vacío existencial.
Ya no encaja con su pareja, tampoco en el trabajo, ni en sus relaciones con sus amistades. Se siente extraña en su cuerpo, su identidad, de alguna forma, se ha transformado y tiene que volver a reencontrarse a sí misma.
La directora plantea el redescubrimiento del propio cuerpo como una especie de revolución. La protagonista se sentirá atraída por un joven mucho menor que ella y el deseo y las ganas de explorar situaciones que se escapen de su control, se apoderarán de ella.
Viva se presentó en la pasada Semana de la Crítica en el Festival de Cannes y fue reconocida con una mención a la mejor primera película. La directora quería hablar de la soledad, de las relaciones de dependencia emocional, pero en el momento en el que el cáncer entró dentro de la narración, lo inundó todo. Y es que resulta de lo más valiente empezar una película con una mamografía, un pecho aplastado bajo la sospecha que puede albergar algo malo en su interior.
Esa pulsión de vida y muerte estará presente en toda la película. No siempre el tono resulta el adecuado, ya que a veces no sabemos si nos encontramos ante una comedia romántica, un drama sobre la enfermedad o una reivindicación feminista alrededor de algunos temas que circunscriben la trama: el empoderamiento en un entorno profesional masculino, el miedo a quedarse sola, la sensación de sentirse extraña en el propio cuerpo y el miedo a todo. Pero, en definitiva, ahí está el estigma, en el miedo a perder lo que se ha conseguido, a no ser comprendida, a generar rechazo a consecuencia de las decisiones que se toman, al miedo a morir, a desaparecer y no haber exprimido a tope tu tiempo, en definitiva.
Vivir, como su nombre indica, no es una película pesimista. Es un canto a las segundas oportunidades, a la necesidad de seguir adelante a pesar de los prejuicios. Es una película orgánica, tan imperfecta como reveladora, con sus fallos y sus virtudes, que se nutre de las pulsiones atávicas para configurar un relato reivindicativo que sitúa a una mujer madura en el centro de un relato que es solo suyo.
