Polideportivo

ANÁLISIS | LA CANTINA

Correr por la Formentera más rural

  • Foto: Giuseppe Fontani.
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VALÈNCIA. Formentera parece vivir ajena a los goles de Harry Kane y Leo Messi. La isla sigue a su ritmo tranquilo aunque cada año con un perfil más antipático: más cara, más inaccesible, más italiana. Pero nada en el mundo impedirá que siga siendo un pedazo de tierra rodeado de agua con una interminable gama de azules. Lejos de las calas y los pueblos está la Formentera rural, igual de atractiva a poco que tengas un mínimo de sensibilidad. Ahí me entrego cada año en cuanto amanece.

Lo cuento cada año porque cada año me fascina. Correr en Formentera es un regalo sensorial mientras la isla duerme. Es obligado madrugar, madrugar mucho, o el sol inclemente dictará sentencia. Pero vale la pena. Con los primeros rayos te lanzas a correr y mientras el cuerpo se despierta, la mente se recoloca. A mí correr me pone en el sitio. La imaginación vuela para que los kilómetros pasen sin darte cuenta, pero también es un buen momento para ordenar tu cabeza, para analizar los problemas desde otro prisma más mundano. Hay tiempo de sobra para que surja una idea genial para tu próximo artículo.

Estos caminos del interior casi siempre son solitarios. No pasa nadie. Quizá, muy de vez en cuando, una moto o un coche de algún lugareño que se va a trabajar. El canto de los gallos rompe el silencio mientras gorjean los pájaros joviales al inicio del día. Pero ahí y ahora manda el sonido de mis zancadas. El zapateado contra los senderos polvorientos en los que conviene ir bien atento si no quieres que se te tuerza el pie con una piedra.

La brisa es tu mejor aliada y la sombra de los árboles, el mejor regalo.

Cualquier cosa aparentemente anodina es una distracción que ocupa tu mente durante unos segundos. Un erizo en un lado del camino. Unas cabras que pastan tranquilamente mientras te miran de soslayo. El vuelo de unas palomas silvestres que te sorprenden por un flanco. Pero aquí la distracción es el paisaje. Algún año lo fueron los cultivos que hay camino del faro de la Mola y su imponente acantilado, un balcón al mar deslumbrante de Formentera. Otro año fue esa lámina de agua del Estany Pudent, una vuelta de unos diez kilómetros mientras te deleitas con los reflejos de ese espejo líquido. O las pasarelas de madera que te llevan en paralelo por la playa de Migjorn. O ese camino polvorientos hacia Illetes, la octava maravilla del mundo.

Esta vez ha tocado Es Cap de Barbaria y su intrincada red de senderos. Y como cada año, cada zona de la isla te ofrece un desafío. O te lo ingenias tú directamente. Este año es el famoso faro de ‘Lucía y el sexo’, la famosa película de Julio Medem. El destino está a siete kilómetros de nuestra casa y eso obliga a madrugar más aún para hacer los 14 kilómetros, ida y vuelta, y una breve parada para admirar la imponente caída de 100 metros.

Este año corro con el recuerdo fresco de la Mitja Marató de Formentera, el reto de los retos. Una carrera que ha sido más que un medio maratón. Esta prueba me ha permitido experimentar lo que es cruzar la isla de punta a punta. Ya nunca volveré a verla igual para cada palmo de la carretera me recordará aquella tarde de calor asfixiante. Objetivo cumplido. Formentera mi hizo un regalo. Otro más.

  • Foto: Giuseppe Fontani. -

 

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