El menú número 27 (II)

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NOTICIAS DE ORIENTE
Publicado: 20/09/2026 · 06:00
Actualizado: 20/09/2026 · 06:00
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Recordando los memorables restaurantes chinos de mi infancia valenciana —desde el decano May Lin hasta llegar a Zen (probablemente el mejor pato Pekín de España), pasando por la Gran Muralla, Mey Mey y Tsi Sing— siempre me chocó una circunstancia: que uno llegase con la pretensión de darse un festín de comida genuinamente china y luego se encontrase con deliciosos platos algo “tuneados”, que tenían ingredientes de origen más que diverso: chino, obviamente, pero también español, e incluso, en una etapa posterior, de proveniencia japonesa o vietnamita y todo ello para hacérselo digerible al respetable neófito en esa gran tradición culinaria milenaria. Y este rechazo palmario de la pureza realmente no escandalizaba a nadie porque aquella comida mestiza estaba realmente sabrosa. Cuando tuve la oportunidad de vivir en China me di cuenta de la enorme diferencia que había entre la comida en China y la comida china en España. Es cierto que poco tenían que ver y que la comida en China era infinitamente más sofisticada, rica en matices, diversa y genuina. Pero tengo que reconocer que la comida china en España, adaptada al gusto español, no era nada desdeñable. El camarero traía el plato, uno lo comía y, si estaba bueno, no había ninguna discusión.

Quizás esta sea la forma más sabia de comprender en qué consiste el fenómeno de la globalización en la actualidad. Equivocadamente y durante mucho tiempo hemos considerado que las naciones tenían dinámicas parecidas al funcionamiento de los restaurantes. Es decir, que cada restaurante se caracterizaría por su propia cocina, perfectamente perfilada e identificada, por sus recetas singulares, por sus ingredientes propios y por una tradición gastronómica inevitablemente ligada al orgullo patrio. Así, visualizando la situación de esta manera, los diferentes países serían como islas aisladas y desconfiadas las unas de las otras.

Pero es una conclusión superada y que poco tiene que ver con la complejidad de la realidad actual. En efecto, de fronteras parece que los únicos que entienden son los políticos retrógrados e interesados en mantener su corral sometido a sus designios. Pero ni los coches, ni los semiconductores, ni las baterías ni las cadenas de suministro saben lo que son las fronteras.

Y es en este punto donde el baile de Geely, Gotion, Volkswagen y Ford en Valencia resulta especialmente interesante. Y esto es así porque, en un perímetro de pocos kilómetros cuadrados, somos testigos de un experimento que mezcla empresas americanas con empresas chinas y alemanas. Y esta unión tiene como objetivo encontrar las formas de fabricar los automóviles del futuro, los que conducirán los europeos durante las próximas décadas. ¿Por qué funciona y cuál es el incentivo para que esta variopinta compañía lo haga? La explicación es muy sencilla: todos quieren ganar dinero. Ni más ni menos. Y es que el sistema capitalista tiene algunas cualidades positivas que los políticos olvidan. Muchas veces la política está atrapada en categorías rígidas, solemnes y profundamente ideológicas. Me refiero a la idea de soberanía, de alianzas estratégicas, de realpolitik, de interés nacional, de contrapesos y equilibrios. Estos conceptos son relevantes, pero, sin embargo, se difuminan ante el pragmatismo del empresario que quiere ganar dinero.

  • Foto: VP

Y es ahí donde un empresario hace las preguntas relevantes: ¿Dónde se hacen las mejores baterías? ¿Cuánto cuestan en un lugar u otro? ¿Cuánto cuesta el transporte?

Y otro empresario ve las ventajas insuperables que tiene Valencia: potente tradición manufacturera, mano de obra cualificada, infraestructuras solventes. Y ahí es cuando las inquietudes geopolíticas palidecen ante la contundencia de una hoja de Excel que, parafraseando a Blas de Otero, es un arma cargada de futuro. Y la pregunta que resume todas las demás es elemental: ¿Hay negocio? Y si la respuesta es positiva es cuando empiezan a suceder fenómenos muy singulares.

Y de repente Estados Unidos y China ya no son enemigos, sino clientes. Y por ello una empresa americana y una empresa china pueden colaborar sin que necesariamente tenga implicaciones para la seguridad nacional de ninguno de los dos países. Y el hecho de que estas dos empresas americanas y chinas colaboren no implicará que sean tachadas de traidoras a la patria. Y aquí también aparece Europa, cuyo interés es poder tener relaciones económicas con chinos y americanos sin tener que decantarse por unos o por otros y cuyas actuaciones estén presididas por los intereses europeos. Es cierto que estas situaciones no están exentas de tensiones y muchas veces no son nada fáciles. Y hay sectores económicos más sensibles, como obviamente el militar. Es igualmente acertado que China y Estados Unidos están en la carrera por la hegemonía mundial. Y, por lo tanto, compiten en muchos ámbitos: los mercados, la tecnología, la influencia en el mundo, etcétera. Además, sus sistemas políticos son muy distintos y están enfrentados frontalmente en cuestiones como la seguridad, el comercio, la IA, el petróleo, el orden internacional y, obviamente, Taiwán.

Pero competir no es destruirse ni exterminarse. Y aquí regresa Tucídides nuevamente.

El contenido de la teoría del profesor Allison ya lo expliqué en mi artículo anterior. En todo caso, no parece inteligente concluir que China y Estados Unidos no podrán evitar el conflicto. Más bien al contrario: la enseñanza debería ser consistente con el sentido de la Historia, que no es otro que tratar de evitar que cometamos precisamente los mismos errores. Y un buen aprendizaje de la Historia debe apuntar a evitar los precedentes cuyas consecuencias fueron nefastas.

Aquí tenemos alguna razón para el optimismo y para evitar situaciones catastróficas de enfrentamiento que el mundo no se puede permitir bajo ningún concepto, ya que podrían suponer su aniquilación irreversible. Me refiero a la interdependencia que existe en la actualidad entre los diferentes países. Esto hace muy, muy complicado que resulte directamente aplicable el precedente del conflicto entre Atenas y Esparta a nuestra situación actual. En este sentido, Estados Unidos requiere la estabilidad estructural de las cadenas de suministro, China necesita colocar su inmensa producción y Europa requiere tecnología. Y todos están igualmente sedientos, finalmente, de consumidores y de materias primas. Y esto resulta en que se necesitan los unos a los otros.

Esta dependencia mutua no elimina, obviamente, el conflicto, pero lo que provoca de forma directa es que el coste de ese conflicto potencial sea salvajemente alto. Tan alto que no nos lo podemos permitir. En este sentido, la izquierda y la derecha radicales se han quejado de la globalización hasta el hartazgo por razones diferentes, pero sí coincidían en el mencionado riesgo de depender unos de otros. Como si esa dependencia se pudiera evitar en las relaciones humanas más atractivas, como el amor y la amistad. En todo caso, dentro de esta situación aparentemente negativa hay un beneficio: no siendo una garantía a prueba de balas, sencillamente hace algo más complicado que nos matemos los unos a los otros. Y eso ya es bastante. Aunque a veces la estulticia humana es infinita.

  • Archivo - El presidente de Ford Europa, Jim Baumbick, y el vicepresidente ejecutivo de Geely Holding Group, Victor Young

Por ello me parece delicioso lo que está sucediendo en nuestra querida Valencia. Valencia no es un centro de poder mundial como Washington, Pekín o Bruselas. Pero es el sitio donde podemos observar con nitidez hacia dónde puede ir el mundo si lo hacemos bien. Y nada más ilustrativo que el automóvil para explicar esta idea. El automóvil moderno es un producto claramente colectivo que requiere mano de obra de trabajadores especializados, insumos y piezas que provienen de diferentes países; es muy intensivo en capital de orígenes muy diversos y utiliza tecnologías desarrolladas en ubicaciones distintas y durante décadas. Y al final, el conductor se sienta, acerca la llave electrónica a un lector de arranque y, ¡el coche funciona!

Eso es lo más importante y, de hecho, lo único que importa.

Y esto es el resultado de la globalización. Una globalización evolucionada, menos ingenua, menos etnocéntrica y con menos sesgos liberales. Durante un tiempo pensamos que el comercio global y los intercambios nos harían más iguales y que acabaríamos compartiendo un sistema democrático asentado. Y no ha sido exactamente así. China se hizo infinitamente más fuerte, pero no abrazó los principios de las democracias liberales. Estados Unidos se levantó una mañana y se dio cuenta de que muchas industrias vitales ya no estaban implantadas en su territorio. Europa, la reina de la regulación, cayó en la cuenta de que su dependencia de proveedores exteriores era total. Y todos tuvimos que reconocer que la eficiencia total o las rentabilidades disparadas pueden salir muy caras cuando tiene lugar una pandemia, una guerra regional o el bloqueo de una vía marítima esencial. Esta circunstancia hace que la seguridad, la prudencia y la diversificación se hayan convertido en claves para la gestión de la cosa pública.

Esto no significa menos globalización, pero sí una globalización más inteligente. Y esta se evidencia en los ambiciosos proyectos de Almussafes y Sagunto. Y aquí Europa puede estar dando ejemplo. No se trata de fabricar todo nosotros mismos, sino de integrar lo mejor de cada uno. Por un lado, Estados Unidos sigue teniendo una capacidad empresarial y tecnológica sobresaliente. China cuenta con una potencia manufacturera sin parangón. Alemania, con una cultura industrial legendaria. Y España cuenta con una envidiable posición geográfica, una mano de obra cualificada y más económica que en otros lugares de Europa continental y unas infraestructuras formidables.

Y volvemos y acabamos con el chop suey  y con el menú número 27. El chop suey no se convirtió en un plato estrella porque los americanos quisieran comer como los chinos o porque los chinos de San Francisco quisieran ajustarse a la comida china genuina. Funcionó de forma espectacular porque alguien constató que dos mundos muy diferentes podían mezclarse y producir algo nuevo y valioso. Y esto también se da en el menú número 27. Porque el mundo que viene no va a ser ni chino, ni americano, ni europeo. Va a ser un poco de todo. Y siempre y cuando prevalezcan los intereses de prosperidad común, estaremos a salvo de derivas destructivas que no son inevitables. Y no sabemos todavía qué plato acabará saliendo de esta cocina.

Pero, mientras haya negocio, pragmatismo y un poco de sentido común, quizá no esté de más sentarse juntos a la mesa. Brindo por ello.

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