Opinión

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El rapto de Europa

Publicado: 02/01/2026 ·06:00
Actualizado: 02/01/2026 · 06:00
  • El rapto de Europa de Tiziano.
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Al parecer, según las publicaciones de algún ministerio, la "comunidad cristiana" celebró la semana pasada un acontecimiento especial. El nacimiento de un tal Jesús, o algo así. Llama la atención que el Gobierno de España se dirija a los cristianos como si de una pintoresca minoría se tratasen. Defender la aconfesionalidad del Estado no debería implicar la negación de la realidad sociológica del país que gobiernas. Esta posición, más bien simplista, contrasta con la del rey Felipe VI, quien cargó su discurso navideño de referencias a Europa, cimentada sobre la herencia de las tradiciones judeocristiana y grecorromana.

 

El monarca habló desde la misma sala donde, 40 años atrás, España firmó su adhesión a la Comunidad Económica Europea: la Europa que nació como proyecto de unidad y pacificación tras la Segunda Guerra Mundial. La escenografía -con un belén dieciochesco acompañando bustos y retratos romanos- buscaba subrayar el peso de las tradiciones clásicas y cristianas que, junto al legado ilustrado, sustentan los valores europeos actuales: dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho y derechos humanos.

 

Estas recientes postales navideñas ilustran dos visiones enfrentadas en una latente batalla. Por un lado, quienes entienden que la civilización occidental es fruto de un proceso histórico; por otro, quienes actúan como si la sociedad actual surgiera por generación espontánea. Entre ambos posicionamientos se abre la distancia que separa la cultura y el analfabetismo. Es la diferencia entre el que reflexiona y el que se limita a aceptar.

 

Reivindicar Europa es reconocer esa herencia. Lo hacemos a menudo de forma casi inconsciente, lo que demuestra que la conciencia europea está más arraigada de lo que creemos. En el caso de los valencianos, lo vemos cada 9 d’Octubre, cuando recordamos que la conquista de Jaume I en 1238 abrió definitivamente las puertas del territorio a Europa, heredera de la tradición política carolingia. Y no es casual que Carlomagno fuese coronado emperador un día de Navidad.

 

Jaume I implantó aquí una lengua de raíz latina, un derecho inspirado en el romano y una religión que todavía perduran. Olvidar sus orígenes sería amputar una parte esencial de nuestra identidad.

 

Reducir el cristianismo a algo anecdótico o irrelevante, como hace el Gobierno de España, es tan absurdo como ningunear, por ejemplo, el valenciano. Quienes tratan de acotarlo a los ámbitos más costumbristas, como una lengua de segunda, desprecian un idioma hablado por millones de personas y con un peso notable en la historia de la literatura universal. Lengua y religión forman, nos guste o no, parte del sustrato histórico del que nacen las identidades colectivas.

 

El relativismo promovido con actitud mezquina desde el Gobierno erosiona ese legado cultural. Pretender que todo vale por igual solo puede responder a dos causas: falta de criterio o tenerlo sibilinamente definido en aras de implantar un modelo social nuevo, en el que nadie sabe de dónde viene. Y sin punto de origen es difícil tener punto de destino. Es decir, saber hacia dónde vamos. Es, en cualquier caso, una vía tan sencilla como peligrosa para conseguir sociedades cada vez más ignorantes. Las sociedades desprovistas de raíces son más fáciles de desorientar y empobrecer.

 

En lugar de raptar los orígenes, el deber de un gobernante es reconocer y defender las bases de su cultura. No de una forma hermética al cambio y la transformación, sino promoviendo el respeto y la tolerancia a la diferencia. Fomentando, en definitiva, un pluralismo enriquecedor. Ahora bien, solo se puede enriquecer lo que ya existe; lo contrario es destruir cimientos para inventar nuevos escenarios sobre sus ruinas. Eso no es avance, es extravío.

 

El propio origen de Europa remite a la diversidad. Mitológicamente, el rapto de la bella Europa por el dios Zeus evocaba la fusión de los mundos fenicio, cretense y griego. Etimológicamente, su nombre procede de los términos griegos eurys (ancho) y ops (rostro o mirada), lo que daría como resultado una “mirada amplia” o un “horizonte extenso”.

 

Esa mirada es la que una sociedad exige a sus gobernantes para no quedar desorientada. Una comunidad despojada de valores y de identidad pierde la conciencia de sí misma y, en consecuencia, se vuelve vulnerable. La amenaza no procede de minorías venidas de otros lugares, como afirman los discursos extremistas. Proviene de grandes potencias que, con sus vastos arsenales, industrias y capital, presionan sin descanso a la Europa que fue cuna de la civilización occidental. Y la que, no lo olvidemos, mayores cuotas de progreso ha concedido a la humanidad.

 

Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia.

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