El pasado lunes, a las nueve de la mañana, el presidente Sánchez compareció para darnos su versión de la situación política española y convocar elecciones que se celebrarán el próximo 29 de noviembre. Los analistas han sugerido varias claves. Por un lado, el presidente se atribuido muchos méritos: la economía crece más rápidamente en España que en los demás países europeos, las rentas de las familias se han triplicado, su política de oposición a Trump es un éxito, su apoyo a Ucrania es muy positivo, es víctima de una guerra judicial, ha hecho una ambiciosa política de vivienda, la mayoría social lo apoya… Por otro lado, la inflación ya roza el 5%, el precio de la energía no decrecerá en el futuro inmediato, las rentas de las familias siguen por debajo de la media europea, su sumisión de Marruecos resulta excesiva, la frontera sureña europea es demasiado porosa, las condenas e investigaciones por corrupción siguen adelante, los precios de las viviendas y los alquileres han aumentado mucho más que los salarios… Además, algunas de sus afirmaciones son dudosamente democráticas: gobernaría sin el Parlamento, los diputados pisotean los derechos de las gentes, ha abusado de los decretos (un tipo de medida prevista exclusivamente para situaciones de excepcional urgencia.) Y va culminar esa trayectoria haciendo que la Diputación Permanente del Congreso apruebe los dos decretos sobre viviendas que han rechazado la mayoría de los diputados. ¿No es un duro golpe a la democracia representativa?
Por mi parte, me centraré la clave catalana. La noche de las pasadas elecciones Sánchez gritó "¡Somos más!". En realidad, la suma de los votos del PSOE, Sumar, Reunirse, BNG e IRC era menor que la suma de PP y Vox. Así que Sánchez fue presidente solo porque lo apoyaron el PNV y Juntos por Cataluña, dos partidos que nadie sensato calificaría de izquierdas. En resumen, no había ninguna mayoría progresista. Y el apoyo de Juntos se hizo a costa de indultar a los sediciosos catalanes de 2017, eliminar el delito de sedición, reducir el de malversación y, finalmente, amnistiarlos. Para colmo, tuvimos que oír al ministro de Asuntos Exteriores decir que su prioridad era lograr que el catalán fuese aceptado como lengua oficial de la Unión Europea. O sea, no Gibraltar, ni Ceuta, sino el idioma catalán en Europa. Y tuvimos que oír a la ministra de Hacienda explicarnos que la posibilidad de que el gobierno catalán recaudase y administrase todos los impuestos era beneficioso para el resto de España y, en particular, para Murcia. O que también lo era asumir las deudas autonómicas, una medida que, en realidad, consistía en transferirlas a la Hacienda española. Lo que normalmente habría sido tildado de “recentralización” se había convertido milagrosamente en una “condonación”. Y todo porque la región con una deuda más cuantiosa era Cataluña, pero no porque estuviese infrafinanciada, como Murcia, sino por una gestión escasamente rigurosa.
Doble fracaso de Rufián: ni ha conseguido que Sánchez no convocase las elecciones ni ha conseguido la unificación de las izquierdas soberanistas con las separatistas"
En resumen, esta legislatura empezó gracias al pacto establecido entre Juntos y el PSOE. Después, salvo el “mediador internacional” de testigo, los interlocutores fueron perseguidos por la Justicia: Puigdemont, por sedición y malversación; Cerdán y Zapatero, solo por corrupción.
Pues bien, la legislatura ha acabado por una causa catalana. Por lado, Juntos, que la inició, ha retirado su apoyo a Sánchez. Y era de esperar: una vez amnistiados los últimos sediciosos, entre ellos Puigdemont, gracias la intervención del Tribunal Constitucional, han primado sus concepciones socioeconómicas, muy distantes del socialismo. Por si eso no bastase, los resultados de la encuesta, que predecía el crecimiento de Alianza Catalana, los convenció definitivamente de la urgencia de desmarcarse de Sánchez. En mi opinión, este último factor ha sido determinante, pues esa encuesta también predecía que Alianza alcanzaría al PSC. Y la había publicado un diario La Vanguardia, nada sospechoso, sino rabiosamente sanchista en esta etapa. No me extrañaría que el presidente socialista catalán, Illa, haya llamado a Sánchez y le haya instado a convocar elecciones de inmediato, pues preferiría llegar a las elecciones autonómicas sin su colega en la Moncloa. Estas son, pues, unas elecciones españolas que han convocado dos políticos catalanes: Puigdemont e Illa.
Por cierto, con la oposición de Rufián, que quería culminar la legislatura. Doble fracaso, pues, del líder de IRC que iba a dejar el Congreso hace bastantes años: ni ha conseguido que Sánchez no convocase las elecciones, ni ha conseguido la unificación de las izquierdas soberanistas con las separatistas (cosa, por otra parte, fácil de predecir). En ese campo, solo queda Izquierda Española, una formación socialdemócrata que, cosa inusual en nuestro país, defiende la igualdad de todos los trabajadores, vivan en la región que vivan. Pero eso ya lo dejo para otro Tibio.