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TRIBUNA LIBRE
Publicado: 05/11/2026 · 06:00
Actualizado: 05/11/2026 · 06:00
  • Playa de Oliva, tras la dana Adam en octubre de 2026.
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Quiero llamar la atención de los lectores sobre el desgraciado fenómeno que está sufriendo nuestro país y, en concreto, las personas que le damos vida. 

Muchos amigos venezolanos, algunos de ellos más que amigos, me cuentan que la deriva que está tomando nuestra nación les recuerda mucho a la desgraciada situación que viven en Venezuela. Los acontecimientos políticos y sociales que estamos presenciando desde hace años les evocan lo que ellos mismos sufrieron. Incluso encuentran paralelismos en episodios aparentemente anecdóticos, como que un destacado dirigente político lleve a su bebé al Congreso. 

Como les ha sucedido a tantos venezolanos, nos estamos convirtiendo en hijos de la indefensión. Una situación que, cuando se instala, hace que terminemos acostumbrándonos incluso a las desgracias. 

Hemos sufrido una pandemia, una erupción volcánica, una catástrofe como la Dana, un apagón, una crisis migratoria en Ceuta y dos accidentes ferroviarios mortales. Perdónenme si me dejo algo. 

El problema es que, sin entrar en la etiología de los hechos, como decimos los médicos, las autoridades no siempre han estado a la altura de su responsabilidad de proteger a los ciudadanos, que son quienes, en su mayoría, pagan los impuestos para sostener los servicios públicos. Pero lo peor es que tampoco presenciamos una verdadera asunción de responsabilidades. Y nos acostumbramos a ello. 

Por no hablar —y no quiero dejármelo en el tintero— de las cifras de paro, del aumento del precio de los alimentos básicos y de la gasolina, fundamental para la actividad de muchas personas autónomas, que forman parte esencial del tejido empresarial y económico de nuestro país. 

Pagamos impuestos para que los políticos gestionen los recursos públicos, mejoren nuestra vida cotidiana y nos permitan desarrollar nuestra existencia con dignidad. En lugar de luchar entre ellos, deberían esforzarse para que la sociedad dispusiera de oportunidades sociales y económicas que le permitieran prosperar y avanzar. No les pagamos para que nos digan cómo vestir, cómo pensar o a quién adorar. 

El país se deteriora mientras ellos parecen transformar la democracia en una suerte de coprocracia. Están más interesados en las redes sociales que en mirar más allá de nuestras fronteras. Como aquellos políticos de antaño, más pendientes del espejo en el que se contemplaban que de la realidad que los rodeaba. Hablo de la mayoría, porque injustamente están tapando a la política vocacional. 

Pero no quiero terminar siendo fatalista. 

Existe una creencia bastante extendida según la cual el nombre de Venezuela nació como una denominación despectiva derivada de Venecia. Quizá algunos de ustedes hayan interpretado así el título de este escrito. Nada más lejos de mi intención. 

Una de las explicaciones históricas más conocidas sitúa el origen del nombre en 1499, cuando una expedición encabezada por Alonso de Ojeda, en la que participaron Américo Vespucio y Juan de la Cosa, exploró las costas de la actual Venezuela. Según esta interpretación, las viviendas indígenas construidas sobre pilotes de madera sobre el agua recordaron a los exploradores la ciudad italiana de Venecia. A Vespucio le recordaron a la ciudad italiana de Venecia. Por ello, y por su original belleza, bautizó el lugar como Venezziola (pequeña Venecia). Existen, sin embargo, otras hipótesis que relacionan el topónimo con las lenguas indígenas de la región, entre ellas la de los Añú. 

En cualquier caso, no pretendo utilizar el nombre de Venezuela de manera despectiva. Al llamar a nuestro país "Españuela", me refiero al temor de acabar sufriendo situaciones semejantes a las que padecen nuestros hermanos venezolanos. Pero también quiero conservar la esperanza de que vuelva a salir el sol, tanto aquí como allende los mares. De que las nuevas generaciones nos ayuden a limpiar el barro de la tristeza y el nihilismo, y que todos contribuyamos a retirar la suciedad que oculta la verdadera belleza de nuestro país: la solidaridad de sus gentes. 

Porque, como dijo Antonio Machado: "En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva". 

Gracias por leerme. Y, si comparten esta reflexión, les invito a difundirla.

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