Estamos de vacaciones, ¿o no?

Opinión

Opinión

WOMEN TALKS: APRENDIENDO DE ELLAS / CÁTEDRA MUJER EMPRESARIA Y DIRECTIVA

"Hemos viajado cientos de kilómetros para cambiar de paisaje, pero seguimos mirando la misma pantalla que mirábamos en la oficina"

Publicado: 02/08/2026 · 06:00
Actualizado: 02/08/2026 · 06:00
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

Una mujer está sentada en la orilla de la playa con el móvil en la mano. Sus hijos la llaman desde el agua para enseñarle un castillo hecho con arena, algas y mucha imaginación. Ella levanta un dedo sin apartar la vista de la pantalla: “Un momento, que termino esto”. El momento se alarga, el castillo se cae y ella consigue por fin responder a un correo marcado como “Urgente” que, en realidad, pregunta por una reunión prevista para dentro de dos semanas.

La escena se repite cada verano. Puede ser una videollamada desde un camping, un mensaje contestado en la cola de un parque acuático o alguien buscando cobertura en un chiringuito como si intentara contactar con los servicios de emergencia. Hemos viajado cientos de kilómetros para cambiar de paisaje, pero seguimos mirando la misma pantalla que mirábamos en la oficina.

¿Para qué sirven entonces las vacaciones?

En teoría, para descansar. En la práctica, descansar se ha vuelto bastante más complicado que dejar de ir a trabajar. Ahora también hay que conseguir que el trabajo no venga detrás de nosotras escondido en el móvil.

 

El mensaje empieza con un "perdona que te moleste en vacaciones", frase que suele ir seguida, precisamente, de una molestia en vacaciones"

 

El correo electrónico viaja gratis. WhatsApp no entiende de horarios. Todo parece necesitar una respuesta inmediata: una factura, un presupuesto, una duda que otro podría haber resuelto por su cuenta o ese mensaje que empieza con "perdona que te moleste en vacaciones", frase que suele ir seguida, precisamente, de una molestia en vacaciones.

El problema no son solo los tres minutos que tardamos en contestar. Es ver la notificación, pensar qué habrá pasado, abrir el mensaje, responder, revisar otro correo relacionado y quedarnos después dándole vueltas. Cuando levantamos la cabeza, el café está frío, la conversación familiar ha cambiado de tema y alguien ya ha pedido la cuenta.

Nos hemos acostumbrado tanto a estar disponibles que desconectar empieza a parecer casi una falta de educación. Si tardamos en responder, sentimos que estamos dejando a alguien tirado. Si pasamos dos días sin mirar el correo, aparece una mezcla extraña de libertad y culpa.

¿Y si ha ocurrido algo? ¿Y si me necesitan? ¿Y si piensan que paso de todo?

A veces nadie nos ha pedido realmente que estemos pendientes. Somos nosotras quienes entramos a comprobar que todo sigue en orden. Lo hacemos para quedarnos tranquilas y acabamos justo al contrario.

 

Desconectar exige renunciar durante unos días al control. Quizá por eso cuesta tanto"

 

Hay algo muy humano en ese miedo a desaparecer unos días. Nos cuesta aceptar que el trabajo pueda seguir funcionando sin nosotras. Queremos equipos autónomos, pero agradecemos secretamente que nos consulten. Nos quejamos de que nos escriben y, cuando no lo hacen, nos preguntamos qué estará pasando. Ser imprescindible tiene buena prensa, pero es agotador.

También hay empresas que no ayudan. Nadie ordena de forma expresa trabajar durante las vacaciones, pero el jefe manda correos a cualquier hora y siempre aparece alguien dispuesto a responder en treinta segundos. El mensaje se entiende sin necesidad de escribirlo: quien contesta está comprometido; quien no, ya veremos.

Descansar no es un capricho ni el premio por haber aguantado once meses. El cuerpo y la cabeza necesitan bajar el ritmo. La Organización Mundial de la Salud lleva años alertando sobre el agotamiento profesional y sus efectos. No hace falta memorizar estadísticas para reconocerlos: irritabilidad, problemas de sueño, falta de concentración y esa sensación de volver de vacaciones casi tan cansada como antes de irte.

Antes de los teléfonos inteligentes, desconectar era más sencillo porque localizar a alguien requería esfuerzo. Había que llamar al hotel, conocer el teléfono del apartamento o esperar a que la persona regresara. Solo se hacía cuando ocurría algo importante. Ahora cualquier asunto cruza medio país en segundos y aterriza en la mesa donde estamos comiendo con la familia. No llama a la puerta. Vibra.

 

La conciliación no consiste solo en estar fuera de la oficina. Consiste en que la oficina salga también de nuestra cabeza"

 

Los hijos lo notan enseguida. No necesitan grandes discursos sobre conciliación. Quieren que los miremos cuando hablan, que entremos en el agua y que veamos cómo saltan, nadan o construyen un castillo que probablemente se caerá en diez minutos.

Las parejas tampoco salen muy bien paradas. Podemos compartir habitación, coche, restaurante y destino sin compartir atención. Una contesta mensajes, el otro consulta noticias y ambos terminan enseñándose en el móvil una foto del lugar que tienen delante.

La conciliación no consiste solo en estar fuera de la oficina. Consiste en que la oficina salga también de nuestra cabeza.

En España existe el derecho a la desconexión digital. La idea parece bastante sencilla: fuera del horario de trabajo, y especialmente durante las vacaciones, deberíamos poder descansar sin estar pendientes de llamadas, correos o mensajes profesionales. El problema es que las leyes pueden regular conductas, pero lo tienen más difícil con las expectativas. Podemos silenciar el teléfono, pero no siempre silenciamos la sensación de que deberíamos mirarlo.

Por eso la responsabilidad es compartida. Las empresas deben organizar las ausencias, repartir tareas y dejar claro que las vacaciones no son una guardia encubierta. Y quienes trabajamos también tenemos que aprender a irnos: preparar los asuntos, delegar de verdad, confiar en los compañeros y aceptar que algunas cosas se resolverán de una manera distinta a como lo habríamos hecho nosotras. Desconectar exige renunciar durante unos días al control. Quizá por eso cuesta tanto.

Estar de vacaciones y sentirse de vacaciones no es lo mismo. Lo primero aparece en el calendario. Lo segundo llega cuando dejamos de mirar la hora, cuando una notificación puede esperar y cuando conseguimos estar de verdad en el lugar al que hemos ido.

La mujer de la playa termina guardando el teléfono en el bolso. Sus hijos ya han empezado a construir otro castillo unos metros más allá. Se acerca, se sienta en la arena y escucha una explicación muy seria sobre un canal que llegará hasta el agua.

El correo sigue enviado. La reunión seguirá siendo dentro de dos semanas. Y la empresa, contra todo pronóstico, continúa funcionando.

Quizá las vacaciones sirvan precisamente para recordar eso: que el mundo puede seguir girando un rato sin nuestra supervisión. Y que la pregunta no es cuántos lugares hemos visitado ni cuántos asuntos hemos resuelto desde la playa, sino cuánto tiempo hemos conseguido estar de verdad donde estábamos.

FELICES VACACIONES

 

María Dolores Rubio 

CFO / Directora Financiera

Trébol Salones de Juego, S.L.

Cátedra de la Mujer Empresaria y Directiva

Recibe toda la actualidad
Castellón Plaza

Recibe toda la actualidad de Castellón Plaza en tu correo