Llevábamos meses convencidos de que Europa había dejado atrás lo peor de la inflación. El Banco Central Europeo comenzaba a insinuar cierta relajación monetaria, los mercados parecían descontar una moderación de precios y las familias, agotadas tras dos años de tensión, empezaban a respirar. Pero la economía, como casi todo en geopolítica, rara vez concede treguas largas. Y hoy Europa vuelve a mirar con preocupación un viejo fantasma: la inflación importada por la guerra.
No hablo solo del conflicto. Hablo de su factura.
Desde el inicio de la pandemia, los precios en la eurozona acumulan un alza cercana al 20%, mientras que en España el incremento acumulado del IPC supera ya el 18%. Es decir, en apenas cinco años el coste de la vida ha subido casi una quinta parte. No es una cifra menor. Significa que mantener hoy el mismo nivel de vida que en 2019 exige casi un 20% más de renta. Y ese ajuste no lo han absorbido los salarios con la misma velocidad.
Ese es el gran desgaste silencioso de esta década: la inflación no ha sido solo un episodio coyuntural, sino una pérdida progresiva de poder adquisitivo.
La inflación de hoy ya no se parece a la de 2022; entonces el problema era abrupto, visible y generalizado; hoy el riesgo es más sofisticado y, precisamente por eso, más peligroso"
Cada vez que Oriente Medio entra en combustión, Europa paga. Y paga caro. No porque esté en el centro del conflicto, sino porque sigue estando en el centro de su dependencia energética, logística y comercial. La inestabilidad en Irak —y su capacidad de contagio sobre el conjunto de la región— vuelve a activar el mismo mecanismo que ya conocemos demasiado bien: tensión sobre el petróleo, presión sobre el gas, encarecimiento del transporte y un nuevo golpe sobre la cadena de suministro.
La inflación de hoy ya no se parece a la de 2022. Entonces el problema era abrupto, visible y generalizado. Hoy el riesgo es más sofisticado y, precisamente por eso, más peligroso. No veremos una explosión inmediata de precios en todos los sectores. Veremos algo más complejo: una inflación más selectiva, más persistente y más difícil de combatir.
Subirá la energía, sí. Pero con ella volverán a subir los costes industriales, la producción agrícola, la logística, el transporte y, en cascada, los bienes de consumo. Volverá esa sensación tan corrosiva de que todo cuesta un poco más cada mes y de que los salarios, otra vez, llegan tarde.
En 2025 la inflación en la eurozona cerró en el entorno del 2,4%, aparentemente bajo control. En España, sin embargo, el IPC volvió a repuntar en los últimos meses y cerró el ejercicio por encima del 2,8%, con alimentos y servicios todavía tensionados. Es decir, habíamos logrado enfriar la inflación general, pero no corregir del todo sus componentes más sensibles para familias y empresas.
Ese es el verdadero problema europeo: no una inflación descontrolada, sino una inflación que erosiona lentamente la renta real, debilita el consumo y enfría la inversión.
Y ahí es donde empieza el riesgo serio.
Europa no está en condiciones de soportar otra crisis inflacionaria prolongada. Su crecimiento es débil, su productividad sigue estancada y Alemania —motor histórico del continente— apenas logró avanzar en 2025 un exiguo 0,2%, lastrada por el deterioro industrial y la debilidad exportadora. Francia tampoco ha logrado recuperar un pulso sólido. España, en cambio, ha resistido mejor: cerró 2025 con un crecimiento estimado cercano al 2,7%, muy por encima de la media europea, apoyada en turismo, servicios y consumo interno.
Ese es el verdadero peligro para Europa; no una recesión abrupta, sino una década de crecimiento mediocre"
Ese dato merece una lectura matizada. España crece, sí. Pero crece mejor de lo que Europa se enfría, no necesariamente mejor de lo que necesita. Nuestro crecimiento es positivo, pero sigue descansando en pilares vulnerables: demanda interna, servicios y un sector exterior expuesto a shocks energéticos y geopolíticos.
Si a este escenario le añadimos energía cara y tipos de interés todavía restrictivos, el resultado no es una crisis explosiva. Es algo peor: una economía lenta, cara y frágil.
Ese es el verdadero peligro para Europa. No una recesión abrupta, sino una década de crecimiento mediocre.
La inflación derivada de conflictos geopolíticos tiene además un componente especialmente perverso: no responde bien a la medicina monetaria tradicional. El BCE puede enfriar demanda, pero no puede abrir rutas marítimas, estabilizar Oriente Medio ni abaratar el barril de crudo. Y ahí reside la gran incomodidad europea: buena parte de la inflación que amenaza hoy al continente no se combate en Frankfurt, sino fuera de Europa.
Por eso insistir en una lectura exclusivamente monetaria del problema sería un error. El riesgo no es solo inflacionario. Es estratégico.
Europa sigue siendo extraordinariamente vulnerable en tres frentes que esta crisis vuelve a exponer con crudeza: energía, dependencia exterior y autonomía industrial. Hemos hablado mucho de transición energética, de resiliencia y de soberanía estratégica. Pero cada crisis internacional demuestra que seguimos siendo mucho más dependientes de lo que nos gusta admitir.
Y esa dependencia se paga en inflación.
Se paga cuando el petróleo sube. Se paga cuando se encarece el transporte marítimo. Se paga cuando una empresa europea retrasa inversión porque no puede anticipar costes. Se paga cuando una pyme reduce márgenes para no perder clientes. Y se paga, sobre todo, cuando los hogares descubren que se empobrecen lentamente mientras les venden subidas de salarios.
Europa no necesita dramatizar el momento. Necesita leerlo bien.
La inflación que viene no será necesariamente escandalosa en titulares. Será más silenciosa. Más técnica. Más difícil de explicar. Pero también más corrosiva. No hará tanto ruido como la anterior, pero puede hacer más daño si se instala en la normalidad.
Y ese es, precisamente, el riesgo más serio de todos: acostumbrarnos a empobrecernos despacio. Porque en este contexto subir el salario mínimo, revalorizar pensiones o celebrar incrementos nominales de renta sin corregir el efecto de la inflación ni deflactar la tarifa del IRPF no es mejorar el bienestar; es administrar el empobrecimiento y presentarlo como progreso. No nos empobrecemos solo despacio. Nos empobrecemos mientras nos dicen que España va bien.
Isabel Martínez Conesa
Catedrática de Universidad y directora de la Cátedra Mujer Empresaria y Directiva