Joan Lerma, navegante de la Comunitat Valenciana

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LA ENCRUCIJADA
Publicado: 28/07/2026 · 06:00
Actualizado: 28/07/2026 · 06:00
  • Joan Lerma.
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Hace poco, el PSPV ha realizado en València un acto de homenaje a Joan Lerma, con motivo de su 75 aniversario. No ha sido el único que el primer president de la Generalitat ha recibido a lo largo del tiempo, pero tampoco puede decirse que València haya sido activa en conceder a su ciudadano Joan Lerma la Medalla de Oro de la Ciudad o el título de Hijo Predilecto de la misma. Un olvido que contrasta con las respuestas de la Generalitat y del gobierno central, que han dispensado altos honores a su trayectoria política. No es que crea que Joan Lerma sufra ante tal olvido. En absoluto. Pero es muestra de justicia y dignidad institucional recordar que el ciudadano Lerma procede de un barrio de la capital, el Cabanyal, y que, en su vida política y personal, la ciudad de València ha estado siempre presente. 

En todo caso, bien está que le homenajeen sus compañeros y que aprendan de su experiencia: algo que no encontrarán en los asesores ni en la IA porque es fruto de la vida y de las circunstancias conocidas. La experiencia, en lo básico, es haber experimentado lo inesperado y articulado respuestas para afrontarlo y superarlo. Puede tratarse de una intensa protesta social, de una crisis política o de un fenómeno catastrófico: quien posee vivencias directas de tales hechos también recuerda cómo se reaccionó ante su presencia. Cómo se aprendió de los aciertos y, sobre todo, de los errores cometidos. Un buen legado para quienes ahora viven la juventud creyendo que todo el saber se encuentra a su alcance y que ser mayor implica ser antiguo.

Me gustaría que Manuel Vicent le hubiera dispensado a Lerma uno de aquellos “Daguerrotipos” que publicaba en “EL PAIS”. La pluma de Vicent, tan enamorado del mar como Lerma, hubiera sabido juntar las palabras más apropiadas para definirlo y describir su trabajo. A falta de competencia para dispensarle algo semejante, me atendré a lo leído y a mis propias impresiones. Con derecho a equivocarme creo, pues, que Lerma escuchó en su Marítim  los ecos del viejo republicanismo, los susurros que se escuchaban alrededor de una mesa camilla con referencias a pasados antifascistas que habían sobrevivido o que habían caído ante la represión franquista; comentando el trabajo portuario y las rebeldías latentes en la Unión Naval de Levante y otras grandes empresas del metal; rememorando a Blasco Ibáñez y Sorolla; constatando el despertar de la pasión de padres trabajadores por la educación de sus hijos, como legado indispensable para que construyeran su proyecto de vida. 

De aquel magma de pequeñas grandes historias. hilvanadas por el progresismo antifascista. surgió un Joan Lerma que, años después, ya como president de la Generalitat, mostraría ser discreto, negociador pragmático, templado en las formas, humilde, intuitivo, austero, responsable y honrado. He dejado estos tres últimos rasgos al final porque quiero remarcarlos como arquetipos de una forma de hacer política: la propia de quienes se sienten genuinos servidores públicos, ya sea ocupando la cima del poder o los barrios alejados de éste. Austero, responsable, honrado y de quienes dan la cara cuando toca darla.

Con esos mimbres, y otros que confieso desconocer, Lerma se convirtió en un navegante. Más allá de sus aficiones preferidas, navegante de la vida y navegante de la política. Una navegación complicada porque, ya en los albores de la democracia, pudo observar las resistencias del franquismo local a ser despojado de sus privilegios. Su rápida transformación en la Transición, con elementos del Movimiento y del Sindicato Vertical incluidos, alineados en grupos prestos a boicotear lo que más le dolía: la consecución de un amplio Estatut d’Autonomia para los valencianos y, con él, el hundimiento de un pasado ideológico basado en la imposición del credo victorioso, dictatorial y ventajista del franquismo. 

Utilizaron para ello un “agitprop” basado en el imperialismo catalán, la exaltación de sentimientos viscerales, la cerrazón a permitir una discusión sosegada y el uso de la violencia directa. Quizás a causa de semejante virulencia, no siempre fue acertada la reacción en el lado opuesto: hubo respuestas que no previeron el resultado de confrontar la razón científica con las emociones primarias; hubo reacciones que creyeron posible pasar de un difuso sentimiento valencianista a un nacionalismo ideal, paradójicamente alejado de las costumbres y tradiciones populares. Lo que no hubo fue la incorporación de éstas al ideario propio y la construcción de un armazón estratégico que combinara un regionalismo avanzado, sobre todo en lo económico, con una propuesta cultural y territorial integradora que superara el choque tectónico buscado por los orquestadores del franquismo sociológico de València y su entorno.

Entiendo, porque el propio Lerma ha realizado declaraciones al respecto, que su posición, ya avanzada en el proceso de negociación del Estatut d’Autonomia, fue la de realizar concesiones sobre los símbolos identitarios para, a cambio, llevar al límite la consecución de competencias para la futura Generalitat Valenciana. Constituir, pues, una CCAA que compatibilizara el valencianismo estatutario y la pertenencia a un Estado común. Y, a continuación, perseguir que la presencia de competencias similares a las de las CCAA mejor dotadas posibilitara la cohesión de los valencianos; o, en otras palabras, construir una Generalitat que, por su fuerza y presencia territorial, se constituyera en un nuevo factor de identidad para la ciudadanía. 

Alcanzar este objetivo implicaba construir, desde prácticamente cero, una nueva administración pública. Para ello, resultaba necesario negociar centenares decretos de transferencias, analizar sus implicaciones, llegar a acuerdos con el Estado sobre el número de funcionarios, recursos y fondos a transferir y, una vez alcanzados, introducir las nuevas responsabilidades en la naciente estructura autonómica, de modo que el ciudadano no sufriera interrupciones de los servicios públicos transferidos ni el funcionario recién incorporado se angustiara al pasar a una nueva administración. Había que aterrizar, despegar y volar al mismo tiempo.  Quienes conocimos aquellos momentos podemos atestiguar que el resultado fue positivo pese a tratarse de un proceso para el que no existían manuales de ayuda. El acompañamiento legislativo permitió fijar responsabilidades, vigilar el buen uso de los recursos públicos, introducir nuevos modelos de organización más eficaces y, en el plano operativo, iniciar la generalización de la informática como herramienta e instaurar un nuevo modelo de función pública.

  • Joan Lerma. 

Disponer de las transferencias, -algunas tan complejas como las de sanidad y educación-, permitió la elaboración de nuevas cartas de navegación para que su ejercicio no consistiera en un mero copiar y pegar, al estilo ministerial, sino en un trabajo trascendente que asimilara los servicios públicos a las necesidades específicas de la Comunitat Valenciana. Unas necesidades perentorias en servicios fundamentales como los antes mencionados, a los que se sumaba la pretensión de diseñar una política económica que, en los límites legislativos existentes, acometiera la competitividad de la economía valenciana y, con ella, la superación del modelo tradicional basado en los bajos salarios de los trabajadores. Todo ello sometido a un uso eficiente del dinero público y la justificación del interés general en su uso. 

En suma, abrazar el Estado del Bienestar y el desarrollo económico en un territorio donde el Estado había sembrado numerosos déficits educativos, sanitarios, de servicios sociales e infraestructuras económicas. El franquismo local había demostrado ser tan timorato con Franco como histriónico se mostraría en la democracia. Urgente resultaba atacar el bajo grado medio de formación de los valencianos y las disparidades territoriales fruto de la mayor potencia de voz de las ciudades frente al silencio resignado de las áreas rurales. Por ello fueron centenares las intervenciones autonómicas que desembocaron en la creación, ampliación y modernización de escuelas, institutos y universidades, -incluida la creación de la Universitat Jaume I de Castellón-, así como en la implantación y remodelación de los servicios sanitarios, ya fuesen de atención primaria, de especialidades u hospitalarios; en la primera generación de servicios públicos sociales.

Navegar por el bienestar social y hacerlo, asimismo, a favor del bienestar económico. Con la Generalitat en sus primeros compases, Joan Lerma tuvo que afrontar la reconversión industrial que afectó a Altos Hornos de Sagunto, el sector textil, el mueble, el metalmecánico y el calzado, entre otros. Especialmente dura fue la travesía del Puerto de Sagunto, donde los sindicatos de la empresa y el conjunto del Puerto reaccionaron con garra ante el anuncio del cierre de los Hornos. La parsimonia del gobierno central, no siempre identificado con la política industrial, llevó a la Generalitat a una actividad directa dirigida a la atracción de nuevas empresas y empleos. Paulatinamente se logró este objetivo hasta un punto, como el actual, en el que Sagunto se ha transformado en uno de los grandes pilares de la actividad económica valenciana.

La reconversión no fue la única galerna afrontada.  A finales de los 80 la sobrevalorización de la peseta, alentada por la política económica española, puso en un serio aprieto a los sectores exportadores valencianos, cuya contribución al PIB se situaba en torno al 15%. El desgarro industrial, unido a la desaceleración económica general tras los eventos del 92, supuso un brusco aumento del desempleo y la necesidad de devaluar la peseta para recuperar la competitividad dañada por la política monetaria aplicada previamente. Fueron momentos de tensión con el gobierno y de activación por la Generalitat, ya en 1991, de un Plan de Competitividad bienal dotado con 16.000 millones de pesetas. Fue también un momento de ignición para el sector público instrumental que permitió definir, desde la primera hasta la tercera legislatura de Joan Lerma, un proyecto económico valenciano que aliviara las tensiones competitivas de una economía ya instalada, desde 1986, en un espacio europeo que avanzaba hacia nuevas metas de integración. Europa, el anhelado puerto que, a su vez, presionaba exigiendo nuevas respuestas de las empresas y de las administraciones públicas.

Fue un tiempo de navegar a mayor velocidad. De hacerlo con los nuevos fondos europeos, con las inversiones propias y la actividad de IMPIVA, los institutos tecnológicos, el despertar de la I+D académica, la innovación empresarial y el hub tecnológico de Paterna; el reforzado apoyo comercial de las Ferias de Valencia y Alicante y de PROCOVA (después IVEX). Fue tiempo para el establecimiento de nuevos apoyos a la financiación desde el IVF. Al turismo desde el ITVA. A la agricultura, con AGRICONSA, la expansión del riego por goteo y el apoyo al cooperativismo agrario. 

Y navegó Lerma, asimismo, por el territorio. Con el objetivo de que la distancia no fuera un motivo de exclusión entre los valencianos. Desarrollando la red valenciana de carreteras y fortaleciendo las rutas transversales que unían el interior con el litoral. Creando el metro de Valencia y actualizando el TRAM de Alicante. Vínculos de movilidad que lo eran, asimismo, de cohesión física y aproximación entre los servicios públicos sanitarios, educativos y sociales. Movilidad reforzada y desarrollo de la habitabilidad mediante nuevas promociones de vivienda protegida y social.  Un territorio en el que, con el apoyo europeo, se estableció una imprescindible red funcional de depuración, suministro y reutilización del agua. 

Una navegación que también dispuso de bolardos propios para amarrar la Generalitat en el puerto de la cultura. En la lengua, mediante la Ley de Uso y Enseñanza del Valenciano, que llevó el valenciano a esa base de la sociedad que, desde la escuela, alimenta el futuro. Y, en otro de los muelles del mismo puerto, nació la televisión y la radio valencianas: el valenciano desde abajo en la educación y, desde arriba, en la televisión y las ondas radiofónicas. Y, en medio, una activa promoción de la lengua en el teatro, la literatura, los medios de comunicación, la música. Un refuerzo cultural con grandes hitos en el IVAM, la restauración del Teatro Romano de Sagunto, la iniciación de la Ciudad de las Ciencias y la construcción de decenas de auditorios municipales que ayudaron a conjuntar la pasión musical de los pueblos con los escenarios para su expresión.

Las rutas surcadas lo hicieron con una gobernanza que integró, junto a referentes políticos internos del PSPV, a un amplio panel de profesionales progresistas y un destacado conjunto de académicos; un gobierno que, simultáneamente, procuraba la presencia de consellers de las tres provincias. Una gobernanza del Gobierno Valenciano que dejaba hacer a sus integrantes, alejada de asfixiantes intervencionismos. ¿Hubo tensiones? Sí, las hubo, especialmente en el grupo de referentes partidistas: en parte, por su aspiración de poder; en parte, también, por el morbo que rodea a los políticos ejercientes. Puede afirmarse, sin embargo, que, pese a las tensiones gubernativas y parlamentarias; pese a las presiones del clan del Sindicato Vertical que alentaba el uso del empresariado como catapulta política, se gobernó y se legisló; se administró y se priorizó, -salvo una excepción-, siguiendo rutas bien sembradas. Algo que no consiguieron los integrantes de aquel clan, cuya intervención en la llamada “Cumbre Empresarial de Orihuela” provocó una tormenta de desacuerdos que, durante décadas, alejó la unión real de los empresarios de la Comunitat.

Ahora, con la perspectiva de más de 30 años desde el final de la tercera legislatura consecutiva de Joan Lerma como president, resulta claro que la suya no sólo fue una presidencia histórica en sentido cronológico y funcional. La institucionalización de la Autonomía supuso, asimismo, la remodelación del tejido asociativo valenciano que, de una representación provincial, pasó a dotarse de órganos que abarcaban al conjunto de la Comunitat, creando vínculos permanentes en los colegios profesionales, los sindicatos, las patronales y todo tipo de asociaciones culturales y deportivas. 

Y la Generalitat fue la levadura de estrategias dirigidas a la renovación y ampliación de las élites profesionales mediante las facilidades concedidas a la educación y, en particular, a los becados de las enseñanzas universitarias. 

Desde la Generalitat se estimuló la sociedad civil mediante el diálogo social. Incluso se amplió la sociedad civil existente, dando voz a quienes habían permanecido al margen:  las asociaciones de empresas que se crearon en torno a los Institutos Tecnológicos fueron ejemplo de esa emergente sociedad civil, como lo fueron los colectivos empresariales de los sectores turístico, agrario, de servicios avanzados y de la economía cultural con los que se llegó a acuerdos de colaboración. Como lo fueron las asociaciones del Tercer Sector volcadas en las necesidades sociales, educativas y sanitarias. 

Y, al mismo tiempo, aquellas políticas demostraron que la economía valenciana podía explorar campos inéditos en calidad, tecnología innovadora, productividad, diseño y expansión geográfica. Con una presencia más justa de los salarios y una distribución territorial más equilibrada de los servicios públicos prioritarios. 

Aquellas legislaturas, entre 1983 y 1995, destacaron también por el ánimo que se respiraba en la administración valenciana. Los funcionarios percibieron que ahora sí que se movía algo, que se creaban nuevas oportunidades para la carrera profesional, que no se trampeaba con las oposiciones, que mandaba la democracia. En contraste con pasadas y pesadas inercias, se abrían las puertas de una administración sumergida en su propio tiempo. Una administración que, en aquellos 12 años, dio un paso gigantesco al pasar de un presupuesto que, a igualdad de capacidad adquisitiva de 2025, era en 1983 de 642 millones de euros para ascender, en 1995, a 10.354 millones: se había multiplicado por 16. 

Con Lerma al frente se logró, de igual modo, que la Generalitat supusiera el acercamiento de la administración al ciudadano y a los ayuntamientos, el empuje no sólo cuantitativo sino cualitativo de los servicios públicos, el emplazamiento de una política económica, social y cultural de largo plazo y con capacidad de respuesta en el corto. Un clima de apuesta y lucha por la igualdad de oportunidades y la justicia social, en el que no sólo cabían el qué fuimos o el qué somos, sino también el qué queremos ser. 

Una buena ruta para quienes homenajearon a Lerma en el Cabanyal. La ruta del compromiso con las ideas, su plasmación en políticas públicas y, en tercer lugar, con la visión laica del partido como herramienta, siempre teniendo delante los ojos de los valencianos. Una ruta para lanzarse hacia el futuro con responsabilidad, generosidad y la fuerza que proporciona contemplar la llegada de los nuevos bárbaros.

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