Reconozco que me cuesta entender la polémica por la presencia de Juanfran Pérez Llorca en la final del Mundial. O, mejor dicho, entiendo perfectamente que se pregunte quién pagó el viaje, el hotel o la entrada. La transparencia no admite excepciones. Lo que me cuesta entender es que hayamos conseguido convertir en sospechoso que el presidente de la Generalitat estuviera presente en uno de los acontecimientos deportivos más importantes para España.
Porque Juanfran tenía que estar allí.
Y no lo digo porque sea el presidente del PP. Lo diría exactamente igual si se llamara Ximo Puig.
De hecho, Ximo Puig estuvo, siendo president de la Generalitat, en la final de la Copa del Rey de 2022 entre el Valencia y el Betis. La propia Federación Española de Fútbol explicó entonces que Luis Rubiales ejerció de anfitrión a las puertas del palco de autoridades, donde fueron recibidos el Rey y distintos representantes institucionales, entre ellos el presidente valenciano. Desconocemos si Ximo Puig pagó personalmente aquella entrada, si fue invitado por la Federación o cuál fue exactamente el régimen protocolario de su acceso al palco. Y, francamente, tampoco recuerdo que aquello provocara una polémica semejante.
Me pareció perfectamente normal entonces y me lo sigue pareciendo ahora.
También Mónica Oltra acudió como vicepresidenta de la Generalitat al palco de Mestalla durante los actos del centenario del Valencia CF. El propio club la incluyó expresamente entre sus invitados junto a Joan Ribó, Enric Morera y otros representantes políticos.
Y tampoco recuerdo haber pensado que Oltra estuviera allí obteniendo un privilegio personal. Estaba la vicepresidenta del Consell en un acontecimiento relevante para una de las grandes instituciones deportivas valencianas.
Pedro Sánchez ofrece todavía un ejemplo más evidente. En 2024 viajó a Berlín para acompañar al Rey en la final de la Eurocopa entre España e Inglaterra. Dos años después volvió a viajar, esta vez a Estados Unidos, para asistir junto a la Familia Real a la final del Mundial entre España y Argentina. Todo ello figuraba, naturalmente, en su agenda institucional.
¿Alguien esperaba seriamente que el presidente del Gobierno comprara por internet una entrada y buscara asiento entre el público?
No.
Porque existen los palcos institucionales. Porque las federaciones, los clubes y los organizadores invitan a autoridades. Y porque representar a una institución significa también estar presente en los acontecimientos que tienen una especial relevancia social.
La cuestión, por tanto, debería ser bastante sencilla.
¿Debe declararse una invitación cuando así lo exijan las normas de transparencia? Por supuesto.
¿Debe saberse si un desplazamiento se paga con dinero público o privado? Naturalmente.
¿Debe justificarse cualquier gasto cargado al erario? Hasta el último euro.
Pero una vez contestadas esas preguntas no construyamos artificialmente un escándalo donde puede haber simplemente protocolo institucional.
Hay una tendencia cada vez más preocupante en nuestra política a considerar sospechoso prácticamente todo. Si un dirigente viaja, mal. Si acepta una invitación, peor. Si acude a un palco, privilegio. Si se hace una fotografía, propaganda.
Al final acabaremos exigiendo que nuestros representantes ejerzan su cargo encerrado en el despacho.
Y conviene recordar algo: los presidentes también representan.
Representaba Ximo Puig cuando estaba en la final del Valencia. Representaba Mónica Oltra cuando acudía al palco de Mestalla. Representaba Pedro Sánchez cuando viajó a Berlín y cuando estuvo en la final del Mundial.
Y representaba Juanfran Pérez Llorca cuando acudió a esa misma final.
No veo ninguna contradicción en exigir transparencia y defenderlo al mismo tiempo. Más bien al contrario. Una democracia madura debería ser capaz de distinguir entre controlar al poder y sospechar permanentemente de quien lo ejerce.
Si existió alguna obligación administrativa respecto de la entrada, que se cumpla. Si debe incorporarse a algún registro, que se incorpore. Si hay que ofrecer alguna explicación adicional, que se dé.
Pero no confundamos las cosas.
Aceptar que las autoridades sean invitadas a los palcos institucionales de los grandes acontecimientos deportivos no es patrimonio de la derecha ni de la izquierda. Ha ocurrido con gobiernos de todos los colores y seguirá ocurriendo.
Afortunadamente.
Porque cuando España disputa una final del Mundial quiero que estén allí el Rey y el presidente del Gobierno.
Y si, además, un valenciano está protagonizando uno de los mayores éxitos deportivos de nuestro país, tampoco me molesta ver allí al presidente de la Generalitat.
Al contrario.
Juanfran tenía que estar allí.