Opinión

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Lo que se dice en Ortín

Publicado: 22/03/2026 ·06:00
Actualizado: 22/03/2026 · 06:00
  • Tijeras de peluquería.
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Si Kant no salió nunca de Königsberg, si Diógenes el Asceta desconfió de aquellos entre sus paisanos que pretendían encontrar la verdad viajando más allá de las murallas de Sinope o si, Josep Pla, tras una vida de azarosas corresponsalías, acabó autoexiliado en el Mas de Llofriu bajo la sombra de una boina nada presuntuosa, cabría defender -sin excesiva impetuosidad- que frente al conocimiento de todo, frente al viaje perpetuo y la pose cosmopolita, pueda subsistir, a lo largo y ancho de la ciudad, una cierta universidad de lo cercano, una academia sencilla de lo particular y lo vernáculo, que no necesita moverse para tener sentido ni cobrarse su impacto.

Ahora que una pantalla -y, para los más osados, un Erasmus o un Interrail- coloca al estudiante, con un Red Bull a modo de desayuno y la épica neutralizada por Google Maps en la senda de los viajeros del Grand Tour del XVIII, en este mismo momento en el que uno puede comprarse por internet una réplica funcional de un traje de astronauta, conectar con Therians valencianos o suscribirse a una remesa mensual de ampollas de aire de los Alpes Suizos para ventilar el salón de casa, nosotros, urbanitas permanentemente conectados, vamos dejando languidecer esta escuela de lo cotidiano y la autenticidad local con una mezcla previsible de desidia, entusiasmo tecnológico y esa falsa superioridad civilizatoria que acompaña últimamente todo lo que producimos.

Aceptamos, sin demasiada resistencia, la idea de que el progreso consiste en pedir unas zapatillas a las tres de la mañana y recibirlas antes de que el café haya terminado de enfriarse; de que el Aleph se nos revelará en una app de descuentos o citas; de que un plan de sábado no es un plan si no incluye una hora de cola en un centro comercial, transidos por la luz cenital, el olor a gofre y el estruendo de los parques de bolas, esos lugares que, sin llegar a la crudeza funcional de la Columna Lactaria del Foro de Roma -en la que se abandonaba a los niños expósitos sin destetar-, van ya supliendo, con su menú de camas elásticas, sus horarios de cumpleaños soviéticos y sus cubos de botellines a cinco euros, el papel socializador menguante de las plazas, los jardines y los espacios públicos en unas ciudades que cada vez se parecen menos a los complacientes diseños que nos regalan los avances de los Planes Generales.

Eat, sleep, buy and repeat. La consigna, por rudimentaria que parezca, funciona muy bien, ahora que cada vez nos cuesta más pasear sin destino, mojar, sin remordimientos, un pan en el mar de triglicéridos de la salsa de un pollo asado o explicarle a un adolescente, en trance vital -6,7- de aburrirse de todo, que hubo un tiempo en el que una jornada perfecta empezaba cuando se salía a la calle con un balón bajo el brazo y una cuerda de amigos a pedirle partido a los de la urbanización de al lado.

Todo se aprieta, se acelera y se desdibuja en estas ciudades que se van pareciendo, entre sí, como la comida de los aviones, hasta que uno, con la regularidad del servicio postal del Zar, termina encontrándose el último martes del mes, sentado, a primera hora, en el sillón de la Peluquería Ortín en Alicante, escuchando el chasquido de las tijeras expertas en las manos de Felo o de Jose. Entonces, de repente, el futuro pierde su sentido acuciante y la tradición indígena, las siluetas de los padres y abuelos que nos precedieron en ese efímero trono se materializan ante nosotros, apretando las tuercas de nuestra condición orgullosa de nativos, activando los guiños de lo autóctono y la insolencia contracultural de un maganto, un ché pito, un bonico y todas esas otras flores idiomáticas nacidas a los pies del Monte Benacantil, en un momento en el que vamos sabiendo más de la vida de una cantante de K-Pop coreana de aspecto desmayado que de los problemas de los vecinos de San Antón.

Porque en esa media hora -cuarenta minutos si la conversación fluye- ocurre algo no previsto en ningún plan estratégico de ciudad ni en la hoja de ruta de la inteligencia artificial municipal: que uno, sin intermediarios ni agentes que optimicen la experiencia, se pone al día de lo que pasa, de lo que se comenta, de por dónde van los tiros y quién los termina pegando. Creedme; allí se habla de todo y de nada, del precio indecente de las gambas en el Mercado Central, del rito ancestral de la religión laica herculana, del número de los ciegos de ayer, del coche de segunda mano que vende un cuñado o de la verdad -escúchame- sobre Les Naus y de la cosa de las Hogueras, asignatura que uno termina aprobando con nota, incluso sabiéndose voluntariamente extrañado de la liturgia del fuego procaz, del petardo insolente y del “son cuatro días”, que en Alicante funciona como una profecía y disclaimer que justifican un junio de desmanes, abrazo al desconocido y hasta la suciedad más galopante.

Mientras tanto, la ciudad cambia, -y no siempre a peor, conviene decir antes de que alguien nos coloque en el cómodo anaquel de los melancólicos y nostálgicos profesionales-. El pueblo de pescadores se abre, la Terreta se moderniza, se proyecta y se discute, se come y se cena antes, aunque en ese proceso -acunado por el vaivén de las olas de los cruceros y la dieta hiperproteica del tardeo- también va perdiendo cosas, como esas monedas que quedan olvidadas en el bolsillo de un pantalón viejo.

Y así, igual que nos decimos -con un punto de fe y otro de autoengaño- que no hay ni habrá robot, por muy bien que apure las patillas, capaz de improvisar ni de sostener el ritmo caótico de una conversación coral en Ortín vamos viendo -ay- cómo van cerrando los decanos que precedieron a estos pecios comerciales en nuestras calles sin apenas hacer ruido al marcharse. La Granadina, -ese rincón gourmet avant-la-lettre en la Calle Gerona que fundó mi abuelo Pedro Chillón cuando el país esperaba la cirugía de hierro de Primo de Rivera y las hambres años después; o el Bar Guillermo, la Papelería Eutimio, los abanicos de Nela o las bicicletas de El Belga en Valencia, dando paso a otra ciudad en la que medran los cross-fit, los cafés de cupcakes y esos gastrobares que apuestan por el “producto de proximidad” y que, con frecuencia, terminan imitando -mal- aquello que acaban de enterrar.

Entrados ya en esa edad en la que el cuerpo se va poniendo en ridículo, no dejamos de sorprendernos jugando, de vez en cuando y aprovechando esta tribuna, esa partida estrecha y tramposa del indigenismo, esa pose estética de alicantinismo orgulloso y levantisco que sabemos que no nos llevará ya muy lejos pero que funciona como refugio y abrigo identitario. Nos vemos jugando la prórroga -sí- mientras asumimos que más pronto que tarde, un peluquero hecho de aluminio, chips y de un PVC blanco e inmaculado nos rebajará la nuca con precisión quirúrgica, aunque no tenga nada que decirnos.

Y lo que es peor, nosotros tampoco tendremos nada que contarle.

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