En muchos sectores del comercio español que se proveen de materias primas en Sudamérica, existe una conversación que lleva meses repitiéndose en despachos y ferias: ¿qué hacemos cuando el acuerdo entre en vigor? Tras más de dos décadas de negociaciones, el Acuerdo UE-Mercosur ha sido firmado conectando a más de 700 millones de personas y eliminando aranceles sobre el 91% del comercio entre ambos continentes. Para España, supone un ahorro estimado de 500 millones de euros en aranceles.
Pero hay un matiz que los titulares macroeconómicos no recogen ya que el mercado aún no ha sufrido el efecto de este cambio. La mercancía que se negocia hoy tarda entre seis y diez semanas en llegar a los mercados europeos, además, este acuerdo no llega a un mercado en blanco, llega en mitad de un año donde hay empresas que se han aprovisionado desde el día 1 de enero acogiéndose a contingentes arancelarios, cuotas negociadas que permitían importar determinados productos a aranceles reducidos o sin ellos hasta un límite de kilos u otras empresas que han comprado pagando esos aranceles. Con la entrada en vigor del acuerdo, ese sistema de contingentes queda sustituido por una entrada libre. Por ellos, las consecuencias reales del acuerdo no se verán en los lineales ni en las estructuras de coste hasta bien entrado 2027. Lo que antes era un privilegio, con el tiempo será simplemente el nuevo estándar de mercado accesible a todos sin penalizaciones arancelarias.
En mi opinión el libre comercio genera oportunidades y también redistribuye ventajas. Los aranceles son, en el fondo, un coste que siempre termina pagando alguien: la empresa, el consumidor, o ambos, y su reducción se traslada inevitablemente al precio final del producto, lo que beneficia directamente al consumidor. Desde esa convicción, el acuerdo UE-Mercosur es una buena noticia estructural. Los mercados abiertos reducen las barreras administrativas y la reducción de aranceles amplía el acceso a compras que antes solo estaban al alcance de quienes tenían músculo financiero o una red de contactos suficiente para asumir los costes de operar en mercados complejos.
Las consecuencias reales del acuerdo no se verán en los lineales ni en las estructuras de coste hasta bien entrado 2027. Lo que antes era un privilegio, con el tiempo será simplemente el nuevo estándar de mercado accesible a todos sin penalizaciones arancelarias.
Pero los efectos sobre la competitividad empresarial debido a la apertura comercial no son neutrales.
Durante años, algunas empresas han construido ventajas reales en mercados como Brasil o Argentina debido al conocimiento de proveedores, relaciones consolidadas, capacidad para gestionar la volatilidad de la moneda, infraestructura logística ya amortizada. No eran ventajas regulatorias, sino el resultado de haber invertido tiempo, dinero y riesgo cuando otros no lo hacían. Eso tiene valor, y ese valor se va a ver parcialmente diluido.
Al mismo tiempo, otras organizaciones se beneficiaban simplemente de que el acceso era caro o complicado para sus competidores. Eso no es competitividad genuina; es ventaja de posición. Y es precisamente eso lo que un mercado más abierto elimina.
Sin embargo, el verdadero impacto llegará en 2027. El mercado no ha cambiado todavía de forma visible. Los precios no han caído, la competencia no se ha intensificado de manera apreciable y muchas empresas siguen operando bajo las condiciones anteriores. Hay dos razones para ello. Primera, los plazos logísticos: la mercancía sudamericana que llegará bajo el amparo del nuevo acuerdo está, en muchos casos, aún en tránsito o pendiente de negociación. Segunda, los contingentes: muchas empresas habían organizado su aprovisionamiento en torno a cuotas arancelarias de 2026. Mientras esos stocks se consumen y esas relaciones comerciales se renegocian bajo las nuevas condiciones, el mercado percibe una calma que no refleja lo que viene.
El verdadero test llegará a partir de 2027, cuando ninguna empresa cuente ya con la ventaja de los contingentes previos, cuando la mercancía comprada bajo el nuevo acuerdo libre de aranceles haya llegado y cuando el mercado empiece a repercutir esos nuevos márgenes al producto final. En ese momento, el terreno de juego será más plano, y las ventajas competitivas como innovación, eficiencia operativa, calidad de servicio, capacidad de adaptación, etc., tendrán que demostrarse.
La pregunta que merece hacerse cualquier empresaria en este momento no es si el acuerdo es bueno o malo sino ¿qué ventaja competitiva estoy construyendo hoy que seguirá siendo valiosa cuando todas mis competidoras tengan acceso exactamente a las mismas oportunidades que yo?
La pregunta que merece hacerse cualquier empresaria en este momento no es si el acuerdo es bueno o malo sino ¿qué ventaja competitiva estoy construyendo hoy que seguirá siendo valiosa cuando todas mis competidoras tengan acceso exactamente a las mismas oportunidades que yo?
Quien tenga una respuesta clara a esa pregunta tiene una estrategia. Quien no la tenga, tiene un problema que el acuerdo de Mercosur acaba de hacer más urgente, aunque todavía no lo note.
Estefanía García López
Product manager
Dpto. compras
Fripozo