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El eurocristiano tibio

"Suele decirse que Jesús fue rey, sacerdote y profeta, pero también fue un gran exorcista"

Publicado: 12/07/2026 · 06:00
Actualizado: 12/07/2026 · 06:00
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Siempre he sostenido que la religión cristiana actual procede de la confluencia de la filosofía griega con la fe monoteísta de los judíos. Pues bien, ambas culturas compartían la creencia en unos espíritus malignos, a veces llamados demonios, que podían provocar enfermedades y, en general, perjudicaban a los humanos. También creían que, recurriendo a oraciones, amuletos, himnos y sacrificios, podían liberarse de esas influencias espirituales dañinas. Así, los Papiros Mágicos Griegos contenían fórmulas para expulsar a los espíritus, mientras que los judíos del Segundo Templo los expulsaban con raíces, hierbas e invocaciones a Yahveh. En el libro de Tobías aparece el demonio Asmodeo, símbolo de la lujuria, que mató a siete esposos sucesivos de la bella Sara antes de que consumasen el matrimonio. Sin embargo, con ayuda del arcángel Rafael enviado por Yahveh, el israelita Tobías, exiliado en la asiria Nínive, ahuyentó a Asmodeo gracias a los vapores desprendidos al quemar el corazón y el hígado de un pez que habían capturado en el río Tigris. Además, untándose la hiel de ese pez, Tobías recuperó la visión, que había perdido al caerle unas heces aviares en los ojos. Y así pudo casarse con Sara y vivir junto a ella sin mayores contratiempos conyugales que los usuales en las parejas de larga duración. Por su parte, Flavio Josefo, en su libro Antigüedades de los Judíos, nos habla de Eleazar, que expulsaba demonios invocando a Salomón y asustándolos con un anillo que portaba una raíz especial. De hecho, muchos judíos creían que el rey Salomón sabía expulsar demonios.

En paralelo, tanto los griegos como los judíos estaban divididos en lo referente a los espíritus humanos inmortales. Mientras que los atomistas, como Demócrito, negaban que perdurase nada humano tras el óbito, primero Pitágoras y después Platón creían que nuestros cuerpos eran habitados transitoriamente por unos espíritus inmortales que podían transmigrar de unos cuerpos a otros. Por su parte, los textos bíblicos no abogan abrumadoramente por las almas humanas inmortales, pero dan algunas pinceladas. Según el Deuteronomio, el gran profeta Moisés prohibió la nigromancia, lo que no tendría sentido si no creyese que los médiums podían comunicarse con los humanos fallecidos. Además, invocado por una bruja, el difunto juez Samuel se apareció al rey Saúl con la apariencia de un hombre anciano. Más cerca del cambio de era, los populares fariseos y los ascéticos esenios creían que nuestras almas inmortales serían castigadas o premiadas según nos hubiésemos portado en esta vida, una vida póstuma que negaban por completo los elitistas saduceos.

Esa era la situación cuando, bajo el dominio del imperio romano, nació la religión cristiana. Aunque la historia del pobre Lázaro y del rico Epulón, relatada por Lucas, nos habla de dos fallecidos con apariencias humanas, los Evangelios no hacen énfasis en la realidad de nuestras almas inmortales. En cambio, aceptaron plenamente la realidad de los demonios. El propio Jesús de Nazaret, considerado el Cristo, fue tentado por Satanás en el desierto. Y, sin apoyase en amuletos, ni anillos de Salomón, ganó fama expulsando, por su propia autoridad, demonios de muchos infortunados poseídos. Por eso, en su epístola a los Efesios, Pablo de Tarso escribió: "Nuestra lucha es contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales".

 

Algunos reputados exorcistas han admitido que ciertas posesiones no se deben a demonios, sino a almas de humanos fallecidos"  

 

Suele decirse que Jesús fue rey, sacerdote y profeta, pero también fue un gran exorcista. Siguiendo su ejemplo, ya en el siglo III la Iglesia cristiana primitiva había encomendado a algunos sacerdotes que expulsasen demonios en nombre de Jesucristo. Y esa tradición se ha conservado en la Iglesia católica, que ha establecido varios puntos: los exorcistas no tienen poderes especiales, sino que la expulsión es obra Dios; no todos los sacerdotes están autorizados a practicar exorcismos, sino solo los debidamente preparados; el exorcismo es un signo sagrado, pero no es un sacramento; en contra de lo que suele creerse, el poseído puede estar en gracia de Dios; eso se debe a que el demonio solo posee el cuerpo, pero nunca el alma (igual que una mujer violada no ha infringido el sexto mandamiento, el alma de un cuerpo poseído no siempre ha pecado).  

En tiempos modernos, bajo la influencia de la teoría de la evolución biológica y de la neurociencia, un amplio sector de los pensadores cristianos ha dado en negar la realidad de las almas inmortales e incluso ha puesto en duda las posesiones diabólicas. Sin embargo, los exorcistas dan testimonio de que, si bien casi todos sus clientes son casos psiquiátricos, unos pocos padecen genuinas posesiones diabólicas. El propio exorcista de la diócesis de Cartagena, Salvador Hernández, ha declarado que siempre hay en las posesiones diabólicas una lucha entre el Bien y el Mal, entre la Luz de Jesucristo y las Tinieblas del diablo. Y el experimentado exorcista Jesús Martínez Racionero nos ha avisado que, si jugamos a la Ouija, practicamos el espiritismo e incluso el reiki, estamos abriendo nuestra puerta a los demonios.

Por último, gran novedad en este campo, algunos reputados exorcistas han admitido que ciertas posesiones no se deben a demonios, sino a almas de humanos fallecidos. Con suma precaución y sometiéndose siempre al criterio de la Iglesia, tanto el italiano Gabriele Amorth, exorcista del Vaticano, como el español José Antonio Fortea, exorcista de Alcalá de Henares, se pronunciaron en esa línea. El primero reconoció haberse topado con almas de humanos que se habían quedado junto a nosotros por afinidad con el mundo físico o por resentimiento. Y el segundo nos habló de almas que, habiendo permanecido atrapadas en un estado intermedio entre nuestro mundo y el celestial, buscaban el consuelo de los vivos. De hecho, algunos posesos, que soportaban las oraciones, los crucifijos y el agua bendita, afirmaban ser almas humanas. En esos casos no era necesario el exorcismo, sino que bastaba con orar para orientarlas hacia Cristo. Eran pecadores que murieron sin arrepentirse, pero no habían rechazado a Dios y andaban purificando sus pecados en este mundo. Si alcanzaban el arrepentimiento, liberaban el cuerpo del poseído.

Estos casos singulares constituyen fuertes pruebas de la realidad de nuestras almas inmortales. Y así lo aduce el filósofo sevillano Salvador Anaya en su reciente libro Resurrección e Inmortalidad del Alma, donde sostiene que, al encarnarse, nuestra alma recibe una impronta corporal. Pero no una impronta del cuerpo objetivo, el que analiza el forense con lupa y bisturí, sino del cuerpo subjetivo, la imagen que se forja nuestra mente de nuestra identidad corporal. Si el lector intenta imaginarse a sí mismo, no verá alveolos pulmonares, ni neuronas enlazadas, sino un rostro y una silueta probablemente vestida. Por eso Lázaro y Epulón eran perfectamente reconocibles y el fantasma del rey Saúl iba envuelto en un austero manto. Interesante la tesis de Anaya.

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