Como septiembre es un mes reflexivo, caigo en que hace tiempo que no aparece en las noticias el reloj del Fin del Mundo, ese que marca el momento exacto del Apocalipsis. Lo he consultado, estamos a 85 metafóricos segundos de la extinción, con lo que probablemente, a nuestro alcalde Luis Barcala no le dará tiempo a convertir Alicante en una sabana de cemento para nómadas digitales y dos baobabs. Que así, como propósito en la vida, es bastante modesto, la verdad. A Pérez Llorca y Catalá tampoco les dará tiempo de desalojar, reasfaltar, adecentar y dejar espacios para adelantamientos en el extinto circuito urbano de Fórmula 1 de València, ahora que Madrid ha calcado la estrategia que utilizaron en su día Camps y Barberá. Con lo que les gusta a ambos, el president y la alcaldesa, mirarse en el espejo de la capital, que hasta han convertido À Punt en una televisión “de todos los madrileños”. No es que el exalcalde de Finestrat muestre signos de querer coronarse como faraón, pero con esto de la Inteligencia Artificial uno ya no sabe en qué orilla del Nilo se encuentra.
Sí, he citado la IA de forma un poco torticera, lo reconozco, para hilar el primer párrafo con el segundo. Ahora que se ha muerto Tamariz, ya no hay motivo para que uno esconda sus trucos (y aquí va un guiño para mi amigo Álex Domínguez). El reloj del Fin del Mundo, mencionaba. Que dicen los prebostes de la tecnología que o frenamos un poco, o las máquinas son capaces de darle un empujón al segundero del Armagedón y poner la Tierra perdidita de azufre. Da la impresión de que, en realidad, los números no les cuadran. O que han descubierto que no hay suficiente agua en todo el planeta para refrigerar sus centros de datos. O que Trump está desbocado y les está robando hasta a ellos y prefieren esperar tiempos mejores. El caso es que las noticias sobre la IA están empezando a parecerse a las de las empresas de seguridad doméstica y, claro, uno tiende a cambiar de canal. Sí es más preocupante lo que la tecnología está consiguiendo en el examen PISA, pero de ese tema tendrían que hablar más los que saben. Que no son los que hablan. O gritan. O escribimos.
Como septiembre es un mes reflexivo, me he propuesto tareas mientras pienso en qué me pondré el día en que nuestros hijos graben el Apocalipsis con el móvil en vertical. Ya se pueden imaginar, cosas como ir al dentista, cambiar unas cortinas, despejar mi segunda mesa de trabajo –les escribo desde la primera- y evadirme de la realidad de los medios de comunicación, cosa que consigo una vez me he puesto al día mientras tomo el primer café, lo reconozco. Así que no me tomen en cuenta que no esté al tanto de las últimas novedades relacionadas con la alta política, las listas de espera sanitarias, las reivindicaciones del profesorado, la debacle migratoria de Ceuta y del Mediterráneo en general o las últimas estrategias con las que el PP sigue socavando el suelo que pisa Pedro Sánchez. A 85 segundos de la extinción, tan solo repaso las páginas de geopolítica internacional, más que nada para no olvidarme de Gaza y para saber qué destino me conviene elegir para un viaje que ando planeando. Ya tengo marcados todos los países que no se pueden visitar sin que te amenace un vecino. Ahora solo me falta decidirme por uno de los que no tienen chinchetas en mi mapa de proyección Equal Earth, pero como no uso la IA, tendré que ser yo quien apruebe la elección final. Son los pequeños placeres analógicos, qué quieren que les diga.
@Faroimpostor