Opinión

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Politizar el dolor

Publicado: 21/01/2026 ·06:00
Actualizado: 21/01/2026 · 06:00
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Conozco a la izquierda. La conozco porque milité muchos años en ella. Era joven. En la juventud, ya se sabe. La conozco y sé que es sectaria por definición. Ellos, y solo ellos, enarbolan la bandera de la eticidad, del progreso, del feminismo (¿también el de Irán?), del ecologismo y de mil derechos más, incluso de los que nadie ha oído hablar. Los otros, o son fascistas o viven en Atapuerca. Es el relato que han impuesto. El que también ha comprado buena parte de la supuesta derecha. Esta ha asumido una superioridad moral e intelectual de la izquierda que es tan ficticia como irrisoria. Pero de este "Himalaya de mentiras", del que habla Julián Besteiro, ya hablaremos otro día. 

La realidad se impone. La manipulación, siempre interesada, también. En estos días de luto nacional por la tragedia de Adamuz, los medios adictos al poder no han tardado en arbolar un eslogan: "No hay que socializar el dolor", "Es un accidente, no hay que hacer política". No puedo estar más de acuerdo. Ante la tragedia: dolor, consuelo a las víctimas y prudencia. El resto, lo dejamos a los técnicos. Que sean ellos quienes determinen las negligencias. 

¿Ha actuado la izquierda con la prudencia que ahora exige? ¿Lo ha hecho alguna vez? Afortunadamente, mi memoria aún puede retener fragmentos de ese catálogo de imágenes escondidas en el baúl del tiempo. Imágenes que delatan un comportamiento cuestionable, cuando no indigno, de una izquierda que pide una mesura de juicio que rara vez tuvo en estos casos, todo lo contrario: atacó sin piedad al gobierno de turno, con la única finalidad de sacar rédito político. Pregunto: ¿A costa de quién? Mi silencio les delata. Sus actos, también.

Los ejemplos se suceden. Estos no mienten, señalan. Son la radiografía exacta de una historia para no dormir. Siendo aún muy joven, un suceso conmovió a la España de la transición: el caso del aceite de colza, que fue el causante del envenenamiento de más de 20.000 personas, y la muerte de 3.000 intoxicados. Sucedió en 1981. Gobernaba la UCD. El PSOE exigía "responsabilidad política a aquel que, teniendo la ocasión, la oportunidad y los medios no ha cumplido con lo que es su obligación"; una responsabilidad que eludió Felipe González una vez llegó al Gobierno, como denunciaron insistentemente los afectados, quienes se vieron obligados protestas y acampadas en la sede de Ferraz. Sus reivindicaciones nunca fueron atendidas. Tenían el gobierno, el resto, ya era historia.

En el 2002 se dio el caso del "chapapote". El hundimiento en las costas gallegas del petrolero Prestige motivó movilizaciones masivas contra el gobierno de la Xunta y de España. ¿Quién gobernaba? Huelga decirlo, ¿verdad? El caso se judicializó, y mira por dónde ningún acusado fue condenado por delito ecológico. Paradojas de la vida, o de la política: en las playas donde se vertió el petroleó, llegadas las elecciones, volvió a ganar el PP por goleada. Otros vertidos, de menor calado, se sucedieron en el tiempo, pero no apareció el Nunca Máis. Gobernaba la indolente derecha, y no interesaba.

Lo del 11M es un ejemplo que debería estudiarse en las Facultades de información. Un tema para tesis doctoral. Dejo constancia de las declaraciones de Ibarretxe, quien, a las 9.51 horas, dijo: "ETA ha pretendido dinamitar la democracia"; y la del "rey de los brotes verdes", Zapatero, quien, desde la sede de su partido, manifestó: "Estamos ante el atentado más horrendo que haya cometido nunca ETA". Hora: 13.09. Trascurrido apenas un día, Acebes declaraba: "No se puede descartar en este momento que las organizaciones terroristas del tipo que sea tengan conexiones, alcancen acuerdos, que se ayuden". 

Tomar distancia de los hechos ayuda a adquirir perspectiva sobre lo sucedido. Nos permite comprenderlo y valorarlo. Cuando lo hacemos, recordamos que han pasado más de 40 años desde que se cometieron algunos de los asesinatos de ETA, de los que aún desconocemos su autoría, pero, al mismo tiempo, advertimos que al PP se le exigió que supiera, en menos de 24 horas, y con certeza absoluta, quiénes eran los autores de la matanza. ¿Quién socializó el dolor? ¿Quién se benefició políticamente?

Un último ejemplo. Menor, sin duda, pero no menos ejemplarizante. ¿Se acuerdan de cuando se sacrificó al perro Excalibur para evitar un posible contagio de ébola? La izquierda y los ecologistas, los que nunca protestan por el genocidio masivo de cristianos en Nigeria o del escandaloso maltrato que sufren las mujeres en Irán, convirtió a Excalibur en una especie de "mártir". Tal fue la movilización que llevaron a cabo, que consiguieron que el mensaje "#SalvemosaExcalibur" se convirtiera en trending topic mundial. Eso sí, que se repatriara a un sacerdote español, el padre Miguel Pajares, de 75 años, contagiado de Ébola cuando estaba de Misiones en Sierra Leona, les parecía un crimen de lesa majestad. Era cura, claro.

Y llegamos, ¡cómo no!, al ínclito Pablo Iglesias. Nunca asumiré las palabras de quien deshonrara a un gobierno con su presencia. El 7 de octubre de 2016, escribió: "Debemos politizar el dolor, que el dolor se convierta en propuestas para cambiar la realidad". Sus palabras, como sus actos, siempre le definen, a él y a su partido. Insisto: nunca las asumiré. Me parecen no solo lamentables, sino delictivas. Alientan el odio y se regodean con el dolor. Nada más inhumano. Nada más abyecto. Pero una cosa es no buscar el rédito político y otra muy distinta es señalar las causas del mal. Estas no se pueden ni se deben mitigar. 

El mal estado de las líneas férreas es bien conocido por todos los que usamos el AVE en nuestros desplazamientos. Cuando no hay retrasos sine die, hay trenes que se paran en la vía. ¿Qué quedó de aquél AVE que indemnizaba por apenas unos minutos de retraso? Queda la imagen distorsionada de un ministro tuitero y deslenguado que se dedica a insultar, cuando no a bloquear, en las redes sociales, y a no atender, con diligencia, sus obligaciones ministeriales. Queda un gobierno que es capaz de construir trenes que no caben por los túneles de Cantabria, lo que hubiera dado pie a que mi entrañable Forges o el gran Mingote hubieran podido dibujar una docena de antológicas viñetas. Queda un presidente de [des]Gobierno que no cesará a Óscar Puente, porque sabe que después iría él. Quedan una multitud de informes que señalaban el mal estado de la vía, y nada se hizo, seguramente porque se está más pendiente de invertir en Marruecos. Queda que hasta "la UE duda de la independencia del órgano que investiga el accidente de tren en Adamuz", porque en este país, la independencia no cotiza en bolsa, y menos aún en los medios afines. Queda un sinfín de medios de comunicación que están dispuestos a salvar al soldado Sánchez al precio que sea, y contra quien sea. Y queda lo peor: cuarenta y dos muertos. Heridos muy graves. Familias destrozadas. Y un país conmocionado. Una tragedia que nunca olvidaremos. Como tampoco relegaremos de nuestra memoria la Dana de 2024, una tragedia que tanto se ha politizado. 

No seamos como Pablo Iglesias. No politicemos el dolor. Dejemos constancia de nuestro sentido pésame por las víctimas. Pero que nos den lecciones quienes no tienen categoría moral para darlas. Por ahí no pasamos.

Juan Alfredo Obarrio Moreno es catedrático de Derecho Romano

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