VALÈNCIA. Ser valenciano es una forma de disfrutar. No en vano, tres de los cinco principales espectáculos festivos que se dan en España, -las Fallas, la Tomatina y los Moros y Cristianos-, tienen lugar en la Comunitat Valenciana (las restantes, según se dice, son la Semana Santa sevillana y los Sanfermines). Ocurre, sin embargo, que sentirse valenciano es una forma de sufrir, de experimentar eso que en nuestra lengua propia denominamos “patiment”. Un sufrimiento que se intensifica a medida que las ambiciones perseguidas se separan de la realidad y se viven retrocesos que inundan el ánimo de melancolía. Un sentimiento más presente cuando la edad avanza y se reduce la bolsa de tiempo disponible para alcanza los cambios anhelados. Un “patiment” que, con la maldición de la memoria en la mochila, se alimenta de dolorosos sinsabores que creíamos superados.
Algo que sigo sintiendo pese a perder la fe en la consecución de ensoñaciones triunfalistas; pese a reducir sensiblemente los decibelios de mis aspiraciones. Me conformo con una Comunitat Valenciana bien gobernada, impulsora de su talento y orgullosa del valenciano. Con la contemplación del mañana como un renacimiento de los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Con la alianza de los pueblos ante esa naturaleza que ahora se rebela y pasa factura a quienes han intentado someterla en lugar de sostenerla. Con la cercanía a solidaridades inter e intrageneracionales: éstas, proveedoras de servicios básicos, públicos y universales; aquéllas, facilitadoras de nuevos e ilusionantes proyectos de vida para los jóvenes. Una Comunitat con un horizonte de futuro en el que penetre la limitación de las desigualdades, espontáneas o pretendidas, y se aten en corto los fallos del mercado. Con una idea de Europa como hogar común de quienes deseamos un mundo alérgico a las muestras de fuerza, imposición y ruptura unilateral del derecho internacional; una Europa con el valor suficiente para defenderse ante quienes hacen tabla rasa de los avances civilizatorios logrados desde 1945.
Al releer los anteriores objetivos me doy cuenta de que, quizás, todavía no “he patit” lo suficiente: puede que los más escépticos consideren que rezuman utopía. Que esa cosmogonía a la valenciana no es consistente con el espíritu de los tiempos ni, mucho menos, con la fauna deshumanizada existente en el territorio valenciano, bien conocida por su imantación hacia el poder sin reglas y su desdén hacia la calidad democrática. Puede que tengan razón y que mi pretendido realismo apenas acaricie la superficie del auténtico: que hunda sus raíces más en el idealismo que en el análisis riguroso de lo existente. Pero, pese a la intensidad de tales advertencias, no estoy dispuesto a retroceder y transigir más todavía.
A lo largo del tiempo me ha obsesionado la búsqueda de nuevas respuestas, de lógicas más convincentes y de fronteras del conocimiento más lejanas, pese a lo cual me he desprendido de ideas que creía bien sustentadas en aras de un diálogo productivo con el que pensaba diferente. Recorrido ese largo camino, sembrado de chispazos animosos y de oscuridades frustrantes, me queda un espacio que considero irreductible por más que reciba la espalda de cínicos y descreídos: el ocupado por aquello que arriba he manifestado.
Es el mínimo común denominador de lo que considero un pueblo valenciano decente. Honesto. Trabajador y cooperativo. Empático. Sensible, abierto y acogedor. Ilustrado, curioso y crítico. De ambiciones nobles y ánimo curtido por la perseverancia. Menos oportunista y calculador del interés propio y más generoso hacia la necesidad ajena. Un pueblo orgulloso de sí mismo, pero manteniendo la tensión necesaria para aprender de lo mejor que ocurre en otro lugares, rehuyendo el ensimismamiento complaciente y paralizante.
Aspiro a que el pueblo valenciano hable consigo misma. Que no se produzcan hechos como el aislamiento institucional que percibimos entre las administraciones públicas a cuenta de la DANA y de las responsabilidades sobre sus consecuencias. De ese pueblo confío que reaccione y utilice con severidad los mecanismos democráticos contra quienes pretender ocultar su culpa y miseria moral mediante la confrontación, el engaño y la soberbia; que la utilizan hasta el punto de eclipsar el objetivo primero; y éste, siempre, siempre, siempre, deben ser los afectados por la DANA, la solución de sus problemas inmediatos y la más veloz eliminación de los riesgos subsistentes en las zonas afectadas.
E igualmente, del pueblo valenciano, de mi pueblo, espero que no se resigne a ser una pieza más del horrible mosaico que están construyendo el extremismo iliberal, el negacionismo climático y la xenofobia, especialmente tras la recepción en la Comunitat Valenciana de semejantes plagas, ahora realimentadas por quienes, calificándose de liberales al uso, demuestran con sus prácticas ser liberales usados, desteñidos, amorales.
Finalmente, como parte de los problemas esenciales de la Comunitat, mi expendedora de anhelos, quizás ingenua pero en todo caso obstinada, reclama que las miserias de la vida pública no sumerjan en un espacio abismal la dramática situación de la financiación autonómica. Sin la justa reparación de ésta no hay autonomía. Sin ella no existe equidad entre los valencianos ricos y pobres, llegado el momento de acceder a los servicios públicos fundamentales. Ni la hay entre las regiones ricas y las que, como la Valenciana, se sitúan en los últimos furgones de España por sus niveles de financiación pública y renta privada.
Sentirse valenciano puede implicar muchas cosas, incluido el sufrimiento; pero no nos merecemos que incluya, además, una maldición propia de Sísifo. Salgamos de la anestesia, la comodidad y el conformismo antes de que la Comunitat Valenciana sea triunfo a ondear por quienes ya están sembrando, en nuestro presente, las semillas de aquel pasado autócrata, centralista, dogmático y deshumanizado que superamos en 1977.