Trump, un pato muy cojo

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LA OPINIÓN PUBLICADA
Publicado: 07/11/2026 · 06:00
Actualizado: 07/11/2026 · 06:00
  • El presidente de EEUU, Donald Trump.
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Las elecciones de medio mandato en Estados Unidos (midterms) no han decepcionado las expectativas del planeta: el Partido Republicano ha sufrido un durísimo castigo electoral y ha perdido el control de las dos cámaras legislativas, Congreso y Senado, así como la gobernación de algunos Estados tan emblemáticos para los republicanos como Georgia y -especialmente- Texas.

Las encuestas, esta vez, sí supieron detectar las tendencias de fondo: las de una movilización electoral de protesta frente a las políticas de Donald Trump, sus despropósitos y vaivenes -por no hablar de sus robos y expolios sistemáticos-, protagonizada por colectivos diversos, pero con protagonismo del voto latino y de los jóvenes. Tampoco vamos ahora a decir que Estados Unidos vuelve a ser woke, pero sí que el trumpismo sale herido de muerte de estos comicios y el Partido Republicano tendrá que reinventarse y, probablemente, moderar sus postulados, en el fondo y especialmente en la forma, abandonando el chabacano ridículo cotidiano que está siendo la presidencia de Trump.

Tendrán tiempo para reflexionar, porque la victoria demócrata ha sido de tal calado que han obtenido una mayoría sólida no sólo en la Cámara de Representantes (253 frente a 157 de los republicanos, con 25 escaños por asignar), sino en el Senado (54 a 44, con dos escaños pendientes, en los que tienen una ligera ventaja los demócratas). Y si bien pueden ilusionarse pensando que dentro de dos años recuperarán el Congreso, aunque la mayoría sea aplastante (pues se renueva por completo cada dos años), no puede decirse lo mismo del Senado. Porque en el Senado los mandatos son de seis años, y cada dos años se somete a votación un tercio de los puestos. Los demócratas han conseguido senadores en bastiones republicanos en el Sur (Georgia, Carolina del Norte, Carolina del Sur, quizás Mississippi), e incluso en el Midwest (Kansas, donde no conseguían un senador los demócratas desde hace casi noventa años). Esos senadores no podrán recuperarse en seis años, durante los cuales los demócratas tienen una posición de predominio que difícilmente virará dentro de dos y de cuatro años, porque los senadores que se votarán, salvo hecatombe demócrata, son más fáciles de defender. Para entendernos: los demócratas tendrían que perder senadores en bastiones como Nueva York o Massachusetts para que los republicanos recuperasen el control del Senado dentro de dos o cuatro años.

Capítulo aparte merece lo sucedido en Texas, donde el candidato demócrata, James Talarico, ha obtenido también un puesto en el Senado. Y no sólo eso: en Texas, los demócratas han vencido también en las elecciones a Gobernador y en las dos cámaras territoriales (los Estados de EEUU están organizados como una versión en miniatura del país, con Congreso y Senado estatales y un gobernador del Estado) y han obtenido congresistas en distritos territoriales que los republicanos habían diseñado específicamente para ganarlos con facilidad (la práctica del gerrymandering).

El vuelco en Texas ha sido enorme. Talarico ha obtenido su escaño en el Senado por doce puntos de diferencia (55% a 43%), y la nueva gobernadora demócrata, Gina Hinojosa, por siete (52% a 45%). Las razones son diversas, pero tienen mucho que ver con la inmigración latina, especialmente presente (como es lógico) en los distritos fronterizos con México. El voto latino, que apoyó a Trump en 2024 para que redujera el coste de la vida, ha vuelto en masa ahora al redil demócrata, poniendo en riesgo los clásicos bastiones republicanos de Texas y los estados del Sur (las dos Carolinas y Georgia, fundamentalmente),

  • La gobernadora de Texas, Gina Hinojosa. 

De cara a las presidenciales de 2028, hay que señalar que, sin Texas, es prácticamente imposible que los republicanos conserven la Casa Blanca. Texas es el segundo Estado más poblado de Estados Unidos, tras California. Texas reparte 40 representantes en las elecciones presidenciales (la mayoría necesaria es de 270). Históricamente, en las últimas dos décadas, los republicanos han controlado Texas y Florida (el tercer Estado con más población, que tiene 30 representantes), y los demócratas California (54) y Nueva York (28), donde ganan muy claramente (en 2024 Kamala Harris venció por veinte puntos en California y por doce en Nueva York). Así que las victorias se acababan jugando en Estados de mediano tamaño en la región de los Grandes Lagos, como Ohio (17) o Michigan (15), o de los Estados sureños que ya comenzaron a virar en las elecciones de 2020, como Carolina del Norte (16) o Georgia (16). Pero si los republicanos han de compensar Texas, deberán ganar prácticamente en todos los Estados en disputa y aun así es difícil que les salgan las cuentas.

De manera que lo más lógico es que a esta debacle republicana le suceda otra en las presidenciales de 2028. Y es normal que así sea. Los dos años del segundo mandato de Trump están siendo un desastre sin paliativos. Para el mundo (salvo para China, probablemente) y para la población de Estados Unidos. Y además de una gestión desastrosa, los ciudadanos tienen que aguantar la chulería y zafiedad de Trump, sus mentiras, su afán por robar, por desvirtuarlo todo. También los romanos le rieron las gracias a Nerón y a Calígula por un tiempo, pero al final la cosa degeneró tanto que cayó por su propio peso. Y aquí también sucederá.

Particularmente satisfactorio de esta victoria, y específicamente de la victoria en Texas, ha sido ver cómo los cientos de millones de euros gastados por Elon Musk para intentar que James Talarico no sacase su escaño en el Senado no sólo no han servido para nada, sino que quizás hasta hayan resultado contraproducentes. Musk gastó 500 millones de dólares en la campaña (cien sólo contra Talarico en Texas) y la inmensa mayoría de sus candidatos han perdido. Poco después, las acciones de sus compañías, SpaceX y Tesla, se han hundido (un 10% y un 12% desde las elecciones, respectivamente), haciéndole perder muchísimo más dinero. Todo ello en un contexto en el que los votantes también han rechazado la implantación de más centros de datos en sus territorios y, en líneas generales, la luna de miel política de Trump con los tecnoligarcas y la inversión en IA puede languidecer en los próximos meses.

  • El senador electo de los EEUU, James Talarico. 

La democracia estadounidense ha demostrado estos dos años su debilidad y su falta de contrapesos efectivos ante un presidente que cuenta con el poder legislativo y el judicial (con una clara mayoría conservadora de 6 a 3 en el Tribunal Supremo). Veremos que sucede ahora que los contrapesos sí que pueden hacerse valer. Los demócratas pueden abrir investigaciones a los mandatarios trumpistas y al presidente, cortar fondos o destinarlos a otros menesteres, rechazar todos los nombramientos que proponga Trump, incluyendo jueces del Tribunal Supremo, … Y Trump puede vetarlo todo.

Sin mucho que hacer dentro del país, es posible que Trump se vuelque aún más en su agenda exterior (por llamar de alguna manera a sus erráticas y caprichosas decisiones). Es algo que hacen los presidentes al final de su segundo mandato, cuando se convierten en “patos cojos”: nadie les hace mucho caso, porque ya no pueden volver a presentarse y todo el mundo se fija en quién vendrá después. Habitualmente, los presidentes intentaban pasar a la historia y presentaban implícitamente su candidatura al Nobel de la Paz con iniciativas diversas (durante un tiempo, intentando lograr un acuerdo de paz entre Israel y Palestina). No será el caso de Trump, con quien mágicamente veremos a partir de ahora cómo los dirigentes europeos, que le reían las gracias o directamente (si eran de su cuerda) imploraban que Trump les prestase atención, súbitamente se vuelven independientes, acérrimos críticos y antitrumpistas de la primera hora.

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