Abrimos nueva temporada en La Plaza de las letras, y ya es la sexta. Seis años hablando de libros, de autores, de técnicas de escritura y de las lecturas que nos remueven.
Y, como debe ser, lo hacemos con cambios. El equipo sigue al completo, tranquilos, con Aitor Pilán de Miguel a los mandos, y Mamen Monsoriu y Javier Alandes como marineros de cubierta. Pero le damos una vuelta al formato: monográficos sobre un tema en cada programa. Para profundizar, para hacer que los capítulos sean atemporales, y para hacer que a los libros les demos más vida durante su lectura.
Nos estrenamos con un tema que trae Mamen: Coherencia versus Verosimilitud. Y os preguntaréis: ¿qué demonios significa eso?
El personaje que llevaba doscientas páginas apareciendo con zapatillas de repente se calza unas alpargatas. La protagonista que hemos descrito como tímida, que evita llamar la atención y que en las reuniones se sienta siempre en una esquina, de pronto se convierte en el centro de una conversación delante de veinte personas. El hombre que no bebe una gota de alcohol aparece tres capítulos después pidiendo un whisky doble. La mujer que vive obsesionada con el orden tiene, misteriosamente, un dormitorio que parece después de un terremoto. El personaje que odiaba conducir cruza media España en coche como si hubiera nacido al volante. La protagonista que nos hemos pasado cien páginas diciendo que no soporta a los perros acaba abrazando uno en la escena siguiente. Y ese personaje que, según nosotros, tenía cuarenta y siete años, de pronto recuerda algo que le ocurrió “cuando tenía cincuenta”.
Son pequeñas cosas. Algunas se pueden pasar por alto. Otras sacan directamente al lector de la historia.
Porque en la trama, en principio, lo tenemos bastante claro: todo, absolutamente todo lo que contamos, debe empujarla hacia adelante, pero aquí viene la pregunta: ¿Ocurre lo mismo con los personajes?
¿Tenemos que exigirles también una coherencia absoluta? ¿Un personaje que hemos construido como tímido tiene que comportarse siempre como un tímido? ¿Uno cobarde no puede ser valiente? ¿Alguien que odia mentir puede mentir? ¿Una persona profundamente racional puede tomar una decisión completamente irracional?
Porque hay una cosa que sabemos de los seres humanos y que, sin embargo, a veces olvidamos cuando escribimos: somos profundamente contradictorios. Y es, precisamente, en esas contradicciones, donde se transparenta la parte escondida de nuestro iceberg.
Así que, aquí tenéis cincuenta minutos donde hablamos sobre la contradicción humana y sobre cómo, quien escribe, ha de saber manejarla. Disfrutad del programa.