Al rescate de Juan Luis Vives, el valenciano más universal y el más ignorado

Revista Plaza Principal

Cultura

Sorolla y Blasco Ibáñez, e incluso en ambientes letraheridos Ausiàs March y Joanot Martorell, son figuras totémicas en el imaginario colectivo valenciano. Por el contrario, Juan Luis Vives, pese a su gigantesca dimensión intelectual, es una presencia difusa en la memoria común que el catedrático de Lengua Latina de la Universitat de València Marco Antonio Coronel trata de rescatar de la penumbra, planteando diversos proyectos e iniciativas

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Los restos mortales de la madre de Juan Luis Vives fueron desenterrados por los esbirros de la Inquisición para ser quemados públicamente en la hoguera en 1530 tras el proceso abierto contra ella, una vez muerta, por prácticas judaizantes. Seis años antes, en un auto de fe celebrado en València el 6 de septiembre de 1524, el padre de Vives, la abuela materna, un tío paterno y otros familiares directos también habían sido víctimas de las llamas inquisitoriales. Su delito: ser considerados criptojudíos; es decir, falsos conversos, judíos infiltrados. Otra característica que definía a los Vives, y no menos importante, era su pertenencia a la burguesía acomodada. Las clases pudientes e ilustradas, mayoritariamente de origen hebreo, fueron las primeras en situarse en el punto de mira de los inquisidores, que sabían muy bien hacia dónde apuntaban, ya que los bienes de los condenados eran expropiados de manera automática por sus verdugos. Y es que la Inquisición fue también, entre otras muchas cosas, un gran negocio.

Si el joven Juan Luis se libró del aciago destino familiar fue porque su padre, a la vista de la atmósfera ponzoñosa que reinaba para los suyos y de los riesgos evidentes que percibía, decidió interrumpir los estudios de su hijo en la recién fundada Universitat de València y enviarlo a la Sorbona de París para continuar su formación. Tenía entonces diecisiete años, había nacido en 1492, precisa y premonitoriamente el año que los Reyes Católicos decretaron la expulsión de los judíos, y ya no volvería a poner los pies en la Península, pese a que en 1522, convertido ya en un intelectual de gran renombre y creciente prestigio, se le ofreció la cátedra que había dejado vacante en la Universidad de Alcalá de Henares ni más ni menos que Antonio de Nebrija. No aceptó. La alargada y pesarosa sombra de los horrores vividos por su familia y el miedo, más que fundado, sobre la suerte que él mismo podría correr fueron determinantes en su negativa.

«La València que vio nacer a Juan Luis Vives, a finales del siglo XV, era un lugar deslumbrante —apunta Marco Antonio Coronel, catedrático de Lengua Latina en la Universitat de València y especialista en la figura del pensador valenciano—. Fue durante esa época cuando se construyeron la Lonja de la Seda y las principales edificaciones del gótico civil; cuando se fundó la universidad, y se puso en marcha, por primera vez en España, una imprenta estable. València ejercía de puente con Italia y Centroeuropa y atravesaba un período de plena pujanza cultural, comercial y económica; pero, al mismo tiempo, no dejaba de ser un sepulcro blanqueado y una ciudad asfixiada por el humo de las hogueras de la Inquisición».

Coronel, que está coordinando las nuevas traducciones de las obras completas de Vives a cargo del Ayuntamiento de València, anda empeñado también en promover diversos proyectos e iniciativas destinados a difundir su inmenso legado intelectual, en un intento de hacer descender a Vives del pedestal estrictamente académico en el que reposa para acercarlo a un público más amplio.

Razones no faltan para que València resuelva esa deuda pendiente con uno de sus hijos más ilustres y universales y, sin embargo, más ignorados. Y es que, no en vano, Vives, cuya existencia nómada y azarosa le llevó a residir en lugares como París, Brujas e Inglaterra —donde fue profesor en Oxford—, se codeó con lo más granado de la intelectualidad de su tiempo, especialmente con Erasmo de Róterdam y Tomás Moro, y mantuvo estrechas relaciones con algunas de las personalidades políticas más poderosas e influyentes de su época, como Carlos V, Enrique VIII, Catalina de Aragón —esposa del monarca inglés— además de con la hija de ambos, María Tudor, de la que fue preceptor. Y, a pesar de su exilio perpetuo, Vives siempre mantuvo un vínculo sentimental con su tierra de origen y, por ello, no es casualidad que acostumbrase a firmar sus cartas como 'Valenciano'.

Universalista y ecléctico 

A grandes rasgos, podría decirse que el pensamiento de Juan Luis Vives, que abordó cuestiones de muy diversa índole en sus escritos, se articula como una suerte de nexo histórico entre dos mundos: el medieval y el renacentista. El filósofo valenciano, «un hombre del siglo XVI con la mente en el siglo XXI —explica Coronel—, que inventó, entre otras cosas, los servicios sociales y nos alertó sobre los peligros de lo que hoy llamamos posverdad, fue un precursor por su talante visionario. Lo definiría como un pensador universalista y ecléctico, porque trató temas que también interesaron a otros humanistas pero lo hizo con un enfoque distinto. Aunque tiene un anclaje en la cultura clásica, en el mundo medieval y cristiano, en el tomismo, miraba la realidad sin apriorismos y esa perspectiva abierta, esa curiosidad, esa ecuanimidad y templanza de juicio le permitieron revolucionar múltiples disciplinas, hasta el punto de que en algunos casos se adelantó varios siglos a su tiempo».

Dos de los ejemplos más llamativos que vienen a corroborar la tesis del catedrático de la Universitat de València los encontramos en materias como la psicología o la pedagogía. En la primera de ellas, bien podría decirse que Vives, según Coronel, «es el auténtico padre de la psicología moderna, puesto que tres siglos antes que Freud, él ya estudiaba empíricamente las emociones humanas basándose en el método inductivo y en la observación», mientras que en la segunda, Juan Luis Vives fue un pionero en defender que la enseñanza no debe aplicarse con los mismos patrones para todos los alumnos, sino adaptarse a las características y al talento de cada individuo concreto.

Si bien los orígenes judíos de Vives no fueron plenamente documentados hasta mediados del siglo XX, gracias a los trabajos llevados a cabo por investigadores como Américo Castro o Miguel de la Pinta Llorente, la herencia hebrea y el peso de la tradición judeoconversa española desempeñaron un papel decisivo en la configuración de no pocos elementos de su pensamiento, una circunstancia que, en opinión de Marco Antonio Coronel, «no siempre se ha tenido suficientemente en cuenta».

El peso del judaísmo

Argumenta el especialista que «el método, la forma de interpretar y de acercarse a los textos que distingue a Juan Luis Vives es muy propia de la cultura judeoconversa, porque la cultura judía es una cultura de debate, analítica, no de ortodoxias cerradas ni de especulaciones dogmáticas, lo cual le proporcionó un espíritu crítico implacable frente a los dogmas y una profunda conexión con el estudio directo de los textos sagrados».

En un terreno más íntimo y personal, y tal vez de forma un tanto paradójica, el drama familiar, la represión brutal y homicida que sufrieron sus seres queridos, en lugar de inocularle un resentimiento que sería comprensible le llevó, por el contrario, a convertirse en un titán de la tolerancia que defendió contra viento y marea la necesidad de construir una concordia cívica a todos los niveles, al tiempo que abogó por el diálogo entre las religiones a través de la racionalidad, un planteamiento conciliador y de mano tendida que, aún a fecha de hoy, resulta especialmente oportuno. El haber sufrido en carne propia las consecuencias del fanatismo y la intransigencia lo inmunizó frente a las cosmovisiones excluyentes, monocromas y extremistas.

Una relación difícil

Sin embargo, a pesar de la trascendencia histórica de Vives en el terreno de las ideas, su relación con la ciudad que lo vio nacer nunca ha sido fácil. En 1880 la colocación de la estatua del pensador valenciano, obra de José Aixa, que preside en la actualidad el claustro de la vieja Universitat de València generó enormes resistencias. Para algunos se trataba de un personaje demasiado heterodoxo que no merecía semejante honor, mientras que otros fundamentaban su rechazo argumentando que ni siquiera había sido profesor de la institución, sino únicamente un simple estudiante de la entidad recién creada. Solo el empecinamiento personal del entonces rector de la Universitat de València, José Monserrat, consiguió que la efigie de Vives se levantara y presida hoy el recinto universitario de la calle de la Nau. Los vestigios tangibles que quedan del humanista valenciano son, además del mencionado monumento, un busto en la recoleta placita de Margarita Valldaura —fue la esposa de Vives— y el nombre de un instituto.

«El mayor intelectual español del Renacimiento fue hijo de un hombre asesinado por el poder y de una familia expoliada hasta la miseria», subraya el catedrático Marco Antonio Coronel, quien considera que ya es hora de resolver ese desencuentro y sentar las bases necesarias para otorgarle la dimensión que merece.

«Vives —sostiene Coronel— no debería quedar restringido al ámbito de cuatro eruditos y cuatro profesores, sino calar y permear a toda la sociedad. València debe aprovechar su inmensa figura para convertirse en un foco cultural, en un centro de ideas y reflexión sobre la concordia, la tolerancia y la democracia. Creo que falta conciencia sobre la importancia del pensamiento y de eso que, en tiempos de Vives, se llamaba la República de las Letras, para construir una sociedad equilibrada y un mundo más confortable. Lo que nos hace humanos es la capacidad de hablar, y lo que nos hace ciudadanos es la capacidad de debatir con respeto, sin imponernos al otro ni darnos de bofetadas, y el legado intelectual de Vives puede y debe contribuir a ello».

Proyectos de restitución

Para lograr un objetivo tan ambicioso, Coronel cimenta su proyecto en cuatro frentes distintos, pero unidos por una aspiración claramente transversal. La puesta en marcha de un centro de interpretación y estudios de la obra vivesiana en el entorno de la antigua judería valenciana, que se utilizaría a su vez como casa-museo y lugar de encuentro para cursos, jornadas y conferencias, sería la primera de estas iniciativas, mientras que la segunda consiste en la creación de una cátedra institucional permanente, auspiciada por las universidades y abierta a la ciudadanía, cuya finalidad se orientaría al estudio del humanismo y la ética.

Las otras dos propuestas se concretan en el establecimiento, por parte del consistorio valenciano y la Universitat, de un Premio Internacional Juan Luis Vives, y en el diseño de una serie de rutas turísticas con vocación cultural que permitirían recorrer los escenarios de la ciudad en los siglos XV y XVI y los lugares vinculados a la familia Vives y a la Inquisición.

Sin embargo, Marco Antonio Coronel reconoce sentirse «un tanto frustrado», ya que hasta el momento sus no pocos tanteos en busca de respaldo, tanto en la esfera pública como privada, solo han obtenido «buenas palabras». Al menos, el Ayuntamiento de València acaba de retomar el programa, iniciado en 1992 con motivo del V centenario del nacimiento de Vives, e interrumpido durante varios años, de traducir su obra completa al castellano incorporando nuevos criterios y notas críticas. Además de encargarse de algunas de las traducciones, el catedrático de Lengua Latina está coordinando los trabajos de este esfuerzo editorial que califica de «loable y ambicioso» y que «permite democratizar el acceso al pensamiento vivesiano, sacándolo del reducto exclusivo de los latinistas y acercándolo al gran público».

Pero si algo parece evidente es que la llamada alta cultura no suele encontrar un gran eco social ni suscita entusiasmos masivos. A la hora de combatir esas inercias acomodaticias, Coronel entiende que no solo hay que dirigirse a las Administraciones públicas, sino efectuar también «un llamamiento a las grandes empresas valencianas, para que tomen conciencia de que pueden aportar mucho a la sociedad en el ámbito cultural y de que eso es algo que ennoblecería al tejido empresarial, puesto que los frutos que dejaría son más imperecederos que las propias compañías. En otros países, algunos de los proyectos culturales más importantes tienen detrás a empresas privadas».

Juan Luis Vives fue también, para su desgracia personal, un precedente y un reflejo de esa inveterada tendencia española a mostrarse ingrata con sus hijos más lúcidos y preclaros. Sobran los ejemplos. Es larga la nómina. Intelectuales de la talla de José María Blanco White, en el siglo XIX, o poetas de la relevancia de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Luis Cernuda murieron como proscritos en el exilio. Otros, como García Lorca o el científico y rector de la Universitat de València Joan Baptista Peset Aleixandre, ni siquiera lograron ponerse a salvo y fueron fusilados por los facciosos que se alzaron en armas en 1936. «Patria dat vitam raro largitur honores; hos multo melius terra aliena dabit» (la patria da la vida, pero rara vez otorga honores; una tierra extranjera los concederá con mayor generosidad) reza el adagio latino inscrito junto al busto de Vives en la plaza Margarita Valldaura. Restituir su memoria, preservar y darle la máxima difusión a su legado en València sería un acto de justicia poética.   

Un adelantado a su tiempo

Juan Luis Vives proyectó una mirada nueva sobre múltiples asuntos. Fue, por derecho propio, eso que se ha dado en llamar un precursor. Esta es una breve síntesis de algunas de sus principales aportaciones.

La política. Fue un consejero pragmático. En sus cartas a reyes y papas o al mismo inquisidor general al que dedicó De pacificatione (1529), rechazó el maquiavelismo cínico y defendió que el gobernante debe estar sometido a la ética y buscar siempre el bien común por encima de la gloria militar.

El europeísmo. Acuñó el concepto de Europa como una identidad cultural y política compartida. Angustiado por las guerras entre Carlos V y Francisco I, y por la amenaza turca, clamó por la unión y la paz de los reinos europeos (De Europa dissidiis et Republica, 1526).

La psicología. Con De anima et vita (1538) fundó la psicología empírica al dejar de preguntarse «qué es el alma» para estudiar «cómo actúa», y analizar de forma pionera aspectos como la memoria, el aprendizaje o las pasiones humanas.

La ética. Para Vives, la ética es el centro de todo saber. En De disciplinis (1531) argumenta que la erudición sin bondad es peligrosa; el maestro y el intelectual deben ser, ante todo, ejemplos de conducta moral intachable.

La tolerancia. Su propia biografía le hizo detestar la violencia por motivos de fe. Abogó por el diálogo, la persuasión racional y el respeto mutuo frente a la imposición por la fuerza y las hogueras inquisitoriales.

La atención a los pobres. Revolucionó la asistencia social con De subventione pauperum (1526), exigiendo que los municipios y el Estado se hiciesen cargo de los indigentes, enfermos y desempleados mediante censos, asilos públicos y fomento del empleo. Sacó la pobreza del ámbito de la simple limosna. 

La mujer. En De institutione feminae christianae (1523), escrito para la princesa María Tudor y dedicado a Catalina de Aragón, su madre, defendió firmemente el derecho y la capacidad de la mujer para acceder a la educación y a la lectura, rompiendo así con el prejuicio medieval que las relegaba a la ignorancia, aunque también mantuviese para la mujer ciertos roles tradicionales de su época.

La religión. Promovió un cristianismo de base erasmista basado en la paz, la interioridad y la moral evangélica, rechazando las disputas teológicas inútiles y el fanatismo institucional.

La posverdad (el engaño de las palabras). En su crítica a la escolástica (Adversus pseudodialecticos, 1519) advirtió sobre los peligros de retorcer el lenguaje y los conceptos para crear falsas realidades. Defendió el uso de la razón empírica y el sentido común frente a los discursos vacíos y manipuladores, lo que constituye una advertencia de plena actualidad en la era de las fake news.  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 139 (septiembre 2026) de la revista Plaza

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