Las fotos que el barro no consiguió borrar

Revista Plaza Principal

Salvem les Fotos UPV

A lo largo de dos años, un equipo de la Universitat Politècnica de València (UPV), liderado por Esther Nebot Díaz, Pilar Soriano Sancho y Pedro Vicente-Mullor, ha logrado restaurar 350.000 fotografías que estuvieron a punto de perderse por la Dana del 29 de octubre de 2024. Ahora, más de cuatrocientas familias vuelven a tener en sus manos aquellas fotografías y álbumes que creyeron perdidos

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Un joven con boina y traje mira al frente. Su rostro, serio e impasible frente al objetivo, no permite adivinar su edad, pero la técnica le pone fecha: es una fotografía de principios del siglo XX, obtenida mediante revelado químico y posteriormente retocada a carbón para darle apariencia de retrato. Algunas partes están cubiertas de manchas blancas y los bordes del papel están comidos por insectos, como el lepisma saccharina. Algunos de esos desperfectos son heridas producidas por el paso del tiempo, pero otros son consecuencia del agua y el barro que trajo la Dana. Con sumo cuidado, las manos enguantadas de Aisha Jaume y Andrea Baldwin trabajan para recuperar la imagen y borrar las huellas de aquel 29 de octubre de 2024.

La tarea exige paciencia y precisión. Con lápices especiales, las restauradoras van reintegrando las zonas dañadas, ajustando el color para que esas rayas blancas dejen de atraer la mirada —como ocurre cuando una camisa tiene una mancha y la vista va directamente allí—. No alteran la fotografía, sino que intervienen únicamente sobre las partes deterioradas. Tampoco interpretan la imagen y, si una parte no se puede reparar, la dejan. Una de ellas coloca papel japonés, un papel fino y libre de ácido, en uno de los bordes para consolidarlo. Con el paso de los días, ese muchacho de la fotografía comienza a ser parte de sus vidas, al igual que las miles de copias positivadas que han pasado por sus manos. Cada una, una historia; todas, enigmas que no siempre se resuelven. Por ejemplo, el de este muchacho. «No sabemos quién es la persona retratada, pero sí sabemos a qué familia pertenece. Tenemos todo catalogado por lotes y registros; son unas cuatrocientas familias», explican Esther Nebot Díaz y Pilar Soriano Sancho, que, junto con Pedro Vicente-Mullor, son las codirectoras e impulsoras del proyecto solidario y científico Salvem les Fotos UPV.

  • La foto del chico de la boina -

Son pocas las fotografías que quedan por restaurar en comparación con las miles que han pasado por sus manos durante estos dos años, pero su valor es incalculable. También son las que presentan más complicaciones. Es el caso de la fotografía de un joven cubierto de manchas de humedad y microorganismos, cuya hoja de papel baritado permanece tras el cristal de un antiguo marco de madera. «Esta es una de las últimas fotografías que quedan. Tiene una problemática de hongos y, además, la gelatina se ha adherido al vidrio. Durante la inundación, la gelatina se hincha y acaba adhiriéndose al cristal. Con el barro y ese proceso de hinchamiento y adherencia, la gelatina se desnaturaliza y devolverle sus características originales resulta más complejo», comentan.

Sobre un álbum de cartón envejecido aparecen varias fotografías de principios del siglo XX que conservan todavía el acabado de los antiguos estudios fotográficos. Un joven, vestido con un traje de carácter ceremonial, posa de pie junto a una silla ornamentada; una mujer aparece sentada en una silla de respaldo alto, y en otra, dos menores posan en un decorado de estudio. El agua ha levantado y desprendido buena parte del papel que las rodeaba, pero todavía se intuye la firma del autor: Antonio García Peris, uno de los grandes fotógrafos valencianos de la época y suegro de Joaquín Sorolla.

A su lado, las fotografías de uno de los grandes fotógrafos españoles de comienzos del siglo XX: Kaulak, seudónimo de Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo —sobrino del célebre político—, cuyo estudio madrileño fue uno de los más reconocidos de la época. En ellas se ve a la misma mujer, pero el deterioro ha borrado fragmentos del vestido, el rostro y el decorado del estudio, dejando el soporte al descubierto y convirtiendo las ausencias en parte de la propia imagen.

  • Algunas de las fotografías que quedan por restaurar -

Recuerdos embarrados

No se sabe quién es la persona retratada, pero sí la familia que está detrás, que anhela volver a tener esa fotografía en casa y, quizá, colocarla donde estuvo o conservarla esta vez en un lugar más seguro. En total, han recuperado 350.000 fotografías que son historias: viajes, ceremonias, retratos que para alguna familia eran el último testimonio que conservaban de sus seres queridos y también álbumes que narran toda una vida. Una de las emotivas historias que rememoran en el laboratorio es la de un restaurante que quedó completamente inundado y destrozado y que, el día de su reapertura, recibió las fotografías de sus recetas ya restauradas.

El agua primero y después el barro destrozaron todo a su paso. Las siguientes horas fueron una carrera contra el tiempo para intentar salvar todo aquello que pudiera recuperarse. Mientras en las zonas afectadas se retiraban muebles, enseres y toneladas de barro, alumnos y antiguos alumnos del Departamento de Conservación y Restauración de Bienes Culturales y de la Facultad de Bellas Artes de la Universitat Politècnica de València acudían como voluntarios para ayudar en las tareas de limpieza. Entre los residuos encontraron algo que se resistieron a desechar: álbumes familiares, fotografías sueltas, retratos antiguos, marcos… Incluso hubo quien se llevó algunos a casa a la espera de ver qué hacer. Habían aprendido el valor de la fotografía y querían salvar y conservar aquellas imágenes que estaban sepultadas bajo el barro. «¿Qué podemos hacer?», les preguntaron a Esther y Pilar. Y así nació Salvem les Fotos UPV. En pocos días habilitaron un laboratorio en la Facultad de Bellas Artes y comenzaron a recibir fotografías procedentes de las localidades afectadas. El 4 de noviembre de 2024, el laboratorio ya estaba a pleno rendimiento.

Pronto la iniciativa cobró dimensión y se convirtió en un proyecto colectivo en el que acabarían participando más de doscientas personas entre restauradores, investigadores, profesores, personal técnico, fotógrafos, especialistas en documentación y digitalización, estudiantes y voluntarios. Si las primeras fotos llegaron de la mano de los estudiantes, las siguientes llegaron de las propias familias, que querían conservar aquellos recuerdos. Pilar y Esther rememoran las colas que se formaban con personas que traían cajas mojadas con cientos de fotografías, e incluso con carritos de la compra para llevar hasta veinte álbumes.

  • Pilar Soriano Sancho (izquierda) y Esther Nebot Díaz (derecha), dos de las codirectoras del proyecto Salvem les Fotos UP -

A la facultad llegaron porfolios completos, fotografías sueltas, retratos enmarcados y recuerdos que habían quedado mezclados con el barro y que se atesoraban entre las páginas de los álbumes. Algunas conservaban nombres, fechas o alguna pista que permitía identificar a sus propietarios. Otras eran anónimas: habían sido recogidas de las calles por estudiantes o por personas que las encontraron durante los días posteriores a la inundación y todavía esperan que alguien las reclame. «¿Cómo íbamos a dejar que se perdieran?», exclaman con cierto desasosiego.

Un protocolo contra el olvido

Había que actuar rápido: cada hora podía marcar la diferencia entre conservar una imagen o perderla para siempre. También tuvieron que buscar un lugar más seguro. «Los días en los que la universidad estuvo cerrada aprovechamos un aula, pero tuvimos que trasladarnos porque había demasiadas esporas tóxicas, provocadas por los hongos, en el ambiente, y el espacio no tenía suficiente ventilación», explican sobre aquellos primeros días, antes del traslado a una sala más grande y con ventilación cruzada.

Ante tal cantidad de documentación, crearon un protocolo. Cada lote se registraba —con un número para preservar el anonimato— y se identificaba con todos los datos que podían aportar las propias fotografías, las familias o el lugar donde habían sido recogidas. «La necesidad de organizar bien el material era fundamental porque, si no, habría sido imposible controlar qué había vuelto a cada familia», comentan.

Después se establecía un orden de intervención en función del tipo de papel, la humedad o la presencia de barro y microorganismos, factores que obligaban a estudiar cada imagen antes de intervenir. Algunas podían limpiarse y consolidarse; otras debían pasar por un proceso de congelación —«las fotografías que llegaban muy mojadas se congelaban a unos -19 ºC para detener el avance de la afección fúngica»—, algo que no se podía hacer con aquellas que tenían grandes superficies de vidrio. Después llegaba el lavado y la limpieza, la consolidación de los soportes y la restauración de las partes dañadas. Y, en determinados casos, había que asumir que una parte de la imagen se había perdido para siempre. El objetivo no era devolverlas a un estado perfecto, sino recuperar todo aquello que todavía podía conservarse sin alterar la fotografía original. Aquellos días los recuerdan como «extenuantes», y la vida de ambas profesoras se detuvo.

  • Estado de los álbumes tras la Dana -

 

Al laboratorio llegaron unos dos mil álbumes, cuyo proceso de restauración era bien diferente: se fotografiaba su interior para registrar el orden original y, así, poder volver a montarlos exactamente igual cuando cada una de las fotos estuviera restaurada. Se trataba de recuperar las fotografías, pero también de conservar la manera en que cada familia había hilvanado su propia memoria dentro de aquellas páginas. Entre sus hojas aparecieron también mechones de pelo, cartas, entradas de espectáculos, cartillas de racionamiento, pasaportes republicanos y pequeños tesoros que formaban parte de su historia, como, por ejemplo, un cordón umbilical.

En ese proceso de restauración también se ha incorporado un equipo del Instituto Universitario Valenciano de Investigación en Inteligencia Artificial (VRAIN) de la Universitat Politècnica de València, que ha desarrollado la herramienta de inteligencia artificial Rebrot. Está diseñada para reconocer los daños que presenta la fotografía y discriminar cuáles pueden recuperarse y cuáles no. Por tanto, no interviene sobre los rostros ni reconstruye aquello que no se conoce —por falta de información—, pero sí puede ayudar a recuperar determinadas pérdidas en los bordes u otras zonas deterioradas. «La herramienta [Rebrot] es una pata más del proyecto; no se emplea para generar una imagen que no existe», especifican. Además, insisten en que «no es una herramienta generativa».

Las historias detrás de las fotos

Las familias también llegaban con sus relatos y querían ser escuchadas, convirtiendo la devolución en un momento de encuentro. Primero recorrían el laboratorio con las familias para enseñarles el camino que habían seguido sus fotografías; después llegaba el momento de abrir los álbumes recuperados. Las emociones afloraban al ver las fotos de familiares que ya no están, al recordar la entrada de un concierto que tenían entre las páginas del álbum o al volver a ver una imagen que era importante en sus vidas. Y es que la fotografía familiar tiene esa capacidad de hacer aflorar recuerdos que se creían olvidados. También aparecían las historias de aquel 29 de octubre. «La devolución no era solamente entregar un objeto restaurado. También consistía en acompañar a las familias y escucharlas», rememoran. Lo hacen reconociendo que «psicológicamente, la experiencia nos ha afectado mucho».

  • Esther Nebot, Pilar Soriano, Aisha Jaume y Andrea Baldwin -

El equipo de Salvem les Fotos UPV ha entregado casi la totalidad de las imágenes que han recibido. Siguen llegando —a finales de septiembre recibieron un nuevo lote—, pero ya son anecdóticas. En una mesa reposan aquellas que aún no han sido entregadas porque se desconoce a quién pertenecen. Pilar coge una caja de una de las bolsas y, con sumo cuidado, retira el cordel que la envuelve. Con mimo muestra algunas de las fotos que componen el álbum y que han sido restauradas. En ellas se ven animales y fotografías de las mismas personas en distintos lugares. A nuestros ojos no tienen nombres ni apellidos, pero las responsables esperan que pronto esas personas puedan tenerlas en sus manos. De hecho, su intención es ponerse en contacto con las policías locales de esos municipios y entregar las fotografías para que puedan llegar a sus propietarios. «No las colgamos en las redes sociales para preservar su anonimato», recalcan.

A lo largo de dos años, las restauradoras han almacenado los descartes, aquellos álbumes y fotos que no han podido ser recuperados, además de elementos que tienen cierto interés. «Existe incluso una especie de síndrome de Diógenes porque todo nos parece interesante y nos cuesta tirar materiales que forman parte de la historia de las familias», cuentan, esbozando una sonrisa. Hicieron bien, pues ahora algunos artistas se han puesto en contacto con el proyecto porque quieren reinterpretar esas fotografías distorsionadas. De hecho, uno de esos restos se convirtió en una de las imágenes emblemáticas del proyecto: una fotografía que se había desvanecido y que parece una acuarela.

Un proyecto que continúa

Entonces, cuando se entregue el último lote, ¿habrá terminado el proyecto? Pilar y Esther explican que la iniciativa ha permitido desarrollar las tres funciones de la universidad: docencia, investigación y transferencia a la sociedad. Ahora, «la continuidad debe implicar a los ayuntamientos y a las instituciones correspondientes, que puedan seguir ayudando a las familias cuando sea necesario y que los alumnos que ya han terminado su formación puedan desarrollar profesionalmente lo aprendido». Además, consideran importante establecer protocolos para que el conocimiento adquirido pueda utilizarse en futuras catástrofes. De hecho, durante inundaciones posteriores recibieron llamadas de personas que pedían ayuda.

 

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Una fotografía puede no tener un valor especial en el momento en que se toma, pero sí adquirirlo muchos años después. Es lo que les ha ocurrido a las familias que entregaron sus imágenes y que ahora vuelven a tenerlas en casa, esta vez restauradas. De hecho, según explican, para ellas tenía más valor conservar una imagen en papel que tenerla digitalizada. Porque el papel no solo protege una imagen: guarda las huellas del tiempo, las marcas de quienes lo tocaron y la posibilidad, cargada de nostalgia, de volver a abrir un álbum y reencontrarse con una parte de su propia historia. Incluso puede despertar un recuerdo olvidado. Y precisamente ese ha sido el objetivo del proyecto: «Recuperar fotografías era recuperar una parte de la historia de cada familia», resumen.

El proyecto también ha devuelto el protagonismo a la fotografía familiar. Muchos de los estudiantes tenían sus fotografías en el móvil y no impresas, y la iniciativa les ha llevado a volver a poner en valor el papel y el hecho de tenerlas de nuevo entre sus manos. A raíz de esto, el equipo ha trabajado también con institutos para explicar el valor de la fotografía familiar y animar a los jóvenes a sentarse con sus abuelos, sacar los álbumes y preguntar por las personas que aparecen en ellos. «Ahora todos tenemos las fotografías en el móvil y difícilmente volvemos a verlas. Esto debe cambiar», concluyen. Quizá dentro de unos años alguien vuelva a mirar la fotografía del joven de la boina. Quizá sea un familiar que lo reconozca o quizá alguien que, como nosotros, vea en él tan solo a un anónimo. De cualquier modo, esa imagen seguirá contando una historia.

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza

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