el joven turco / OPINIÓN

Exacto

11/10/2021 - 

Fue la campaña de Bill Clinton quien popularizó la frase ‘es la economía, estúpido´ y desde entonces ha servido para dar la alerta a casi cualquier problema político que estando latente no ocupa aún el debate, pero en el medio plazo puede condicionarlo todo. No soy muy original en la referencia, lo sé. Pero si el jefe de campaña de Clinton tuviera que poner hoy en su pizarra una frase clave elegiría, con toda probabilidad, una fórmula similar a: es la juventud, estúpido.

Hace pocos días tuve la oportunidad de hacer mi propio estudio de campo. Estaba dando clase a un grupo en la universidad cuya edad media está en torno a los 21 años y tienen una opinión más que formada en política. Les lancé la pregunta, ¿quién de vosotros está orgulloso u orgullosa de los acuerdos de la transición? No llegarían al 10% quienes levantaron la mano. Está claro que esta muestra no es válida para extraer conclusiones, pero la idea me vino de un artículo del politólogo Ignacio Jurado en el blog Piedras de Papel. En el se analizaba el resultado de esa misma pregunta en el CIS. La conclusión, como ocurrió en la clase de tarongers, era que cuanto más jóvenes somos en este país, menos vinculación tenemos con la solución democrática que este país se dio hace más de 40 años.

Podría deberse a muchos factores, como por ejemplo la distancia generacional. Parece lógico que quienes no vivimos ese momento sintamos menos apego a su resolución que las generaciones que lo protagonizaron. Yo mismo soy un firme defensor de la idea de Rousseau sobre que toda generación tiene derecho a su contrato social. Pero creo que reducir el problema a esto sería simplificarlo en exceso. No creo que se trate solo de no haber sido protagonistas, ni siquiera cuestionados directamente sobre nuestro contrato constitucional. Sino más bien sobre donde se percibe que el sistema político orilla a las personas más jóvenes.

Esta fractura generacional no es exclusivamente nuestra. No es algo exclusivamente español, aunque en España tenga sobrados motivos. Asusta ver como los jóvenes italianos respondía hace poco una encuesta sobre la dictadura fascista de Mussolini. Decían mayoritariamente que, si bien es condenable, también trajo cosas positivas. Y el fenómeno se repite, con mayor o menor intensidad, en otros países de nuestro entorno. Algo pasa y hay que encender las alarmas. Porque no pasa porque sí. No ocurre gratuitamente.

Sin paternalismos debería comprenderse que es más difícil sentirse comprometido con un sistema que te expulsa a los márgenes. La democracia es mucho más, pero no olvidemos que gran parte de su estado de salud ha dependido históricamente del resultado que proporcionaba en términos de bienestar. Si el conjunto del sistema político me permite o no tener un proyecto de vida digno, desarrollarme como desee y perseguir mi propia idea de felicidad. Las democracias del bienestar se sustentan sobre la idea de ampliar las clases medias. Y por ahí se quiebran hoy, cuando una generación entera no puede formar parte de ella.

De hecho, dos grandes crisis después la idea de progreso por la cual las generaciones se sucedían viviendo cada una mejor que la anterior está seriamente cuestionada. No soy lo que ha venido a llamarse un nostálgico ni mucho menos. De hecho, comparto bastante la idea que expresó claro y directo Manolo Mata en Les Corts cuando afirmó que ‘hace 50 años este país era una mierda’. Hemos avanzado muchísimo en estas décadas. Pero, para los nacidos más alla de 1985, emanciparse, tener estabilidad laboral y unas condiciones de trabajo dignas es estadísticamente algo parecido a un privilegio. Y, siendo importantísimo a este aspecto, no se le ha prestado tanta atención como han recibido otros problemas.

Ningún partido podría admitir en voz alta que se va a cruzar de brazos si se devalúan las pensiones. Pero el alcalde de la capital de España dice abiertamente que no piensa hacer nada por intervenir en el problema de la vivienda.

Y, aunque quien lo ha dicho plenamente consciente de que la juventud participa menos en las elecciones o sepa que entre quienes les votan hay más propietarios que personas viviendo del alquiler, este exceso es gravísimo. Porque más allá de que las soluciones propuestas para acceder a este derecho (que eso es lo que es) gusten o no, no ofrecer ninguna solución demuestra una absoluta falta de interés. Presumir de ello es directamente una provocación. Y este clima es terreno abonado para que algún populista pronuncie la sentencia; si a la democracia no le interesas, ¿por que ha de interesarte a ti la democracia?

Exacto. Que tuitearía Almeida.

Últimamente se están dando muestras de inteligencia llevando estos asuntos a primera plana, ya sea con la nueva Ley de vivienda o con otras medidas como la regulación ‘rider’, la atención a la salud mental o el acceso a la cultura. E incluso más allá de medidas concretas hay que ser audaces para plantear un espacio de reconexión emocional, algo de eso aún estos Presupuestos Generales y el mensaje que buscan transmitir.

Una sociedad puede permitirse equivocar las recetas, aunque no creo que sea el caso, pero el coste de no hacer NADA puede ser terrible.

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