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el interior de las cosas / OPINIÓN

Los espejos de cada día

25/05/2020 - 

 Los torpes movimientos de mi perro Panxo correteando entre cajas, montañas y cordilleras de papeles, pequeños muebles, bolsas de basura con residuos clasificados para cada contenedor, provocaron este sábado un estrepitoso despertar en el domingo recién amanecido. Las primeras luces castellonenses centelleaban entre las decenas de libros esparcidos en el suelo del nuevo estudio, entre los colores de sus cubiertas que los rayos del sol difundían como un caleidoscopio en habitaciones extrañas, vacías, y al mismo tiempo llenas de cajas desordenadas, apiladas hasta el infinito. Estos últimos días, estos últimos meses, han sido también un caleidoscopio anímico. En su interior cilíndrico ha bailado el tiempo, intensamente, con pasos bruscos, vertiginosos, provocando caídas y otros traspiés. Ha reído también la vida agradecida, las nuevas vidas de una vida, dos enormes emociones que han ocupado las entrañas de forma placentera, vigorosa. Pero, asimismo, ha llorado sintiendo cerca a quienes no están, a esa soledad decretada, a la rabia de injusticias, de la sinrazón, de la desigualdad de oportunidades. Un caleidoscopio que sigue girando, afortunadamente, en el techo de nuevos y bellos espacios, en todos los espacios.

"En este confinamiento hemos ido configurando diversas personalidades, engendrado nuevas maneras de entendernos, de relacionarnos". 

En este confinamiento caleidoscópico hemos ido configurando diversas personalidades, engendrado nuevas maneras de entendernos, de relacionarnos. Nos hemos mirado constantemente, hasta el aburrimiento, en los espejos propios, para ir construyendo otros cristales azogados, cóncavos y convexos, de cuerpo entero, para deformarnos en Don Quijote y Sancho Panza, como escribiera Ramón Gómez de la Serna en la biografía sobre Ramón María del Valle -Inclán, recordando que el escritor gallego veía en los espejos del madrileño Callejón del Gato, la metáfora de una España que era una deformación grotesca de la civilización europea. El mismo significado de los esperpentos de Goya que adaptara Valle-Inclán, a través del protagonista de Luces de Bohemia, Max Estrella. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. Y allí sigue, en el madrileño callejón del Gato, el recuerdo de los dos espejos. Hoy son una réplica reducida de aquellos originales de cuerpo entero en los que tanto nos miramos y reflejamos, sintiendo que España era así de esperpéntica, hasta que un acto de vandalismo los destruyera en 1998. Por cierto, Gómez de la Serna pudo exiliarse de la dictadura franquista gracias a las redes de apoyo del PEN Club que le invitó a un congreso internacional en Buenos Aires. La misma organización que hoy acoge en Barcelona y Valencia a escritoras y escritores perseguidos y exiliados.

Hoy, como antes, como siempre, una parte de Madrid, la más rancia, patriarcal, hedonista, la heredera de quienes se enriquecieron con el franquismo, la que tiene la vida resuelta y cubiertas  todas las necesidades, ha salido a la calle como “brazo revolucionario” de la Villa y Corte, para machacar descaradamente los derechos sociales, como bien escribe mi querido sabio Tonino en un reciente e imprescindible artículo de Levante. Han salido en todas las ciudades, también en València y Castelló. Son los ultras de toda la vida, sus descendientes, los que te agredían por vestir diferente, por tomarte unas callas en la calle Libertad, por estudiar Periodismo o por defender la democracia. Son los mismos y las mismas. El esperpento de un país que se une a otros movimientos fascistas europeos que siempre aprovechan las crisis y calamidades para manipular y confrontar. Porque creen que el poder les pertenece y el mundo, también. Por los siglos de los siglos. Fascistas sin careta ni mascarilla, acompañados por una derecha carroñera, al acecho de las desgracias, de la muerte de miles de personas, del dolor de sus familias, de la dignidad sanitaria y ciudadana… al acecho de todo, porque todo vale para destruir un país.

"Han salido en todas las ciudades. Son los ultras de toda la vida. Creen que el poder les pertenece y el mundo, también. Por los siglos de los siglos".

El pasado sábado, mientras sonaban las bocinas de unos pocos coches por la ciudad de la Plana,  con esos trozos de tela que dividen y no curan la Covid, los papeles y los libros se reproducían sin orden ni concierto. Las mudanzas tienen vida propia y los embalajes no coinciden con el lugar de reposo de los libros. Abres una caja y sonríes, aparece La Bonita y su fantástico trabajo A mi, què em passa? (Editorial Vincle), el libro de mi colega Tona Català, con ilustraciones de Cristina Durán. Sonrisas y lágrimas. Sientes en tus brazos toda la ternura de Carme Morera Catalá, su nuevo peinado, sus manos tocando mi cara y esos abrazos que ahora no podemos darnos. Junto a este libro surge Mujeres en pie de pazde Carmen Magallón, un libro necesario en los tiempos que corren, la eficacia de las mujeres frente a los conflictos. El añorado Henning Mankell se mezcla entre libros dispersos con Tea-Bag, una impecable novela sobre la discriminación y abusos contra las personas inmigrantes. La serie de libros de Wallander, el detective sueco favorito, se amontona en la misma caja. Mankell ha convivido conmigo en momentos duros, eternamente, marcando su buen hacer periodístico y literario. El Cuaderno Dorado de Doris Lessing aparece de la nada, una edición de bolsillo de los años setenta, muy usada, subrayada significativamente. Esta caja de mudanza sigue sorprendiendo con el necesario Amos Oz y su librContra el fanatismo. Oz llegó de la mano de mi hermano Quico, hace demasiados años, y se ha quedado para siempre. La sorpresa de esta mudanza es que el mismo espacio desordenado que guarda tantos libros de diferentes estantes, muestra el último trabajo de mi estimado Ernest Nabàs, Los versos del libertari (Trencatimons Editors), la biografía del anarquista Pau Montolío, poeta de Xodos, una importante parte de la memoria histórica en tiempos del franquismo y la represión. Junto a estas joyas asoma Palestinos y Feminismo para principiantes, de mis queridas amigas Lola Bañon y Nuria Varela, respectivamente. 

"Enmascarados preocupados, inseguros, sufriendo la imprudencia de demasiados irresponsables, temiendo que estas mascarillas se nos queden pegadas al rostro".

Las mudanzas reúnen todo lo bueno y lo malo, lo que amamos y lo que rechazamos. Entre cajas y paseos de Panxo por el pasillo, la organización es escasa. La mayoría del embalaje lleva mal señalado su contenido. En la cocina aparece un grupo de carteles de cine cubano, un programa de mano de Âtman, El Comiat de Ananda Dansa, con la firma de mi estimada Rosángeles Valls, un recuerdo teatral de la amiga Silvia Clavel, y varias kufiyyas palestinas, junto a un amado chal ochentero de Francis Montesinos, textiles utilizados para amortiguar los golpes de una cafetera eléctrica y una picadora que llegó de la mano de los queridos Marturet y Eloína. Y, en medio de todo, una gran caja llena de paellas, cazuelas de barro, sartenes, cazos y cacerolas. Unas cacerolas cuyo  hermoso sonido solo vibra sobre el fuego, acogiendo un cocido madrileño, un puchero de la Ribera o una olla morellana. Así transcurren las mudanzas, mudando la piel y el alma, apagando y encendiendo fogones, acabando e iniciando nuevos viajes.

Entre paradas técnicas y soñadoras, en el contexto de esta nueva mudanza, mi estimado M.G. escribe magistralmente, cada día, palabras y música. Ayer envío a primera hora la emocionante e histórica portada de The New York Times. Más de 100.000 muertos en el país más poderoso del mundo, presidido peligrosamente por un tipo grotesco y esperpéntico. La primera página del prestigioso rotativo es un buen ejemplo periodístico. La realidad, los nombres y detalles de las personas que han fallecido. Tristeza, dolor y realidad. Además, el pasado jueves, en Fase1 y a.de Fase2, con M.G. llegaron los sonidos de la Bachiana Brasileira número 5 de Heitor Villa-Lobos con la imponente persona y voz de Victoria de los Ángeles. M.G. viene advirtiendo, desde el minuto cero, sobre las otras consecuencias de esta pandemia. Ahora, enmascaradas y enmascarados, preocupados, inseguros, sufriendo la imprudencia de demasiados irresponsables, temiendo que estas mascarillas, de tanto ponérselas y quitárselas, se nos queden pegadas al rostro, como aquello que escribiera Fernando Pessoa:

…El disfraz que me puse no era el mío.
Creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara, 
la tenía pegada a la cara.
Cuando la arranqué y me vi en el espejo
estaba desfigurado...

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