La encrucijada / OPINIÓN

París, Comunitat Valenciana, Madrid: mayo del 23

16/05/2023 - 

55 años han transcurrido desde que aquel otro mayo, el de 1968, -el contracultural, el revolucionario-, floreciera entre los intersticios de los adoquines parisinos y anunciara que un nuevo mundo era posible. Un mundo y una visión de éste que se extendía y adoptaba una morfología diferenciada a un lado y otro del Atlántico y a lo largo de la, entonces, Europa Occidental. Pese a la diversidad, los retoños de la Guerra Fría compartían desligarse de un destino atroz vinculado a las posibles confrontaciones nucleares y a las guerras que podían encender la mecha de aquellas. Pedían seguridad y, al mismo tiempo, un espacio de libertad no coartado por las costumbres y tradiciones de sus antecesores. Aspirar el aire de un nuevo mundo y navegar sobre volutas improvisadas, ansiosas de otra forma de amar, de sentir, de descubrir inexploradas dimensiones de la vida.

París, mayo del 23. Han sido semanas duras para muchos parisinos. Para los que salieron a las calles y para quienes, desde sus hogares, siguieron los enfrentamientos entre manifestantes y policía, las roturas de escaparates, los incendios de contenedores... Pero, a diferencia de aquel 68, finalmente más soñado que vivido, ahora los adoquines no anunciaban que, bajo su dureza y ángulos desiguales, existiera una playa idílica enamorada del Sena. Ahora, la reclamación estrella gravitaba en torno a la extensión de la edad de jubilación, desde los 62 a los 64 años: algo que, medio siglo antes, entre cafés y colchonetas, la muchachada de la Sorbona hubiera calificado de reivindicación pequeño-burguesa.

Y en efecto: allá y acullá, nuestro  Zeitgeist se sitúa sobre una nueva generación de inseguridades, frente a las cuales aspiramos a respuestas tranquilizadoras que nos permitan vivir sin que nos intoxique ese cóctel de sentimientos, -agobio, temor, sobresalto, desasosiego, ira, despecho-, agitado por sucesos próximos, -el covid, la guerra, el cambio climático-, y otros más cercanos: la inflación, los recurrentes apocalipsis sobre el empleo, las dificultades esperables en el futuro de las pensiones y de la vivienda, la visión intuida de una Europa desfalleciente y de una colisión anunciada entre los partidarios del autoritarismo y los sembradores de la libertad: justo cuando el mundo y lo que nos resulta más cercano precisan de pactos y acuerdos, parece que lo más reconocido es el distanciamiento y lo más aplaudido la penuria de voluntades oyentes y valientes. 

Pero seamos justos. A esa indigencia de la cosa pública le corresponden respuestas cívicas que tampoco se encuentran a la altura de un espíritu de cambio sincronizado con el momento presente y sus retos inmediatos. De hecho nosotros, los que somos miembros o hijos de la generación del 68, podemos observar que ahora, en París, la mayor provocación a lo establecido consiste en sostener una huelga de recogida de basuras durante unas pocas semanas. Podemos advertir que la resistencia ciudadana se ha deslizado hacia pequeños detalles, apenas perceptibles: por ejemplo, responder con calma a las sirenas de emergencia cuando éstas proceden de vehículos policiales. No, no han gustado demasiado las escenas en las que las fuerzas del orden procedían a disolver y detener manifestantes. Un mal sabor de boca que, exageradamente, aconseja resguardar a Macron de la proximidad ciudadana. Por ese motivo, el pasado miércoles los Jardines de Luxemburgo permanecieron cerrados y ocupados por un impresionante despliegue policial. Se conmemoraba la abolición de la trata de esclavos y, pese a una victoria tan intensamente humana, se elevó una muralla de fuerza pública entre el presidente de la República y el pueblo de París.

Más aún: es paradójico que el rechazo a Macron indica una posición ciudadana del todo enfrentada al cartesianismo francés, a la exaltación de la razón como savia de las decisiones humanas. Aquella posición no cuenta con fundamentos firmes porque la Caja de Pensiones, en un tiempo de sostenida prolongación de la expectativa de vida y de reducción de las cohortes más jóvenes de la población, no parece dejar espacio a la permanencia de una edad de jubilación que, con 62 años, es la más baja o de las más bajas de Europa. ¿Se habrá sustituido la contundencia de la razón por el interés cortoplacista, contrario a los valores de la solidaridad entre generaciones? 

Aun sin descartar esta orientación, alejada de las cohesiones que anudó en el pasado el Estado del Bienestar, detengámonos en otra hipótesis: que la explicación de la rebeldía existente entre la población francesa se apoya en diversos pilares más que responder a una causa única. Entre las nuevas plagas del malestar, la fragmentación del tejido social a medida que la desigualdad hinca sus colmillos en nuevas capas sociales: las integradas por los jóvenes, las familias monoparentales, los agricultores, trabajadores autónomos y pequeñas empresas; por los que estudiaron una carrera universitaria o profesional y nunca lograron ejercerla; por los pobres invisibles: los que, en un arranque de dignidad, nunca extenderán su mano a la puerta de un supermercado por más que lo necesiten; por los parados semidescontinuos; por los antiguos trabajadores de las áreas desindustrializadas que, cada día, sólo disponen de un horizonte definitivamente oxidado. Recordemos las protestas de los ·”chalecos amarillos”. 

 

Y, más allá, tengamos presente el complejo problema, intraurbano y extraurbano, que se cuece en las grandes ciudades y áreas metropolitanas como París, Londres o Madrid. Las mayores urbes, europeas e internacionales, están captando a los grandes millonarios  del mundo y a quienes aspiran a seguir su estela. No resulta casual que, en París, se concentre la mayor industria del lujo, la que ha otorgado nacionalidad francesa, de momento, a la persona más rica del planeta: algo que suena a coherente tras la creciente concentración de la riqueza mundial y su desplazamiento por las vías de la exuberancia más caprichosa, obsesivamente costosa y exclusiva. 

Ésta y otras acumulaciones de centralidades por las grandes capitales provocan deseconomías externas y excitan en particular, hasta el paroxismo, el mercado de la vivienda; pero, simultáneamente, absorben flujos que blindan y estimulan su poder territorial. El incesto político, burocrático, económico y mediático prefiere cosechar éste aun cuando borre la noción de la capital de un país como moderadora de los flujos y reflujos que se producen en cualquier punto del territorio; aun cuando disuelva la confianza en un centro estimulante de cambios justos y equilibradores; aun cuando distorsione, confunda o contamine los procesos democráticos de toma de decisiones. 

El 14 de julio, fiesta nacional francesa, se verá el resultado en París y el resto del país, tras el carnavalesco anuncio del señor Jean Luc Mélenchon de la “mayor cacerolada del mundo”, esto es, de un nuevo acto de protesta, en este caso  bajo el amparo matriarcal de la Marianne republicana, que se presume descomunal. Antes, el día 28 de mayo, se verá en España y la Comunitat Valenciana: esta última es donde algunos pretenden darle una patada a Pedro Sánchez utilizando el trasero colectivo de los valencianos como receptor del golpe. Ya se sabe: en nuestra terreta siempre hay gente dispuesta a ofrendarle algo a España, aunque sea al precio de adquirir el germen de la señora Ayuso y prescindir de una experiencia de gobierno básicamente tranquila, dialogante, que quiere sintonizar con lo que somos, merecemos y ambicionamos. Frente a esto, ¿cuál es el germen Ayuso que se desea importar?: la extensión del centralismo y la polarización, esto es: ser cómplices del Caballo de Troya del Estado Autonómico que ella cabalga.